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Nuño, sin obstáculos.

Por:  Juan Bustillos. Impacto. 17/07/2017

De corazón o con razón, el dilema de cómo resolver la elección-designación del candidato priísta a sucederlo es de Peña Nieto…

Recuerdo haber escrito, en los prolegómenos de la sucesión de Miguel de la Madrid, en la que Carlos Salinas resultó candidato presidencial del PRI, que un padre suele heredar a su hijo, no al hermano, al sobrino o al mayordomo. Quienes conocen a Enrique Peña Nieto aseguran que si decide con el corazón, el candidato a la Presidencia será Aurelio Nuño.

La respuesta lógica es que eventos como la postulación de un candidato no se resuelve con el corazón, sino con la razón, sin embargo, la historia reciente demuestra lo contrario. Incluso, el panista Felipe Calderón pretendió hacerlo con Juan Camilo Mouriño, pero la tragedia se lo impidió.

El dilema es cómo resolverá Enrique Peña Nieto la elección-designación del candidato priísta a sucederlo.

No vio en “ring side” la penúltima del llamado “viejo PRI”, la postulación de Luis Donaldo Colosio, su asesinato y el desenlace mediante la candidatura, “por default”, de Ernesto Zedillo;  tampoco la última, la de Francisco Labastida, bajo el arbitrio de un hombre supuestamente imparcial, pero educado para obedecer al Presidente sin objeciones, don Fernando Gutiérrez Barrios.

En nada de esto estuvo inmiscuido Peña Nieto, pero observó en el 2006, tan cerca como nadie, la carnicería de Arturo Montiel cometida por el madracismo aliado con el gobierno foxista, concretamente con el “priísta” Francisco Gil Díaz, que actuaba como secretario de Hacienda; aprendida la lección, para construir su candidatura presidencial en 2011, innovó: Aprovechó no tener jefe en Los Pinos ni en el PRI, y su condición de gobernador del Estado de México; se apoderó del Partido y de la Cámara de Diputados, apoyando, simultáneamente, a quienes deseaban ocupar las gubernaturas y las alcaldías más importantes del país para construir sus posibilidades, y usó, con habilidad magistral, a los poderes fácticos, en especial los de comunicación electrónica.

Pero esta vez, en 17 años, es la primera ocasión que un militante del PRI, él, ocupa la residencia presidencial, condición que le confiere poderes paraconstitucionales, como los de sus antecesores priístas antes de la era panista de 12 años, uno de ellos ser el fiel de la balanza en la postulación del candidato presidencial de su partido, como decía José López Portillo.

EL DEDAZO

La concepción popular del “dedazo”, alimentada por los contrarios al PRI, es que una mañana, tarde o noche, el Presidente toma la decisión del sexenio según le amanezca o transcurra el día; digamos que actúa por capricho, humor o conforme a sus intereses muy personales.

Es falso: Todos los antecesores de Peña Nieto han realizado, durante meses, consultas previas con lo que en el pasado se llamaba “las fuerzas vivas”, es decir, empresarios, jerarquías eclesiásticas, cúpulas sindicales, jefes de las Fuerzas Armadas, gobernadores, coordinadores de bancadas legislativas, periodistas, etcétera, y, desde luego, con sus colaboradores, la dirigencia de su partido y la almohada.

Es un hecho que en cada encuentro intentaron inducir el nombre de su favorito, pero, al final, el dedazo siempre fue por consenso. Los únicos sorprendidos con la designación han sido quienes albergaban aspiraciones y no fueron seleccionados, como Manuel Camacho, por ejemplo.

Destapado Adolfo López Mateos, don Adolfo Ruiz Cortines intentó calmar a Gilberto Flores Muñoz con un “nos ganaron compadre” después de que había confiado a un periodista la necesidad de “cuidar al ‘Pollo’”, como apodaba a su amigo nayarita.

Alguna ocasión, el inolvidable Javier García Paniagua me dijo que no perdió la candidatura, porque nunca fue suya. La auscultación realizada por José López Portillo no le favoreció.

Don Javier sufrió el síndrome de Tom Horn, el ex detective de la Agencia Pinkerton contratado por los ganaderos para limpiar de cuatreros al Viejo Oeste. Armado con su rifle garantizó la tranquilidad de sus contratantes, pero cuando se quiso casar con Linda Evans (¿quién podría no quererlo?) y asentarse en el pueblo, los ganaderos se asustaron, le inventaron un delito y lo colgaron.

García Paniagua, experto en seguridad nacional y temido por los malos y los buenos, era el hombre perfecto para la Presidencia; los priístas lo creían y lo sabían suyo, pero López Portillo y sus asesores se asustaron. Luego, Carlos Salinas lo recuperaría para garantizar la tranquilidad de los capitalinos. Los mexicanos nos perdimos la oportunidad de ser gobernados por un nacionalista, él sí, el último espécimen de la Revolución.

Lo cierto es que el equipo de De la Madrid, con Carlos Salinas a la cabeza, hizo un gran trabajo para convencer a López Portillo de que el país no necesitaba a un político con dotes de policía, sino a quien entendiera de economía, una especie de Luis Videgaray, Agustín Carstens o José Antonio Meade, si bien don Miguel, abogado de profesión, sólo había hecho un posgrado en Harvard, pero fue Subdirector de Finanzas en Pemex y Subsecretario de Crédito en Hacienda. Su sueño era ser director de Nafinsa.

López Portillo dejó a México sumido en una crisis económica de proporciones bíblicas por la caída de los precios del petróleo (los negociadores mexicanos en el extranjero se encontraron, de pronto, con que sus tarjetas American Express les fueron canceladas) y el empecinamiento de José Andrés de Oteyza de mantener los precios altos (prometió a la Cámara de Diputados que quienes rechazaban nuestro crudo por caro pronto harían cola para comprarlo, lo que nunca ocurrió),  así como el anuncio, en su último informe, de la estatización de la banca.

EL HIJO

En la sucesión de De la Madrid escribí aquello de que un padre hereda a su hijo, no al hermano, al sobrino o al mayordomo. En aquel 1987, rápido acusaron recibo quienes se identificaron como mayordomo, Manuel Bartlett, o el “hermano que nunca tuve”, Alfredo del Mazo, pero al final acerté. A despecho de quienes se sentían con mayores derechos y cercanía, De la Madrid se decantó a favor de quien era considerado  como “su hijo”.

Igual ocurriría seis años después. Luis Donaldo Colosio fue construido a marchas forzadas, en menos de un sexenio, por Salinas; empezó por hacerlo diputado federal y coordinador de su campaña; luego presidente del PRI y, después, secretario de Desarrollo. El “hermano”, Manuel Camacho, que decía haber inventado el salinismo y que venía con Carlos, Emilio Lozoya y José Francisco Ruiz Massieu, desde los años 70, nunca logró digerir que un advenedizo heredara lo que creía suyo. Y ocurrió lo que ocurrió.

En ambos casos funcionó la hipótesis, si bien, en el segundo caso, dos balas en Lomas Taurinas permitieron el ingreso de un extraño a la familia, un empleado que ni siquiera había sido mayordomo, Ernesto Zedillo.

Los conocedores sostienen que esta hipótesis no funciona con Peña Nieto porque en 2011 se pronunció, en el Estado de México, por Eruviel Ávila, que no era su hijo ni su hermano, ni su mayordomo, dejando en el camino a su pariente Alfredo del Mazo.

Es cierto, pero no hablamos de lazos consanguíneos, sino de otros, y, en aquel entonces, el PRI sólo tenía un jefe, el presidente del Comité Ejecutivo Nacional, que no ejercía jefatura en las entidades importantes, y un panista estaba en Los Pinos. Cada quien actuaba conforme a su propia fortaleza porque no había quien impusiera las reglas. En el 2006 lo hicieron Roberto Madrazo y Arturo Montiel, y en el 2012 Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones.

IDENTIDAD PARTIDARIA

Hoy, un priísta que consiguió la candidatura convertido en su propio jefe habita la casona presidencial y ya modificó los estatutos a través de César Camacho (no existe, por ejemplo, el candado que cerraba la puerta a quienes no tienen un puesto de elección popular, como Aurelio y José Narro), y no va a permitir que, en la asamblea de agosto, los priístas pierdan tiempo precioso y pongan en riesgo la precaria unidad que mantienen peleando por la creación de nuevos obstáculos a los aspirantes o quitando los mínimos que existen.

Aurelio tiene a su favor no estar identificado con el llamado “viejo priísmo”, pero se le relaciona con algunos ejemplares destacados, empezando por Peña Nieto, Beltrones y Emilio Gamboa, por ejemplo, lo que ofrece garantía de que la tribu no sufriría escisiones; no hay escándalos en torno a su persona; cumple con los años de militancia partidista exigida por los estatutos; no es mucha su experiencia política y administrativa, pero, hasta hoy, la reforma estructural que conduce, la Educativa, camina sin los obstáculos del inicio, y, sobre todo, puso al descubierto su concepto de lealtad manteniendo cercanía con Luis Videgaray cuando la mayoría suponía aniquilado al ex secretario de Hacienda.

Su postulación daría respuesta, por ejemplo, a la exigencia ya mencionada por el ex líder nacional Beltrones a René Delgado de que el candidato “debe tener una identidad partidaria; no podemos salir con alguien que no tenga, mínimamente, una convicción partidaria o que no la exprese abiertamente”.

Las palabras de Manlio, por cierto, el priísta mejor equipado para ser candidato, parecen tener destinatario: El secretario de Hacienda, José Antonio Meade, una especie de leona de dos mundos que lo mismo trabajó para Felipe Calderón, lo hace hoy para Enrique Peña Nieto y, sin duda, lo haría,  gustoso, para Andrés Manuel López Obrador.

Parece cincelado para la ocasión, a grado de que López Obrador lo identifica como candidato del mítico “PRIAN”, ese siamés que formarían ambos partidos al servicio de la “mafia del poder” para cerrar el camino a la Presidencia al líder de Morena.

Es poseedor de una conducta intachable; se conduce con humildad; no se le conocen escándalos, pero tampoco lealtades. Su pecho está cubierto de más blasones que Napoleón, pero hablan de cierta inestabilidad, es decir, le aburre la permanencia. Agosto y septiembre suelen ser meses decisivos en su vida: Felipe Calderón lo hizo debutar el 7 de enero de 2011 como secretario de Energía, pero renunció el 9 de septiembre; ese mismo día se convirtió en secretario de Hacienda y ahí se mantuvo hasta el 30 de noviembre de 2012 porque al día siguiente se encargó de las Relaciones Exteriores de Peña Nieto; el 28 de agosto de 2015 se marchó a Desarrollo Social  para el 7 de septiembre suceder a Luis Videgaray en Hacienda.

No faltará quien piense que en agosto o septiembre próximo podría recibir la encomienda de buscar la candidatura presidencial, pero tendría que hacerlo desde la periferia porque no está afiliado al PRI y, en consecuencia, no cumple los 10 años de militancia exigida por el estatuto; además, cabe a la perfección en el supuesto inadmisible para militantes como Beltrones: “No podemos salir con alguien que no tenga, mínimamente, una convicción partidaria o que no la exprese abiertamente”.

LAS CARTAS DE AURELIO

Pero Manlio también dice que, en la Asamblea Nacional, el PRI debe preguntarse por qué quiere seguir gobernando.

Cada cual hace precampaña a su modo, y conforme a sus circunstancias.

Luis Videgaray, por ejemplo, se afana en mantener la atmósfera de que todo gira en torno a él. Por poco y no permite que Miguel Osorio Chong pasara unos minutos con el secretario de Seguridad Interna de Estados Unidos, John Kelly, homólogo del secretario de Gobernación de México.

Osorio baila con la más fea de la fiesta. No hay día sin masacres, ya sea en enfrentamientos entre bandas rivales del crimen organizado, emboscadas a soldados y policías federales, o riñas entre reos, pero también a diario el secretario de Gobernación visita alguna entidad para coordinar esfuerzos en busca de abatir la inseguridad, impulsar políticas a favor de la mujer, otorgar registro a agrupaciones religiosas, etcétera.

Aurelio, además de caminar, por ahora, sin mayores tropiezos en la implementación de la Reforma Educativa y el Nuevo Modelo, se comunica de forma directa con los periodistas mediante correos electrónicos personalizados. Está claro que alguien lo hace por él, pero por lo menos atrae la atención del destinatario hacia el ángulo que busca destacar y compromete a quien recibe el mensaje.

Para decirlo, conforme a la receta de observancia obligatoria signada por Beltrones, sólo Aurelio y Osorio están diciendo desde ahora y a su manera, conforme a sus circunstancias, por qué quieren gobernar, mientras quien parece perfecto para el futuro, Meade, quizás deba hacer campaña para encabezar el Frente Amplio Opositor que promueven perredistas y panistas porque la militancia priísta no permitirá la postulación de quien ni siquiera expresa abiertamente su convicción partidaria.

En este contexto parece mantener vigencia la hipótesis del hijo, el hermano, el mayordomo, etcétera. El dilema, en todo caso, es de Peña Nieto.

Beltrones, que no encaja en la familia ni en la nómina, esperará a que la Asamblea Nacional determine por qué el PRI quiere seguir gobernando. La respuesta previsible es: Para implementar las reformas que, por cierto, él ayudó a aprobar en el Congreso.

Aunque su otra posibilidad es la del gobierno de coalición, ese sistema semipresidencialista cuyo núcleo estará en el Senado de la República.

¿Cómo decidirá Peña Nieto?

Ya está dicho que su margen de maniobra es estrecho, pues tiene que postular a un priísta que, además, se muestre orgulloso de hacerlo; la realidad es que le sobran dedos de la mano para contarlos.

No puede equivocarse, como ocurrió con prospectos que lo fueron, incluso, para 2018, pero que hoy están presos o huyendo. Incluso, no puede cerrar los ojos ante lo descarnada realidad del Estado de México, en donde al PRI lo salvó su alianza con el Verde y el Panal, y la invención del perredista Juan Zepeda, que robó votos a Morena.

Le quedan el corazón y el “dedazo”, que, al final de cuentas, es lo mismo. Así, el margen de maniobra se estrecha aún más: Nuño, Osorio y  Eruviel, pero puede innovar una vez más con Beltrones, quien le compitió en el 2011 y, no obstante, fue su aliado más importante en los primeros cuatro años del sexenio.

Fuente: http://impacto.mx/opinion/nuno-sin-obstaculos/

Fotografía: Impacto

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