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Educación transhumanista: ¿negocio, ficción, futuro?

por RedaccionA octubre 5, 2022
octubre 5, 2022
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Por: Alejandro Recio Sastre. 05/10/2022

Centro de Estudios de Ética Aplicada (CEDEA)

Últimamente, y en no pocas ocasiones, he escuchado a expertos referirse a la frase de Francis Fukuyama sobre el transhumanismo como “la idea más peligrosa del mundo”. Quizá es una exageración, es probable que se ajuste a una virtual realidad que el futuro advierte a tenor de desenfrenados desarrollos tecnológicos y científicos, o quizá esta idea tan “peligrosa” sea una posibilidad para anticipar escenarios fructíferos de cara a la especulación financiera. Existe la posibilidad de que estas tres apreciaciones sobre una frase tan repetida en los círculos de intelectuales demuestre la propia volatibilidad temática transhumanista; ya que, no se sabe a ciencia cierta qué futuro nos aguarda. Y precisamente sobre el futuro y los escenarios potenciales giran los tópicos del transhumanismo.

Sobre la educación también las aportaciones transhumanistas suponen un foco de reflexión y preocupación. Hace dos años tomé conciencia del punto de inflexión que ha venido marcando la pandemia de covid-19 en las actividades educativas. La parcial conversión de tales actividades a las relaciones telemáticas, dado el estricto confinamiento y la distancia social, implicó el uso sistemático de las TIC (tecnologías de información y comunicación) en el ámbito educativo.

Así, muchas de las reservas, resistencias y prejuicios de años atrás hacia la educación telemática se fueron esfumando a medida que proliferaban las aplicaciones y plataformas educativas online. En buena medida, la educación ha sido una de las actividades que ha podido sobreponerse al estricto confinamiento y distanciamiento social, gracias a las posibilidades que brindan las TIC, lo que, por otro lado, causó que los espacios tradiciones educativos por primera vez –y según qué casos– pudieran ser prescindibles. Aunque ya existían universidades en internet y una suerte de mecanismos que permitían la educación a distancia, pero desde el impacto de la covid-19 estos espacios virtuales y mecanismos digitales no hicieron más que proliferar.

Conviene matizar que algunas posturas transhumanistas en torno a la educación que equiparan esta práctica con un eventual futuro mejoramiento genético. Precisamente uno de los intelectuales que ha planteado la cuestión en estos términos es Lorenz Sorgner quien afirma que, si bien la educación sobre los seres humanos ha tenido la pretensión histórica de mejorarlos, cualquier modificación genética fruto del avance científico que contribuyere al mejoramiento (enhancement) de la especie se aprecia como un posible sustitutivo de la labor educativa. Cabría pensar, entonces, que el mejoramiento humano es no solo más rentable en términos de ahorro, sino mucho más eficiente que la aplicación y sostenimiento de un sistema educativo: la política educativa dejaría de ser un motivo de discusión o quebradero de cabeza para quienes realmente se preocupan por ella, también la infraestructura pública y privada destinada a la educación dejaría de tener razón de ser e inclusive las personas desde la infancia podrían dedicarse a cosas diferentes.

Sin embargo, en relación con lo anterior, apremia anticipar que la idea del tratamiento genético como método de mejoramiento en lugar de la práctica educativa esconde una concepción de la educación reducida únicamente al potenciamiento de habilidades técnicas. Es en este punto donde conviene preguntarnos si realmente la educación, tanto como actividad milenaria de los seres humanos, para tratar de “mejorarse”, así como también su institucionalidad, pueden sobreponerse al mero mejoramiento técnico de habilidades y destrezas –como sucede en el caso de aprender una lengua–. ¿Tiene la educación algo más que decir en torno al mejoramiento humano aparte del incremento de habilidades en un sentido pragmático? ¿Acaso no se aprende y se enseña a convivir al interior de los espacios educativos en vistas a una mejora moral de las relaciones sociales?

Con independencia de que los augurios acerca del uso de tecnologías médicas para el mejoramiento genético lleguen en un futuro, el problema que cuestiona la razón de ser de la educación está más vigente que nunca si atendemos al uso que se hace de las tecnologías en las actividades educativas. No hace mucho, escuché a unos docentes universitarios dialogar sobre la desconfianza que les genera grabar sus clases de teletrabajo sin antes contar con un documento garante de la privacidad de datos. El motivo de su incomodidad se basaba en la sospecha de que perfectamente la universidad podría emplear estas grabaciones para las siguientes promociones de estudiantes prescindiendo de los servicios docentes. Desde una perspectiva económica, el uso permanente de vídeos con lecciones de clase podían resultar mucho más rentables que mantener unas aulas presenciales guiadas por un docente. El registro de casi todas las actividades en formato vídeo incrementa las suspicacias al beneficio que puedan traer las TIC, en el caso mentado, a los trabajadores de la docencia. Parece erigirse con mayor certeza el hecho de que las transformaciones futuras de la educación, a través del uso de tecnologías cada vez más sofisticadas, no solo relega los clásicos espacios educativos, sustituidos por rentables programas a distancia, sino que también el papel de los docentes fácilmente podría verse reemplazado.

No conviene demonizar la grabación de sesiones de clase o mostrar una antipática –y atávica– actitud hacia el uso de las tecnologías en la educación, sino que huelga advertir de qué manera una lógica económica fundamentada en la extracción de mayores beneficios, reduciendo al mínimo los costes, simplemente termina por mecanizar y mimetizar los procesos de enseñanza y aprendizaje en ausencia de campus, escuelas, docentes, etc. La virtualización de los espacios educativos es una tendencia que bien podría denominarse transhumana, la cual apunta a un desarrollo aún no concluido y que abre un espacio para la imaginación sobre hasta dónde se llegará de seguir así. Por tanto, apremia reflexionar acerca de una educación capaz de fomentar debates en torno a los nuevos roles de sus actores e instituciones, sin excluir a ninguno de ellos.

Asimismo, el avance de la IA y su derivación en el mercado de las “inteligencias artificiales” puede llegar a destituir el papel de los profesores a nivel formal. Ya en estos momentos algunos estudiantes, profesionales, curiosos o neófitos en un determinado tema o actividad suelen consultar YouTube para aprender cosas nuevas. Si las inteligencias artificiales siguen incrementando su capacidad para aprender, probablemente algún día sean capaces también de enseñar, y sería ahí cuando, quizá, muy pronto, ya no sea un youtuber sino un avatar digital quien imparta enseñanzas –que puede ser desde enseñar a jugar al ajedrez, cambiar la rueda de un carro, hasta resolver un problema matemático o ayudar a hablar un nuevo idioma–. Los avances en Inteligencia Artificial (IA) dejan latente la posibilidad real de que los dispositivos surgidos de esta inteligencia sean capaces de enseñar, aquí planteo mi pregunta más vertiginosa cuando abordo esta posibilidad: ¿podría un robot enseñar ética?

Aunque muchos de los presupuestos transhumanistas sean catalogados como “ciencia ficción”, algunos de ellos ya han llegado a nuestro día a día. A pesar de todo, en casos frecuentes la invitación a pensar y deliberar sobre estos temas a veces parece irrelevante, debido a que la atención a las urgencias del presente inmediato se vuelven más prioritarias, y concretamente las dificultades que hoy se ciernen sobre la educación no dejan de apoyarse en un punto de vista realista y pragmático. No obstante, la educación, hasta cierto punto, se halla inmersa en los cambios que imponen las nuevas tecnologías. En este aspecto, las ficciones transhumanistas anticipan posibles escenarios futuros reales, acompañados del negocio que supone invertir en la formación de aptitudes a costes próximos a cero, o en programas educativos sin la presencia de docentes, o en instituciones educativas netamente virtuales, etc. Justo aquí se advienen inquietudes que a menudo ponen sobre la mesa problemas de orden moral: ¿quiénes tienen acceso a las tecnologías punteras aplicadas a la educación?, ¿acaso los cambios que internet ha traído han llegado ya a todas las escuelas y espacios?, ¿podrían intensificarse las desigualdades en función de la accesibilidad a las nuevas herramientas digitales que se han instaurado en la práctica educativa?

Todos estos interrogantes convidan a realizar una reflexión final sobre el porvenir de la educación en un horizonte transhumanista: las actividades e instituciones de educación siguen mostrando dos velocidades, puesto que no todas las zonas y áreas del planeta tienen accesibilidad a las novedades digitales y a las tecnologías que prometen la transformación educativa. Los planteamientos transhumanistas abren un panorama que para muchos puede resultar esperanzador, si es que realmente el ser humano tiene la capacidad de superarse en virtud de su ciencia y tecnología. Sin embargo, el uso, disfrute, acceso y aplicabilidad de estos avances no están al alcance de todas las personas y sociedades, lo que dificulta comprender una suerte de superación de la humanidad si un problema tan humano como la desigualdad continúa sesgando nuestra convivencia. Quizás sean estos los problemas que sobrevienen a la humanidad, independientemente de la época y el desarrollo económico, por lo que aún se puede esperar que la educación tenga margen de incidencia, acción y, a saber, transformación.

Referencias

-Fukuyama, F. (2003). On posthuman future. London: Profile Books.

-Sorgner, S. L. (2021). El futuro de la educación: mejoramiento genético y metahumanidades (trad. Recio Sastre, A.). Revista Ethika+ (3), 303–333. https://doi.org/10.5354/2452-6037.2021.61703.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Fundación filosófica.

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