Por: Adolfo del Ángel Rodríguez. Supervisor Escolar de Educación Primaria en Veracruz, México. 07/02/2024
Le dolía en el alma no poder sumarse en ese momento a las filas de alumnos, ya listos para partir, luchando por detener las lágrimas que amenazaban con salir de un momento a otro. Le dolía ver allí a todos, uniformados, alegres, con el aire de festejo de otro aniversario de la Revolución Mexicana. Hasta hace unos momentos también se sentía listo, pero sin uniforme, pero no entendía que además del sentido patriótico habría que ir como todos los demás, pensaba que con las ganas de unirse al contingente bastaba.
La realidad lo despertó de golpe de la fantasía de ir recorriendo las calles del pueblo, representando a su escuela, lleno de orgullo, caminando con el pecho henchido lleno de patriotismo y de inocencia, hasta que una voz cruel, fulminante como trueno, lo paró en seco:
- ¡No puedes desfilar sin uniforme! ¡Ve a ponértelo! ¡Aquí te esperamos!
Quedó atónito, con toda la sorpresa que puede acumular un pequeño de ocho años, que no entiende por qué para representar el patriotismo tiene que recurrir a una ropa diferente a la que usa comúnmente. Seguía perplejo, sin comprender lo que sucedía, pues al final de cuentas solo quería desfilar. Desfilar y ya.
- ¡Apúrate que ya no nos vas a alcanzar! -suena nuevamente la voz, cruel y seca.
De súbito, comenzó a correr a la casa, con los sentimientos a flor de piel. Su madre estaba ya sumergida en los quehaceres del hogar y se sorprendió al verle llegar.
- ¿Qué haces aquí? -preguntó, algo triste. Aunque sabía perfectamente lo que pasaba, así que lo abrazó, menos con cariño y más para hacer tiempo de encontrar una solución a lo que sucedía. No dijeron nada y ella se apuró a buscar entre la ropa el uniforme de uno de sus hermanos que ya cursaban la secundaria.
Encontró un pantalón del uniforme. Roto, raído y un poco descolorido. Puso manos a la obra y enseguida daba una puntada por aquí, otra por allá. Aun no terminada y ya ideaba la manera en que haría costuras también a la camisa, rezando en sus adentros porque le diera tiempo a su pequeño de alcanzar el contingente. Daba agujazos con gran destreza, apuraba las puntadas, jalaba el hilo, cortaba y anudaba el remate. Siguió la camisa.
Cuando hubo terminado, le midió la ropa, que -por supuesto- le quedaba grande, pero deprisa le hizo una pinza aquí y otra allá al pantalón, ajustando perfectamente a la cintura la prenda. La ropa holgada, pero el alma justa para llenarse de orgullo desfilando por las calles del pueblo, haciendo gala de ser, además de un buen patriota, un buen estudiante, pues su promedio era impecable, y hasta esa fecha, su récord de dieces era digno de reconocimiento.
Se alegró de verse ataviado por el uniforme que, hasta el tercer grado, nunca había portado, pues no había dinero para comprarlo. Recordaba que a su hermano se lo consiguieron de otro niño que igual había terminado sus estudios de primaria, porque en la clausura de fin de cursos con esa ropa recibió su certificado. Ahora estaba arreglado y se sentía poderoso, así que se despidió de su madre y corrió a todo pulmón hacia la escuela.
Iba rebosante de alegría, imaginando cómo se vería saludando desde las filas a la gente que asistía a ver el desfile, a ver a niños de otras escuelas que, seguramente, pondrían en alto también el nombre de sus escuelas. Al ir acercándose a la escuela recordó que uno de los maestros le dijo: “apúrate que aquí te esperamos”, así que se emocionó cuando vio que no estaban sus compañeros a medio sol, formados, así que se imaginó lo buena gente que eran sus maestros porque, además de esperarlo, habían resguardado del sol a sus compañeros. Llegó jadeante a la esquina de la escuela y se apoyó de uno de los pilares para recuperar la respiración. Cansado pero contento. En eso estaba, cuando la voz, menos seca que antes, pero más cruel, de uno de los vecinos de la escuela, espetó estas palabras:
- Chamaco, ya regrésate a tu casa. Ya todos se fueron al desfile.