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Carlo Rovelli y la mejor alucinación del mundo

por RedaccionA abril 17, 2023
abril 17, 2023
2,K

Por: Ezequiel Alemian. 17/04/2023

En Helgoland, el ensayista italiano Carlo Rovelli propone una seductora meditación sobre la física cuántica y las vidas científicas.

Como “una larga meditación sobre la mecánica cuántica” define el físico teórico y escritor italiano Carlo Rovelli a su último libro: Helgoland. La mecánica cuántica, dice Rovelli, está en el centro de la oscuridad de la ciencia; más que explicar cómo entenderla, arriesga, lo que tal vez él esté haciendo en el libro sea explicar por qué es tan difícil de entender. “Exige que renunciemos a todo lo que parecía sólido e inatacable en nuestra comprensión del mundo. Exige lanzar la mirada hacia un abismo, sin miedo a hundirse en lo insondable”, señala.

Seguramente como recurso académico, a medida que avanza Helgoland va diciendo lo que está queriendo explicar, en qué punto de esa explicación se encuentra, y hacia dónde se dirigirá luego. Sin embargo, contra toda idea de sistematización dura, hay una palabra que Rovelli utiliza varias veces: “divagar”. De hecho, casi todo lo que el libro va a decir, como expectativa de sentido, ya se dice en el prólogo. Helgoland es un libro en el que Rovelli vuelve casi rítmicamente sobre lo planteado, abordándolo desde distintos lugares.

En este punto, lo científico se vuelve, si se quiere, poético, y el objeto en cuestión (las partículas elementales) se transforma en una construcción imaginaria que el autor va desplegando con una enorme capacidad de seducción. Como ya lo había demostrado en el breve Siete breves lecciones de física, es la composición del libro lo que hace de Rovelli un ensayista de primera magnitud.

“A Ted Newman, que me hizo comprender que yo no comprendía la mecánica cuántica”, dice la dedicatoria. Y es que Helgoland más que contarnos algo, o al mismo tiempo que nos está contando algo, se pregunta por el significado de eso que nos está contando. El tema del libro es ese no saber bien lo que se está contando, que es el no saber bien cómo funciona el mundo a partir de la teoría cuántica.

La visión clásica del mundo es una alucinación que ya no se confirma. “Es como si no existiese…. la realidad”, apunta. Rovelli despliega una teoría científica como si fuese un objeto imaginario que no sólo impugna “la gramática conceptual de nuestro modo de pensar el mundo” sino que tampoco se propone otra. “El mundo fragmentado e insustancial de la teoría cuántica es, por el momento, la alucinación en mejor armonía con el mundo”.

La mecánica cuántica significa la extinción de cualquier tipo de resabio metafísico en la naturaleza de las cosas, lo que a su vez significa la extinción misma de una naturaleza de las cosas. No existen sustancias con atributos. Todo lo que puede decirse sobre el mundo ingresa en el campo de las invenciones lingüísticas limitado por dos descubrimientos: 1) no existen propiedades fuera de las interacciones, y 2) las propiedades de un objeto que son reales en relación con un segundo objeto no lo son necesariamente con respecto a un tercero.

“Helgoland con su único árbol”, escribe Joyce en el Ulysses, al que Umberto Eco describió como primer libro cuántico. Helgoland es una isla desolada del Mar del Norte, sin polen, a la que en 1925 viajó para aliviar su alergia el físico alemán Werner Heisenberg, de 23 años. Obsesionado con el comportamiento de los electrones, que saltan de órbita en torno al núcleo del átomo sin que ninguna fuerza parezca guiarlos, ahí Heisenberg llega a la conclusión de que la teoría solo describe observaciones y las leyes de la naturaleza no son deterministas.

Un grupo de científicos muy jóvenes y muy audaces desarrolló y expandió estos postulados. Por sus diversos aportes fueron reconocidos con el premio Nobel. Al que Einstein había recibido en 1921 se sumaron los de Niels Bohr (1922), Louis de Broglie (1929), el mismo Heisenberg (1932), Erwin Schrödringer y Paul Dirac (1933), Wolfgang Pauli (1945) y Max Born (1954).

En abril de 1947 los ingleses hicieron explotar en Helgoland mil setecientas toneladas de material bélico abandonado por los alemanes, la mayor detonación en la historia con explosivos convencionales. La isla fue destruida, dice Rovelli, “como si la humanidad hubiese querido borrar con ella el desgarrón abierto en ese lugar por el joven Heisenberg”.

Helgoland, Carlo Rovelli. Trad. Pilar González. Anagrama, 216 págs. $4.150

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL ULSANDO AQUÍ

Fotografía: Clarín

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