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La trampa de la IA: un estudio expone cómo las empresas automatizan su camino hacia la destrucción

por RedaccionA noviembre 5, 2026
noviembre 5, 2026
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Por: Contra información. 05/11/2026

Un estudio publicado en marzo advierte de que la automatización sin control puede llevar al capitalismo de consumo a una paradoja brutal: productividad ilimitada y demanda cero.

LA AUTOMATIZACIÓN COMO CARRERA HACIA EL VACÍO

La promesa era conocida: la inteligencia artificial iba a liberar tiempo, aumentar la productividad y abrir una nueva era de prosperidad. La letra pequeña, como siempre, la pagan las y los trabajadores. Un estudio económico publicado en marzo bajo el título The AI Layoff Trap, firmado por Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas, investigadores vinculados a Wharton School de la Universidad de Pensilvania y Boston University, pone números y modelo matemático a una sospecha cada vez más evidente: si las empresas sustituyen empleo humano por IA a gran velocidad, pueden acabar destruyendo la demanda que sostiene sus propios beneficios.

La frase central del trabajo es demoledora: “las empresas automatizan su camino hacia una productividad sin límites y una demanda cero”. No hace falta imaginar un robot malvado tomando el control del mundo. Basta con mirar al mercado funcionando como mercado. Cada compañía, por separado, actúa de forma “racional”: reduce costes laborales, automatiza tareas, mejora márgenes y presume de eficiencia. El problema llega cuando todas hacen lo mismo. Las personas despedidas pierden salario. Al perder salario, consumen menos. Y si consumen menos, las empresas venden menos.

Ahí empieza la trampa. Ante la caída de ventas, las compañías vuelven a hacer lo que el capitalismo les enseña a hacer: recortar más costes. Y eso significa más automatización, más despidos, menos salarios y menos consumo. La rueda gira. No por error, sino por diseño. El trabajador expulsado de la fábrica, de la oficina o del almacén era también el cliente que compraba el producto. El sistema lo descubre tarde, cuando ya ha celebrado demasiadas juntas de accionistas.

El estudio no presenta el problema como una simple “transición laboral”. No habla solo de empleos que desaparecen y luego reaparecen en otro sector, como tantas veces se ha repetido para tranquilizar conciencias. Falk y Tsoukalas plantean una falla estructural: con IA más capaz y más competencia entre empresas, el incentivo a automatizar se vuelve todavía más agresivo. La empresa que no recorta queda penalizada frente a la que sí lo hace. Y así, la lógica individual empuja al desastre colectivo.

EL MERCADO NO SE CORRIGE SOLO

Lo más incómodo del estudio es que tampoco salva algunas de las recetas habituales. Los autores analizan medidas como la renta básica universal, los programas de recualificación, la participación de las y los trabajadores en la propiedad, los impuestos sobre rentas del capital o la coordinación empresarial. Ninguna, dentro de su modelo, basta para frenar la dinámica. No porque sean inútiles en términos sociales, sino porque no atacan el punto exacto del problema: el incentivo empresarial a sustituir trabajo humano sin asumir el daño económico general que provoca.

La única intervención que el modelo considera eficaz es un impuesto pigouviano a la automatización. Dicho sin jerga: una tasa por cada sustitución de empleo provocada por IA, para obligar a las empresas a pagar por la destrucción de poder adquisitivo que generan. No se trata de prohibir la tecnología. Se trata de impedir que el coste recaiga siempre en las mismas personas mientras los beneficios se privatizan y los daños se socializan. Lo de siempre, pero con algoritmos.

La advertencia llega en un momento poco inocente. Durante 2025 y los primeros meses de 2026, grandes tecnológicas han mantenido oleadas de despidos mientras aumentaban su inversión en inteligencia artificial generativa y sistemas autónomos. El mensaje corporativo suele venir envuelto en palabras como “eficiencia”, “optimización” o “reorganización”. Traducido: menos plantilla, más automatización y más presión sobre quienes se quedan.

Durante décadas se nos dijo que toda revolución tecnológica destruía empleos al principio, pero acababa creando otros. La cuestión es si esta vez el ritmo permite esa adaptación. El estudio cuestiona ese optimismo automático. La IA no sustituye solo tareas manuales, sino trabajo administrativo, creativo, técnico, jurídico, contable, logístico y hasta parte del trabajo intelectual que antes se consideraba protegido. La fábrica ya no está solo en la fábrica. Está en la pantalla.

Y aquí aparece la contradicción de fondo. El capitalismo necesita salarios para vender mercancías, pero premia a quien elimina salarios para mejorar márgenes. Necesita consumidoras y consumidores con dinero, pero celebra cada despido como una victoria de productividad. Necesita estabilidad social, pero convierte la inseguridad en modelo de negocio. Luego vendrán las patronales a pedir “confianza”, los fondos a exigir “flexibilidad” y los gobiernos a hablar de “adaptación”. La palabra prohibida será siempre la misma: reparto.

La IA podría servir para reducir jornadas, mejorar servicios públicos, descargar tareas penosas y repartir mejor la riqueza producida. Podría. Pero bajo la lógica actual se está usando para concentrar poder, disciplinar plantillas y convertir cada puesto de trabajo en una línea de coste prescindible. No es la tecnología la que amenaza con destruir la economía: es una economía organizada para que la tecnología destruya empleo antes que repartir beneficios.

La pregunta no es si la inteligencia artificial será muy productiva. La pregunta es quién cobrará esa productividad, quién pagará sus daños y quién quedará fuera cuando el mercado descubra que no se puede vender nada a una sociedad sin salario.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Contra información

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