Por: Marcelo Trivelli. 06/11/2026
«Si sientes dolor en tu cuerpo, estás vivo. Si sientes el dolor de otros, eres humano». Esta reflexión, atribuida a León Tolstói, encierra una verdad profunda que debiera estar en el corazón de la política y de nuestra democracia.
La democracia liberal atraviesa una crisis de legitimidad porque no está dando respuesta a las necesidades, angustias y esperanzas de la ciudadanía. Frente a esta realidad, las promesas de mano dura, expulsión de migrantes, eficiencia administrativa y crecimiento económico dominan el discurso político. Pero, como estamos viendo, cuando llega el momento de actuar, prima la indiferencia en lugar de sentir como propio el dolor ajeno. Se olvidaron de lo esencial: la humanidad en el ejercicio del poder.
El verdadero clivaje de nuestra democracia está entre quienes son capaces de sentir el dolor de otros y quienes no les importa el sufrimiento ajeno y lo ven como un daño colateral. Y hoy una parte de la derecha, en Chile y en el mundo, expresa una concepción del poder que privilegia los intereses de unos pocos por sobre los dolores de la mayoría.
La rebaja de condenas a 56 violadores y abusadores sexuales de menores de edad es una expresión brutal de esta indiferencia. No pensaron en el dolor de las víctimas y sus familias al firmar esos decretos. Ni el Presidente ni las autoridades de Justicia se pusieron en el lugar de esos niños y niñas que deben revivir sus traumas al saber que sus agresores recuperan anticipadamente la libertad. El Presidente dice que fue un error, pero mantener al ministro responsable hace poco creíbles sus palabras.
Algo similar ocurre con el desempleo. La semana pasada conocimos una cifra dramática: 9,8% de desempleo y más de un millón de personas buscando trabajo sin encontrarlo. En Enade, el Presidente Kast afirmó que su Gobierno había hecho su parte y que correspondía a los empresarios generar empleos para reducir el millón de personas cesantes. Es cierto que las empresas crean puestos de trabajo, pero gobernar significa asumir como propia la angustia de quienes no tienen empleo y utilizar las herramientas disponibles del Estado para corregirlo. No basta con creer que se generan condiciones y esperar resultados. El dolor de esas familias exige una acción inmediata y permanente del Gobierno.
Sentir el dolor ajeno no es debilidad ni buenismo. Es la fuerza que transforma la sensibilidad humana en voluntad política y la voluntad política en acción. Quien vive verdaderamente el sufrimiento de los demás no tolera la ineficiencia, la burocracia ni la indiferencia. Cada día de espera y cada recurso desperdiciado representan personas que siguen sufriendo.
Hace más de 150 años, Abraham Lincoln definió la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Hoy necesitamos recuperar el sentido humano de esas palabras.
Del pueblo, porque gobernar exige vivir, conocer y sentir su dolor, no solamente escuchar sus demandas en campañas electorales y hacer promesas vacías y populistas.
Por el pueblo, porque quienes ejercen el poder no pueden aislarse del sufrimiento de aquellos a quienes representan, refugiándose en estadísticas, procedimientos o responsabilidades ajenas.
Para el pueblo, porque la razón de ser del gobierno es transformar ese dolor en soluciones concretas que mejoren la vida de las personas.
Recuperar la humanidad significa comprender que vivimos en comunidad y que el bienestar individual depende también del bienestar colectivo. No se trata de reemplazar las capacidades técnicas por buenas intenciones, sino de poner la inteligencia, los recursos y la eficiencia del Estado al servicio de las personas.
La crisis de la democracia no se resolverá solamente con mejores instituciones, más tecnología o nuevas promesas electorales. Necesitamos recuperar la humanidad como principio rector de la política y exigir que nuestros gobernantes sean evaluados por su capacidad de comprender el sufrimiento y actuar para aliviarlo.
Porque cuando el dolor ajeno no se vive ni se siente, la política pierde sentido y la democracia pierde su alma.
Fotografía: El periodista
