Por: Mario Rivera Guzmán. 8/11/2026.
Dos creencias alimentan el primitivismo: el derrumbe económico del capitalismo siempre está aquí y la democracia no es más que una farsa. Con semejante equipaje intelectual, sus devotos pueden dormir tranquilos: no necesitan estudiar la historia, basta con anunciar su final; tampoco necesitan comprender la democracia, basta con denunciar su engaño. De ahí saltan a una tercera estupidez: entre la esclavitud y el trabajo asalariado no hay diferencia, salvo la forma. ¡Como si la forma fuera un disfraz! La forma es el modo de ser de la cosa, su existencia histórica concreta. Estos primates no han entendido ni a Hegel ni la primera lección de Marx: la historia no cambia de vestuario, transforma las condiciones mismas de existencia de los hombres.
El esclavo y el trabajador asalariado no son el mismo individuo con distinta indumentaria. Entre ambos se ha producido una transformación de las relaciones de producción, de la propiedad, de la libertad y de la individualidad. El trabajador libre, propietario de su fuerza de trabajo, es una criatura histórica del capital. También lo es el individuo democrático: no una ficción que se coloca encima de la explotación, sino una forma real de existencia política de los individuos producidos por la sociedad burguesa. La democracia no suprime la explotación, pero tampoco es una farsa sin historia ni contenido. Su universalidad formal es una conquista histórica contradictoria, que el capital realiza y al mismo tiempo somete a sus propias relaciones de dominación.
El derrumbe siempre presente y la democracia siempre farsante son las dos muletas de un pensamiento que no puede caminar por la historia. Si el capitalismo ya está derrumbándose desde siempre, no hay que investigar sus transformaciones; si la democracia es siempre una farsa, tampoco hay que averiguar qué individuos, qué fuerzas productivas y qué relaciones sociales se constituyen en ella. Así, la crítica se convierte en una letanía y el radicalismo en una coartada para la pereza intelectual. Confunden la continuidad de la explotación con la identidad de sus formas, y llaman revolucionaria a su incapacidad para reconocer la historia. ¡Mucho cretinismo!
