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Sobre la grandeza de lo pequeño

Por: Fabrizio Mejía Madrid. Proceso. 09/10/2017

Lo horizontal

–Mira, Miguel Ángel –le dijo el adolescente Adolfo Rogel en la transmisión de CNN en español al jefe de Gobierno de la Ciudad de México–, aquí no estamos jugando. Las familias estamos -desesperadas y tú no has puesto un pie aquí ni te has presentado. Te quiero ver aquí a más tardar mañana, que se cumple una semana del terremoto, y que pongas un alto a este desmadre.

–¿Ya llegaste? –le dijo el rescatista al gobernador de Morelos, Graco Ramírez– ¿Dos días después y a las cuatro de la tarde? Nosotros estamos aquí desde el primer día; y hoy, desde las siete de la mañana.

–No me faltes al respeto –-articuló el funcionario.

–Somos iguales –estalló la gente–. Aquí todos somos iguales.

Sirvan estas dos interacciones entre brigadistas y poderosos para dilucidar qué es la sociedad civil, la comunidad de la emergencia tras el terremoto del martes 19 de septiembre, para saber en qué forma seguirá con nosotros la idea de lo horizontal. Hagamos el recuento de las ideas que resultaron invertidas: el deber de salvar es de la sociedad y se sospecha de la intención y capacidad de la autoridad legal para hacerlo; el saber proviene de quien está en contacto corporal con la tragedia y no del “experto” en “protocolos” al que se ubica como lejano y desinteresado en lo real; la autoridad nueva se funda sobre el sacrificio voluntario y anónimo a favor de los ya sacrificados involuntarios a quienes se nombra y se piensa; la vieja autoridad –funcionarios, empresarios que no donan si no donas antes a cambio, policía y Fuerzas Armadas– tiene agendas ocultas, es inmóvil y por ello criminal, es cómplice, cuando no abiertamente ladrona, manipuladora y oportunista.

En esta inversión, la horizontalidad es una ruptura: si los poderosos no están más cerca de la decisión eficaz para salvar que los ciudadanos comunes, éstos pueden tomar las decisiones. Más aún, la vida mundana, plebeya, de “los que no saben” se rehabilita como una existencia en la emergencia que repudia lo vertical y reivindica lo novedoso de no dejarse.

En estos días una buena parte de la sociedad no se dejó entretener por la información –se optó por la información sobre las necesidades de los afectados en forma de listas de cosas y lugares, y no de inventos de “personajes” televisables– ni se dejó suministrar –abasteció ella misma al gobierno que, si acaso, se formó en la parte trasera de la autogestión o se robó el acopio– ni transportar ni, por supuesto, corregir. En este modo de vida horizontal lo que importa es la resistencia, entendida como una autoapropiación que le pone freno a su habitual conformidad con lo que le ordenan desde arriba. Esta ruptura con el pasado inmediato antes del terremoto –la mañana del martes 19 de septiembre– no implica un plan, ni un discurso estratégico de renovación de la existencia. Tiene un alto propósito que se realiza desde lo pequeño: picar piedra, conducir un camión con ayuda, compartir información validada sobre necesidades apremiantes, cortar un pan. En lo ético es no dejarse. En lo político quizás no sea más que la sensación del poder de lo menudo y lo breve ante lo desmesurado del Ejército, los multimillonarios, los altos funcionarios, los medios monopólicos.

Lo vertical

“Quien busque seres humanos, encontrará acróbatas”, dice el narrador de un cuento de Kafka. Primer dolor. Quienes buscamos lo horizontal, buscamos también algo hacia arriba, que no es Dios ni el Estado, ni la posteridad. Una idea no económica de la riqueza, una definición no militar de la valentía, una sensación de logro sin los reconocimientos. Hay una vertical que no es jerárquica ni mística y que es “nuestro aún-no” como sociedad. De ella están excluidos quienes tienen la obligación de ayudar por rango y salario. Lo nuevo-vertical es para los voluntarios que resisten y que instruyen al propio poder en cuestiones éticas: lo principal en la vida es tomar en serio los asuntos secundarios. Si se avanza en el acopio, el transporte, la denuncia, se termina por llegar a lo principal: las vidas en el interior de la tierra. “Nuestro aún-no” es una verticalidad que invierte el poder con una ética del “a pesar de”. Se hacen las cosas, se logran y celebran, porque se establecen a pesar de los obstáculos físicos, políticos, jerárquicos, naturales. No, como en el discurso de la autoridad legal que es “se logró lo que se pudo” o de “el entorno no nos fue propicio”. En esta tensión que va más allá de lo presente, se parte no de un plan de gobierno o de un protocolo de seguridad, sino de la sensación de que, en todos nosotros, tomados en lo individual, existe un desnivel entre nuestros cuerpos y el exterior. Y que es superar ese desnivel lo que llamamos vivir en comunidad.

“El heroísmo es anhelar la normalidad”, dice Carl Herman Unthan, un violinista virtuoso que aprendió a tocar con los pies por haber nacido sin brazos. En su autobiografía, prohibida por los nazis, este hombre nos da la clave de toda aventura imposible: “La superación de la impotencia anterior se siente como una victoria ética”. Tomados como comunidad instantánea, los brigadistas de todo tipo se dirigen justo a luchar contra los desniveles de la vida. Como el mismo Unthan escribe: “No es andar erguidos lo que nos hace seres humanos, sino que, al hacerlo, tomamos conciencia de nuestra insuficiencia frente al mundo ajeno”. Vivir es afirmarse en ese riesgo, pero, a diferencia de un soldado o un militante, la sociedad de la emergencia funda sus fortalezas éticas en las carencias y, con frecuencia, en sus debilidades.

La verticalidad de estos días ha sido alimentada, no por cálculos de ingenieros o estimaciones de expertos en protección civil, sino en la idea de lo imposible realmente existente, por ejemplo, que haya vida en el subsuelo después de los días establecidos o que con cuerdas de nailon se pueda desplazar una losa de concreto. En la creación de lo imposible, en su aparición como existencia, cuenta mucho la idea de una sociedad que se dice a sí misma: “No dejes de querer”.

Lo circular

“El círculo se burla de la línea”, escribió Hugo Ball, el artista del dadaísmo que terminó recluido tratando de salvarse del mundo. En esta historia, hay varios retornos del “progreso” planteado por los que creen en el mercado –fiel a su ortodoxia, el Estado financiará la reconstrucción con los mismos empresarios que provocaron la rapiña inmobiliaria–, la destrucción de las regulaciones y de la educación pública. El primero es tan obvio como inaudito: hay ya “otro” 19 de septiembre. Los demás retornos circulares los pensábamos vencidos: no construir a lo alto en la región lacustre de la ciudad; vigilar las normas de construcción; impedir la corrupción de las inmobiliarias y los permisos de edificación porque, a larga, se convierte en homicidio. El menos palmario es la repetición, en el seno de la siguiente generación, de la redistribución pasajera del poder en la ciudad. El restablecimiento fugaz de su carácter de polis y la mitigación de su horror como urbis. La empatía en la penumbra. La comunidad súbita es ya un ejercicio: una operación que prepara a quien la realiza para la siguiente vez. Esta sociedad es ya resultado de una repetición mejorada, de una acrobacia generosa desde lo mundano, desde sus insuficiencias y carencias, pero también desde el regreso de lo imposible.

Muchos se preguntan, anhelantes, si de esta puesta en pie de la sociedad civil de nuevo se llegará a mejorar el mundo. El movimiento de los brigadistas ya lo ha hecho al dejar explícito lo que se sabía implícito: la corrupción debajo de las edificaciones, el desdén y la frivolidad de la autoridad legal ante la tragedia, la voracidad de quienes no son voluntarios ni sacrificados. El problema para esta idea de libertad –la más simple es la salida– es diferenciar qué es una cadena y qué una muleta. Es decir, qué nos aplasta y restringe, y qué nos permite apoyarnos, aunque nos limite. No tengo respuestas en medio de la fugacidad que supondrá “el regreso a la normalidad” y el uso propagandístico de las luces de estos días. Lo único que puedo celebrar es que, al menos por hoy, hemos sabido adaptarnos a lo imposible.

La única certeza ética de estos días es que no podemos seguir igual.

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