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El ánima de la conciencia

por RedaccionA noviembre 5, 2026
noviembre 5, 2026
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Por: Cristóbal León Campos. 05/11/2026

En estos días en que las ánimas recorren entre sabores y olores los rincones que en vida hicieron suyos, el recuerdo de tiempos antiguos ronda la memoria colectiva como una especie de nostalgia que aviva el sentir colectivo y como un clamor popular por el regreso de quienes solemos extrañar en la cotidianeidad sin que reparemos un instante en valorar las ausencias presentes. Y no es que hable de desprecio u olvido, todo lo contrario, hablo de la forma más devorante de inadvertida desidia: la alienación de la conciencia y del ser en la contemporaneidad.

La vida acelerada que en la actualidad llevamos nos aleja de los instantes de reflexión íntima, pero también nos disocia del reconocimiento de lo colectivo como una fuente de conocimiento y conciencia, nos agolpa con sonidos exacerbados que adormecen la comprensión de lo que vivimos, es tanto lo que escuchamos que dejamos de apreciar lo que resulta indispensable para mantenernos humanos, pues el ruido de la guerra, el genocidio, la desinformación, la explotación, el desprecio y los discursos de odio se apoderan de la escena robándonos la posibilidad de mirar con detenimiento qué está pasando en el entono local y global y qué podemos realmente hacer para no alienarnos de lo verdaderamente importante para la humanidad.

El ser alienado es un ser falto de libertad, pero no de la libertad de mercado propia del capitalismo, pues esa “libertad” es uno de los aceleradores de la alienación, me refiero a la libertad que el filósofo existencialista francés, Jean-Paul Sartre, al acercarse al marxismo en obras como “Crítica de la razón dialéctica” (1960), consideraba connatural al ser humano, y es ante la pérdida de esa premisa (libertad) en las sociedades contemporáneas que se observa la profundidad de esta condición no humana, pues la alienación deja de ser únicamente psicológica (intersubjetiva) para mostrarse a plenitud; como un acontecer estructural y opresor. Y es que el ser humano con el desarrollo histórico que ha alcanzado, ha generado no solo tecnología, instituciones y artefactos, sino también debido a la apropiación material de la acumulación originaria capitalista, ha dado lugar al despojo de la esencia y el trabajo humano, dando la apariencia de que todo aquello creado por el ser humano es autónomo de él, enfrentándose a su propio creador, cuando en realidad esa es la muestra de la condición del ser alienado, el que no se reconoce a sí mismo como creador y se somete al rol de reproductor-consumidor, siendo ahí cuando la libertad se ve reducida a una mera práctica de consumo. Para Sartre la salida de esa condición alienada está en la conciencia de que la libertad es natural al ser humano, y por ello el volver a la esencia humana es la superación de la alienación, aunque claro, esto significa a superación de la estructura sistémica alienante.

Esta condición de despojo del creador por su “propia creación” la podemos ver en estos tiempos con la llamada Inteligencia Artificial (IA), pues se representa por el mercado como la herramienta más poderosa del desarrollo socioeconómico en la actualidad, pero como si fuera algo ajeno al ser humano, como si la IA hubiera superado a su creador dejándolo en una condición de alienado, y ahí radica la trampa sistémica del despojo, ya que la condición humana se niega en ese proceso al ocultarse la participación en la creación misma; se objetiviza y deshumaniza al ser.

II

La visita de las ánimas para nuestras culturales de origen mesoamericano tiene un significado muy complejo cuyas representaciones simbólicas se materializan mediante las prácticas rituales que llevamos a cabo en estos días, y esto manifiesta una esencia milenaria, pues si bien es verdad que la incorporación de elementos occidentales a raíz de la conquista y la colonización modificó la propia práctica, también lo es el hecho de que en las comunidades mayas y de otras regiones culturales de México la ritualidad que se desarrolla va a contracorriente del individualismo alienante de la modernidad capitalista.

La comunión que se práctica en estos días representa el regreso a la esencia, al vínculo original de nuestro ser con otros seres humanos (familiares, amigos, etc.), es un regreso a la socialización de la cultura y los saberes comunitarios, es el retorno-encuentro con la tierra y la naturaleza en el estado más puro, pues acá la interpretación de la relación dialéctica humanidad-naturaleza no se basa en la explotación de los recursos para la producción de otros objetos, aunque es verdad que sí hay una utilización de los mismos, pues lo que se produce en los entornos íntimos no busca la mercantilización ni la ganancia, sino que representa la materialización simbólica de la esencia humana, ya que las ánimas son eso, la esencia del ser humana que retorna al encuentro con los suyos, los nuestros, la humanidad.

La objetivación del ser humano y de todo aquello que produce, incluida la cultura, es resultado de los procesos de despojo del sistema capitalista que mediante la cosificación reduce la condición humana a un objeto, esto se observa muy claramente entre las y los trabajadores que elaboran y producen mercancías que una vez finalizadas no son de su propiedad, sino que pertenece al capitalista y ahí radica la esencia injusta e inhumana del sistema, además de que es ahí es donde la teoría del valor desarrollada por Carlos Marx, en su obra cumbre “El Capital” (1867), mantiene su vigencia, ya que en el valor de uso y de cambio acontece toda una complejidad alienante y sobreexplotadora, y de este proceso la cultura no se salva, aunque es mucho más complejo en sus aspectos subjetivos, siendo también ese uno de los campos de resistencia milenaria de los pueblos originarios y que en la actualidad se refrenda como un hecho contrasistémico, aunque las campañas de folclorización pretendan dar la imagen de armonía entre una y otra concepción de la vida, la muerte y la propia cultura.

En todo este proceso, también acontece la mercantilización de la cultura, convirtiendo las expresiones artísticas, simbólicas, patrimoniales en productos o servicios comerciales regidos por un valor de cambio en el mercado, y esto ha tenido un fuerte impacto en comunidades donde la entrada de consorcios empresariales y políticas gubernamentales se entrelazan para hacer de la cultura una mercancía en oferta según la temporada, y como sabemos los días de finados no han sido ajenos a esta “mano invisible” del interés capitalista. Y ante todo esto, como siempre, la resistencia comunitaria está viva, a veces de forma organizada y articulada para impedir la intromisión y la perversión del sentido profundo y cosmológico, y otras veces de forma silenciosa, velada, al interior de las comunidades y sus hogares, donde las ánimas llegan a reencontrarse con sus seres afines y a hacer valer la conciencia de los pueblos que se saben vivos, y más en estos días de finados, cuando la vida y la muerte vuelven a unirse como un todo, y no como opuestos según la mirada occidental.

En las comunidades la cultura engloba cada elemento de la existencia, la muerte es la vida y viceversa, el encuentro con las ánimas es el reencuentro con uno mismo, es el complemento de la historia, identidad y conciencia del ser, y ahí es donde la alienación individualista se resquebraja frente a lo común, la comunión de los seres (vivos y fallecidos), es una lógica existencial que no se comprende desde el mercado ni la cosificación, sino únicamente desde el retorno a los más puro de la esencia; a la dualidad vida-muerte, libertad y conciencia.

Fotografía: Lectambulos

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