Por Güris J. Fry. ECO’s Rock. 2 de octubre de 2021
Cabeza Borradora (David Lynch, 1977)
Después de una serie de cortometrajes conceptuales, de estilo cuasi experimental, donde la plástica vislumbraba una retórica dinámica; cobranza de vida cuyo impacto visual nacía de diversas técnicas y una inventiva mayúscula –cuyo resultado contenía una alta potencia audiovisual– David Lynch presentó al mundo su ópera prima; una exposición que seguía algunos de los indicios antes señalados pero ahora bajo un cobijo narrativo más en forma aunque, claro, sin dejar esa atmósfera expresiva y reaccionaria con que iría generando las reglas de un universo que aún hoy sigue obteniendo más adeptos por todos lares y rincones sin importar niveles socioculturales y generaciones.
Transfigurando los géneros; empleándose en campos tan contrastantes como el melodrama y el terror, jugando entre las fronteras de la fantasía y el sigilo, Lynch nos presenta un submundo, una versión paralela y bizarra de su entorno nacional. El tan nombrado sueño americano se expone aquí cual espejismo, ingrediente elevado de un campo onírico agrio que nos devela la existencia; no a manera de resistencia sino como un desvarío naturalizado: alucinación mordaz que arropa y somete. El pecado y la culpa materializados, palpables ante el debate carnal y el abandono como una respuesta desvalida; cobardía y valor. El rigor y el sacrificio se entintan en un lienzo surrealista que incomoda tanto como sorprende. El logro del tan afamado y querido realizador estadounidense es abrumador; imágenes y sonidos descabellados que en manos de otra persona quizá terminaríamos por evadir pero que aquí nos mantiene atraídos –imantados– con un alto porcentaje de interés. Lo que se teje aquí resulta un embellecimiento brutal que cuestionó en gran medida la estética cinematográfica contemporánea.
Los pretextos que mueven los engranajes de este excéntrico filme pueden ser de lo más sencillos en cuanto a elementos narrativos, sí, pero en Lynch y todas sus condicionantes las cosas no pueden terminar por ser así de simples y llanas. La vestimenta con que atavía su trama va sumando pequeños detalles que terminan por crear una atmósfera espesa, áspera, punzante y atrayente. El enigmático trabajador con que sostiene el encadenado se vislumbra como el ciudadano común de su nación; un trabajador cuyo andar es ofusco y tediosamente cíclico; pretende ir siempre hacía adelante pero no distingue el camino, no hay un horizonte al cual aspirar; las motivaciones del amor terminan por orillarlo más a la tragedia, a los extraños brazos de la ensoñación cual vía de escape… Su hijo, ese monstruo que es en gran parte su creación, refleja los sentimientos de una sociedad que no soporta en realidad los valores que ostenta e hipócritamente protege. La imperfección no es tolerable, la inventiva y la especulación son los recursos para obviar las cosas; negación. Total, negación.
La Cabeza Borradora de Lynch es, pues, a final de cuentas, una película a la cual se debe acudir con cierta cautela. Sus dimensiones son abstractas y su guía poco ortodoxa, no es una película que maneje disertaciones de manera clara y concisa; su cuerpo es un laberinto del cual no habrá escapatoria alguna, quizá tampoco haya del todo una satisfacción blancuzca. Su constitución es de una plástica concienzudamente aberrante; más que contar busca afectar. Más que gustar busca explotar reflejos, repulsiones, contracciones y renuencias que no servirán de nada pues ya estando entre sus brochazos no hay alternativa más que sumarse a un cosmos grisáceo que no dejará a nadie indiferente. Y es que quizá sea mejor experimentar una pesadilla a la vida real, porque claro, al menos sabemos que de alguna habremos de poder despertar para el escape.

Cabeza Borradora de David Lynch.
Calificación: 3 de 5 (Buena).
Fuente: https://www.facebook.com/100036159626395/posts/518342746047708/?d=n
Fotografía: Alternative movie posters