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La burbuja de la IA: una apuesta millonaria que pagará la clase trabajadora

por RedaccionA marzo 30, 2026
marzo 30, 2026
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Por: Contrainformación. 30/03/2026

Mientras las tecnológicas juegan a ser dioses digitales, el coste lo asumen los barrios, el clima y quienes viven de su salario

La inteligencia artificial se ha convertido en la nueva fiebre del oro del capitalismo estadounidense. Desde 2022, cuando se lanzó ChatGPT, las grandes tecnológicas han disparado su inversión hasta cifras obscenas. Pero bajo la narrativa del “progreso inevitable” se esconde una realidad mucho menos épica: una burbuja financiera sostenida por deuda, consumo energético desbocado y promesas que no cuadran con los resultados.

Según el economista Jason Furman, el crecimiento del PIB de Estados Unidos en el primer semestre de 2025 se debió casi por completo a la inversión en infraestructuras vinculadas a la IA. Si se excluye ese gasto, el crecimiento anualizado habría sido apenas del 0,1 %. Investigadores de la OCDE fueron aún más claros: sin ese empuje artificial, la economía habría entrado en recesión.

No hablamos de aplicaciones mágicas flotando en la nube. Hablamos de centros de datos gigantescos, con racks de servidores alimentados por chips fabricados con minerales escasos, que consumen cantidades masivas de electricidad y agua. La inversión anual de Google, Amazon, Meta y Microsoft en IA pasó de 150.000 millones de dólares en 2022 a 360.000 millones en 2025. Para 2026 planean gastar 650.000 millones. En comparación, 21 grandes empresas industriales estadounidenses juntas prevén invertir 180.000 millones ese mismo año.

No es innovación, es hipertrofia.

El mercado bursátil también ha sido dopado. Las llamadas “Magnificent 7” —NVIDIA, Microsoft, Alphabet, Apple, Meta, Tesla y Amazon— representan cerca del 40 % del valor del S&P 500 y explican aproximadamente el 80 % de su subida en 2025. Generaron una rentabilidad media del 27,5 %, frente al 7 % del resto del índice. El resultado es obvio: el 10 % más rico, que posee casi el 90 % de las acciones, fue el gran beneficiado.

Mientras tanto, el 20 % con mayores ingresos concentró el 60 % del consumo total en 2025. La desigualdad se ensancha, y la IA funciona como acelerador.

PROMESAS GRANDILOCUENTES, RESULTADOS DECEPCIONANTES

El corazón del boom no es cualquier inteligencia artificial, sino la llamada IA generativa: ChatGPT, Gemini, Claude, Grok, Copilot, Llama. Modelos entrenados con enormes bases de datos que producen textos e imágenes “humanos”. Pero no piensan ni razonan. Operan por reconocimiento estadístico de patrones. Y eso tiene consecuencias.

Las llamadas “alucinaciones” no son un error anecdótico. Son estructurales. Investigadores vinculados a OpenAI han reconocido que estos sistemas siempre producirán errores debido a limitaciones matemáticas inherentes. No es un problema que se resuelva con más potencia de cálculo.

Un estudio del MIT Media Lab, citado por Forbes, concluyó que el 95 % de los proyectos piloto corporativos de IA no generaron retorno alguno. Una encuesta a más de 1.000 empresas en América del Norte y Europa mostró que el 42 % abandonó la mayoría de sus iniciativas en 2025, frente al 17 % en 2024.

Y los números financieros son igual de crudos. OpenAI perdió 5.000 millones de dólares en 2024 y probablemente más de 8.000 millones en 2025. Prevé pérdidas acumuladas de 44.000 millones hasta 2029. Algunos analistas estiman que podría quedarse sin liquidez a mediados de 2027 si no consigue nueva financiación.

La paradoja es brutal: más de 500 millones de personas usan ChatGPT cada semana, pero solo 15,5 millones pagan. Google Gemini apenas suma 8 millones de suscriptores de pago. Los ingresos no cubren los costes, ni de lejos.

Para sostener la expansión, las empresas recurren a la deuda. Bloomberg estima que harán falta 3 billones de dólares para construir la infraestructura necesaria. Morgan Stanley calcula que las grandes tecnológicas gastarán 3 billones hasta 2028, cubriendo solo la mitad con flujo propio de caja. El resto vendrá de bonos, crédito privado y deuda basura.

En febrero de 2026, el mercado ya dio señales de alarma: más de 1 billón de dólares evaporados en capitalización bursátil tras varias jornadas de ventas masivas.

Esto no es una economía sólida. Es una economía apoyada sobre expectativas desmesuradas.

EL COSTE SOCIAL Y ECOLÓGICO

Cada centro de datos implica tierra ocupada, presión sobre redes eléctricas locales, encarecimiento de la energía y consumo masivo de agua. Comunidades desplazadas, agricultura reducida, impuestos desviados hacia infraestructuras privadas. En plena crisis climática, el modelo apuesta por infraestructuras hiperelectrointensivas.

Y cuando la rentabilidad no llega, el ajuste no lo pagan los consejos de administración. Lo pagan las trabajadoras y trabajadores. Recortes, despidos, externalizaciones.

Además, las empresas tecnológicas ya no esperan una adopción voluntaria. Buscan integración forzada en escuelas, hospitales, redacciones, estudios de cine. La promesa de eficiencia se convierte en mecanismo de disciplina laboral. Automatización sin democracia tecnológica.

La historia reciente enseña cómo acaban estas burbujas. Cuando el crédito se seca, la caída arrastra a proveedores, fondos y empleo. Y deja tras de sí infraestructuras sobredimensionadas y territorios tensionados.

No se trata de oponerse a toda tecnología. Se trata de cuestionar un modelo donde la inversión masiva no responde a necesidades sociales sino a expectativas de monopolio. Donde el riesgo es colectivo y la ganancia privada.

El boom de la IA puede durar años. Pero cada año que se prolonga profundiza el desequilibrio productivo y ecológico. No es progreso, es concentración de poder financiero bajo la etiqueta de innovación.

Y cuando la burbuja estalle, no habrá algoritmo que reconstruya lo que el capital decidió sacrificar.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Contrainformación

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