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Las asambleas representativas, motor de la huelga general

por RedaccionA marzo 30, 2026
marzo 30, 2026
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Por: Jose Arturo Val del Olmo. 30/03/2026

Después de 50 años, es ya conocido que la policía franquista intervino con gases lacrimógenos en la Iglesia de San Francisco, un recinto cerrado lleno de miles de personas, sembrando el terror y disparando fuego real mientras iban saliendo, con el resultado de cinco asesinatos y decenas de heridos de bala, algunos muy graves. También es conocido que esa matanza frustró la reforma franquista que Areilza y Fraga estaban intentando colar en Europa y obligó a la monarquía fascista a llegar más lejos de lo que inicialmente querían. Sin embargo, no es tan conocido el proceso de lucha que durante dos meses protagonizaron más de seis mil trabajadores y él éxito de la huelga general convocada el tres de marzo de 1976, que consiguió ganar a prácticamente todo el pueblo de Vitoria.

Forjas Alavesas (1400) fue la primera factoría en salir a la huelga, Areitio (685) fue la única en la que las mujeres eran mayoría, pero pronto serían diez las empresas que protagonizaron una de las páginas más épicas del movimiento obrero. “Todo el poder a la Asamblea” fue el punto de partida, pero hubo precedentes y un contexto que permiten entender la conciencia, la organización y la radicalidad que adquirió el conflicto.

Uno de los precedentes más importante fue la huelga de Michelin en 1972. Duró un mes, fue duramente reprimida, y concitó el apoyo activo del pueblo de Vitoria, pero finalizó sin conseguirse nada debido a que los Jurados de Empresa, representantes legales de los trabajadores, firmaron en el Sindicato Vertical fascista (SV) entrar a trabajar al margen y en contra de la plantilla.  El otro fue la existencia de una Coordinadora Obrera de Vitoria que agrupaba en la clandestinidad a trabajadores combativos de diferentes empresas y que acertó a elaborar una plataforma reivindicativa unitaria que reivindicaba 5 o 6.000 pesetas lineales de aumento mensual, rompiendo así los topes salariales impuestos, 40 o 42 horas de jornada, jubilación a los 60años, 100% en enfermedad o accidente, y negociación al margen de la legalidad fascista.

Del contexto destacar, el “aperturismo” inicial del gobierno para favorecer su pretensión de continuar el franquismo sin Franco, la separación Iglesia-Estado desde el Concilio Vaticano II lo que favorecía el apoyo de la base eclesiástica, y el giro a la izquierda en todo Europa, con la caída de las dictaduras en Portugal o Grecia y las movilizaciones masivas en Francia, Italia o Inglaterra, lo que influyó en que miles de jóvenes estuviéramos militando en decenas de organizaciones obreras clandestinas bajo el franquismo.

Desde el principio los empresarios recurrieron al cierre patronal y hubo que ir a reunirse a las iglesias en las que poco a poco fuimos construyendo un “nosotros”, una conciencia colectiva de nuestra pertenencia a la clase obrera dado que necesitamos vender nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario para poder vivir, y un “ellos”, los poseedores de los medios de producción, empresarios, banqueros o fondos de inversión, que tenían a su servicio el entramado jurídico institucional, el SV), la policía y los medios de comunicación. En este proceso fue esencial la creación de una dirección, la Coordinadora de Comisiones Representativas de Fabricas en Lucha (CCRR), integrada por dos personas de cada una de las comisiones representativas de fábrica, que nos reuníamos diariamente para analizar las asambleas y dar orientaciones de conjunto.

Casi el 60% de la población alavesa era inmigrante, la mitad mujeres, y la mayoría menores de 35 años. La asamblea de fábrica era una experiencia nueva para la mayoría y hubo que definirla desde el principio. Cuando se sale a una huelga, mucho más si es indefinida, es normal el miedo y la incertidumbre. La asamblea ejerce la democracia directamente, da seguridad, descubre la importancia de la unidad, crea un ambiente de mayor confianza y fuerza lo que anima a tomar decisiones que de ninguna manera se conseguirían en un plano individual. No hubo diferencias en considerar que la asamblea tenía que ser informativa, organizativa, deliberativa, ejecutiva y sobre todo decisoria. El primer acuerdo que se adoptó fue el de votar a mano alzada. La patronal y el sindicato fascista insistían cínicamente en el voto secreto con el argumento de que era más libre cuando no había ningún tipo de libertad. Con el voto a mano alzada se toma conciencia de lo que se vota y del compromiso frente al colectivo. El segundo acuerdo fue ratificar a cada comisión representativa, integrada por aquellas personas que habían dado la cara para hacer efectiva la huelga, y exigir la dimisión de todos los enlaces y jurados elegidos el año anterior a través del SV. Los representantes eran directamente revocables y no podían decidir al margen del conjunto del colectivo al que representaban.

La asistencia a las asambleas era masiva y la participación sin reservas, organizando el reparto de octavillas por los barrios, las huchas en bares y comercios o los piquetes informativos. Al principio había trabajadores que consideraban que el problema de su empresa era propio y había que resolverlo con su propio empresario, un criterio que cambió pronto. Las asambleas eran una universidad obrera, partiendo de hechos concretos debatíamos sobre las leyes y la legalidad, quien las hacía, a quien beneficiaban, sobre la política que lo impregnaba todo, como la carestía de la vida o los topes salariales, y la necesidad de una política obrera, sobre la necesidad de defender a nuestros representantes que eran la diana del capital. Debatir las condiciones en las que vivíamos elevó rápidamente la conciencia de clase. Currelas de una empresa iban a informar a las demás empresas y diariamente se analizaban las maniobras de la patronal que estaban coordinadas; negativa a negociar, sanciones, multas, despidos, presiones para dividir a la plantilla y para que se negociase en el SV, octavillas anónimas desprestigiando a los dirigentes obreros.

Pronto se decidió realizar asambleas conjuntas de todas las plantillas en huelga y manifestarnos conjuntamente. El 31 de enero miles de trabajadores salimos con el buzo por las calles de Vitoria. Había orgullo de pertenecer a la clase trabajadora. El 2 de febrero la policía disolvió brutalmente una manifestación de siete mil trabajadores y ahí se acabó el llamado “aperturismo”. Después hubo que responder a las necesidades que iban surgiendo. La más importante fue decidir que ninguna empresa entraba a trabajar mientras hubiera despedidos o detenidos. La segunda fue incorporar a las compañeras de los huelguistas a la lucha. Después de varias asambleas las mujeres se organizaron autónomamente y fueron un factor decisivo en el desarrollo de la huelga. Asumieron el trabajo de acumulación y reparto de alimentos y de la caja de resistencia, junto a los hombres, transgredieron el papel de “amas de casa” que les asignaba la dictadura participando en piquetes para llamar “gallinas” a los esquiroles y exigirles que participasen y respetasen las decisiones de la asamblea, y salieron por miles en marchas por el centro de la ciudad, con sus bolsas vacías, unas veces hacia los mercados y otras hacia la sede de la patronal y del SV. Fueron duramente reprimidas y tomaron conciencia de que tenían problemas específicos que tenían que afrontar.

Mas tarde se organizaron asambleas conjuntas para trabajadores en activo explicándoles las ventajas de incorporarse a la lucha, asambleas en los barrios obreros, asambleas con los estudiantes y organización de la caja de resistencia, comunicación con organizaciones obreras clandestinas y a nivel internacional con la OIT y otras. El sábado anterior al 3 de marzo se realizaron asambleas masivas en los barrios y el domingo en todas las iglesias, abarrotadas de fieles, estuvimos alguien de las CCRR llamando a la huelga general.

Entramos en la lucha por necesidad, porque se trabajaban 48 horas y se cobraban poco más de 10.000 pesetas mensuales y no daba para vivir, y salimos de la huelga con el sueño, que fue roto por las balas, de conseguir una sociedad en la que hubiera pan, justicia y libertad para todas las personas. Las CCRR eran el equivalente a los Consejos Obreros o Soviets y fueron objeto de debate más restringido, junto a la autogestión o el control obrero de la producción, entre los miembros de las CCRR y en las organizaciones en que militábamos porque la brutal intervención policial frustró el que pudiéramos debatirlo en las asambleas y en el movimiento obrero.

Los asesinatos del 3 de marzo no pudieron ocultar la capacidad de lucha y de sacrificio de una clase obrera que durante dos meses se enfrentó a una patronal intransigente y a la dictadura a su servicio y fue capaz de conseguir la solidaridad y el apoyo de la práctica totalidad del pueblo de Vitoria. Una demostración de la capacidad transformadora cuando hay dirigentes a la altura, objetivos claros, unidad de acción y extensión y coordinación de las luchas.

funeral 1

El día 5 de marzo cien mil personas participamos en los funerales, la mayor manifestación de repulsa a la dictadura durante toda su existencia, y el día 8 la huelga general fue masiva en Euskal Herria, más de medio millón de personas, y pudo haber sido más decisiva si los dirigentes del PCE y del PSOE y sus sindicatos, UGT y CCOO, hubieran sido consecuentes con la ruptura democrática y hubieran convocado una huelga general en un Estado en el que se calcula que hubo, en aquel invierno, un millón de huelguistas, cada uno por su lado y en buena parte negociando a través del SV.

Se consiguió romper los topes salariales, reconocimiento de asambleas y CCRR, readmisión de los despedidos, mantener el puesto a los detenidos, potenciar las asociaciones de vecinos y levantar un movimiento propio de las mujeres, pero después hubo que seguir luchando porque bajo el capitalismo no hay mejoras estables ni permanentes.

El impulso del 3 de marzo duró hasta el verano, pero después las asambleas acusaron cansancio y las CCRR se debilitaron por no tener claro su papel y perderse en debates internos sobre la situación política. El 12 de noviembre hubo una huelga general en el estado con millones de participantes, entre otras razones por la suspensión del art. 35 de la ley de relaciones laborales que asignaba al trabajador el derecho a incorporarse al trabajo en caso de despido improcedente y en Álava pararon 35.000 trabajadores lo que reflejaba el aumento de organización y conciencia tras el tres de marzo.

Después vino la libertad sindical y la pluralidad y competencia entre sindicatos, el fortalecimiento de las secciones sindicales en detrimento de las asambleas, y un proceso de ataques al movimiento obrero que se concretaron en 1977 con los Pactos de la Moncloa, básicamente un tope salarial, y poco después con las políticas de reconversión industrial que fueron salvajes y sin alternativas de empleo.

Hoy en Euskadi hay más de 50 empresas o sectores en huelga afectando a miles de trabajadores. Miles de pensionistas exigen elevar las pensiones mínimas, especialmente de las mujeres, que tuvieron menos cotización por dedicarse a tareas de cuidados que nunca estuvieron ni retribuidas ni reconocidas. Las plataformas de apoyo a la sanidad pública denuncian el deterioro y privatización de servicios esenciales, lo mismo que ocurre en la educación. El 17 de marzo hay convocada una huelga general en Euskal Herria en favor de un salario mínimo de 1.500 euros, compatible con el SMI estatal, lo que beneficiará a mujeres, personas migradas y jóvenes, y reducirá la pobreza y la precariedad. Buen momento para recuperar lecciones del 3 de marzo; las asambleas, la organización, la participación, la solidaridad, los objetivos compartidos, la unidad de acción, la extensión y coordinación de las luchas o el debate sobre la necesidad de acabar con el capitalismo antes de que acabe con la humanidad.

3/03/2026

Jose Arturo Val del Olmo. Miembro de la Coordinadora de Comisiones Representativas de Fabricas en Lucha del 3 de marzo de 1976

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Fotografía: Viento sur

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