Por: Andrei Briones Hidrovo. Iberoamérica Social. 17/04/2018
La forma de vivir antropogénica se ha desarrollado de manera que ha dado origen a una crisis mundial ecológica y que nos encamina a una catástrofe sin precedentes (Latouche, 2009). Tal es la magnitud que se está poniendo en riesgo el funcionamiento de la madre Tierra (Gaia) (Lovelock, 2000) y por ende la vida que ella sustenta (Lovelock, 2011) (MA, 2005). Básicamente, el problema de fondo se ciñe al sistema económico que, con más de dos siglos de antigüedad, ha evolucionado y se ha mantenido con el tiempo (Paz Y Miño, 2018) (Piketty, 2014). Éste, tiene como esquema general la extracción/producción de recursos renovables y no renovables, los cuales son manufacturados, comercializados, vendidos y desechados con el paso del tiempo, es decir, todo con el fin de generar un beneficio económico a fin de acumularlo y a través de este volver a tener más beneficios. De esta manera, se instauró lo que se conoce como consumismo dentro de nuestras sociedades, un acto que va más allá de la condición permanente biológica de consumir que tenemos como seres vivos, creándose así sociedades de consumo (Bauman, 2007). En consecuencia con el desarrollo de sociedades capitalistas, productivistas-consumistas, se impuso el homo oeconomicus, la omnimercantilización y el imaginario del crecimiento infinito (Latouche, 2012), con un elemento que, usado desde sus inicios como medio de intercambio, al día de hoy sigue siendo una fuente de poder: el dinero. Sin embargo, tener dinero es también sinónimo de libertad, ya que con este se puede adquirir prácticamente todo lo que sea y cuanto sea posible sin que haya algún efecto negativo directo de por medio. Dicha libertad sin límite alguno, está repercutiendo severamente en la naturaleza, lo que ha ocasionado por ejemplo, que la concentración de carbono en la naturaleza aumente exponencialmente, se contaminen vastos recursos hídricos, se deforesten grandes extensiones de tierras y gasten recursos no renovables, etc., que su vez ha dado lugar a la mayor problemática mundial que enfrenta la humanidad: el cambio climático (IPCC, 2014). Considerando el contexto socioeconómico en el que vivimos, de entre todos los consumos, el consumo de alimentos es básico y necesario para la vida y por lo tanto, para un futuro, cualquiera que este sea, no podrá ser erradicado o reducido a un mínimo como quizás se pudiese hacer con otros en el marco de un nuevo modelo de vida.
Es necesario dividir el acto de consumir alimentos en dos etapas: la producción y el consumo. Como dato importante a tener en cuenta, cabe señalar que la población actual mundial ya supera los 7500 millones de habitantes, de los cuales 815 millones sufren desnutrición, siendo África el continente con mayor desnutrición seguido por Asia (FAO, et al., 2017), con riesgo a crecer debido al cambio climático (FAO, 2016). También hay que decir que una persona adulta requiere al menos de 1300 kilocalorías (kcal) diarias (energía), siendo lo normal un consumo que oscila entre 2000 y 3500 kcal, según la actividad de la persona (Schwartz, 2017).
Debido a la sobrepoblación mundial existente, la cual es 3 veces mayor a la que ecológicamente se podría mantener en la Tierra (Latouche, 2009), la producción de alimentos se ha expandido y extendido exponencialmente de tal manera que se están extinguiendo millones de hectáreas de bosques, acidificando y erosionando suelos, sobreexplotando los mares, eutrofizando y contaminando recursos hídricos, es decir, se están comprometiendo los recursos abióticos que son medio de sustento de vida (MA, 2005) (FAO, 2016). Sin embargo, todo aquello que se produce no llega a la boca de todos, debido principalmente al modelo socioeconómico implementado mundialmente que genera grandes desigualdades (Piketty, 2014) (Falconí, 2017), a lo que se suma el hecho de que un gran porcentaje se desecha (Harvey, 2016). La producción de alimentos, ya sean estos beneficiosos o no para la salud humana, se ha convertido en un gran negocio en el cual aún predomina el interés económico.
Los procesos existentes en la naturaleza son irreversibles y de baja entropía, es decir, en todo aquello que hay una transformación, crecimiento o desarrollo, la energía empleada no puede volver a su estado inicial y una parte de ésta no es útil para realizar un trabajo, a lo que se conoce como entropía (Georgecu-Roegen, 1996). Se puede citar como ejemplo el reloj de arena. La arena en la parte superior del reloj tiene baja entropía y es capaz de realizar un trabajo a medida que cae. Cuando la arena está ya en la parte inferior ha agotado toda la capacidad de realizar un trabajo, su entropía ha aumentado y para recuperar la energía gastada (regresar la arena a la parte superior) hay que usar más energía. Otro claro ejemplo es el cuerpo humano, que funciona a baja entropía pero una vez que la persona fallece, este pasa a tener alta entropía. Con lo dicho, un árbol convierte la materia inorgánica en orgánica usando energía solar (fotosíntesis) con pocas pérdidas (baja entropía). Sin embargo, ante la alta demanda mundial, la agricultura y la producción general de alimentos ha pasado a tener una alta entropía (Georgecu-Roegen, 1996) (Latouche, 2009), gracias a la tecnificación y uso de agroquímicos que han dado lugar a mayores consumos energéticos. Aquello se enmarca en lo que se conoce como agricultura intensiva. El otro tipo de agricultura es la extensiva, la cual requiere de grandes extensiones de tierra y que no busca optimizar rendimientos por unidad de hectárea (EUROSTAT, 2014). Lo mismo sucede con la industria bovina, porcina, y avícola. Ante lo expuesto, considerando las circunstancias y condiciones actuales, la producción de alimentos tienen impactos significativos hacia los ecosistemas y ambiente en general, los cuales son medidos a través de lo que se conoce como huella ecológica, la cual compara la capacidad de suministro de recursos y servicios de la naturaleza con la demanda humana de éstos, estableciendo así un vínculo de comprensión con los factores sociales y económicos. Dicha huella abarca 6 categorías (tierra para cultivos, tierra para pasto, áreas de pesca, producto forestal, tierra para edificación y emisiones de carbono) las cuales son equiparadas en términos de unidades y sumadas, dando lugar a una unidad final que es la hectárea global (gha, siglas en inglés) (WWF, 2016). A esto se puede sumar la huella hídrica, que representa el consumo de agua requerido para producir una unidad de alimento (Waterfootprint, 2017). Para ejemplificar, la carne de cerdo requiere de 5988 lt/kg, y emite 12.1 kg CO2/kg; la patata 287 lit/kg y 2.9 kg CO2/kg; un vaso de leche (250 ml) 255 lt y 1.9 kg CO2/kg; la carne de res 15415 lt/kg y 27 kg CO2/kg (Waterfootprint, 2017) (Lewis, 2015) (Shrink That Footprint, 2018). Para tener una idea de aquellos valores, un auto en promedio emite 26 kg CO2/100 km. Los valores expuestos, que incluyen la producción, transporte, distribución y desecho, son referenciales y aunque las prácticas a nivel mundial están homogenizadas, pequeñas variaciones podrían existir pero que estarían dentro del orden de magnitud señalado. Según Global Footprint Network (2013), la huella ecológica en Ecuador (lo que se consume o demanda de la naturaleza) es de 1,94 gha/persona que sería equivalente a 5944 m2 de área de bosque por persona que es igual a 60 casas con un área de terreno de 100 m2. Estados Unidos tiene una huella ecológica de 8,7 gha/persona, mientras que Finlandia y Australia tienen 6,7 y 9,7 gha/persona respectivamente. A todo esto, cabe destacar que 1/5 de las emisiones globales de gases de efecto invernadero son generadas por la agricultura, silvicultura, y la modificación y uso de la tierra (FAO, 2016) y que debido a la competencia y las reglas del mercado, por ejemplo, la patata que se produce en Estados Unidos es consumida en Ecuador siendo que este es productor de patata, que a su vez ha de exportar a otros lugares. En consecuencia, el intercambio de productos alimenticios a sus distintas escalas geográficas, a razón de aumentar la comercialización y obtener mayores beneficios, tiene impactos significativos sobre el ambiente (Latouche, 2009).
Hasta ahí es la parte de la producción de alimentos. En relación al consumo, el principal factor para que este se dé es el recurso económico (dinero) y su poder adquisitivo, es decir, en la medida que más se tenga, mayor será el consumo de alimentos, no solo a nivel doméstico sino también fuera de éste, teniendo en cuenta que existen límites físicos. A excepción de los países del norte de Europa (de Francia hacia arriba), Australia, Canadá y Estados Unidos, el promedio de ingreso en el mundo se encuentra por debajo de los US$ 10.000/año, menos de US$ 900/mes (Worlddata, 2016) (Worldatlas, 2017). El segundo factor a tener en cuenta es el ritmo de vida, que en el marco del modelo socioeconómico establecido, gira en torno al trabajo. De media, una persona trabaja 1800 horas al año, un 20% de las horas totales de un año (El País, 2016). El tercer factor, que se origina de la relación entre el primero y el segundo, es la manera como nos alimentamos (nutrición). De esta manera, la posesión de dinero, los hábitos y el tiempo para poder alimentarse determinan nuestra alimentación. Las personas tienen por conocimiento general biológico que es necesario comer para vivir y trabajar, pero la gran mayoría desconoce cómo hacerlo de manera adecuada (FAO, 2016). Según la Organización Mundial de la Salud, 1900 millones de personas (adultos, mayores a 18 años) tenía sobrepeso en el 2016, siendo 650 millones obesos; la mayoría de la población mundial vive en países donde la mayor parte de la mortalidad es debido al sobrepeso y obesidad. Éstas se deben a la acumulación anormal de grasa en el cuerpo y son causadas por el desequilibrio energético entre las calorías consumidas y gastadas (WHO, 2017). Además de lo expresado, la mala alimentación desarrolla otras enfermedades como la diabetes o hipertensión arterial y condiciona el estado de ánimo de las personas (La Vanguardia, 2017).
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Fotografía: Parques Alegres