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¿Cuánta tierra necesita un hombre? La mente capitalista

por RedaccionA febrero 7, 2022
febrero 7, 2022
1,3K

Por: LEONARDO BOFF. 07/02/2022

Sentado en círculo con los rústicos peones de su hacienda Yásnaya Poliana, Leo Tolstói (1828-1910) el gran escritor ruso, les contó la siguiente historia que me permito resumir para ejemplificar cómo funciona la cabeza de un capitalista.

Había un campesino pobre, pero muy deseoso de poseer cada vez más tierra para cultivar y hacerse rico. Pensó: “Voy a hacer un pacto con el diablo. Este me va a dar suerte”, dijo a su mujer, que torció el gesto y le advirtió: “Marido mío, cuidado con el diablo, nunca sale nada bueno de un pacto con él; ese deseo tuyo de hacerte rico puede echarte a perder”.

Pero, ante la insistencia de su marido, resolvió acompañarlo. Así que partieron, llevando unas pocas pertenencias.

Supieron que lejos de allí había un grupo de gitanos que vendían tierras baratas. Y se encaminaron hacia aquel lugar. Cuando llegaron, allí estaba de pie el diablo, bien trajeado, dándose aires de rico comerciante de tierras. El campesino y su mujer saludaron educadamente a los gitanos. Cuando iban a expresar su deseo de adquirir tierras, el diablo sin ceremonias se anticipó y dijo:

“Buen señor, veo que viene de lejos y tiene un gran deseo de hacer fortuna. Tengo una excelente propuesta para usted, mejor que la de los gitanos. Le propongo lo siguiente: usted pone una cantidad razonable de dinero en una bolsa aquí a mi lado. Todo lo que usted recorra a lo largo de un día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre que esté de vuelta antes de ponerse el sol, esa tierra recorrida será suya. En caso contrario, perderá las tierras y el dinero de la bolsa”.

Los ojos del campesino, ávido de riqueza, brillaron de emoción y dijo:

“Me parece una propuesta excelente. Tengo piernas fuertes. Acepto. Mañana bien temprano, al amanecer, me pondré a correr y todo el territorio que mis piernas consigan alcanzar será mío”.

El diablo, siempre malicioso, sonrió contento.

Y así fue. Bien temprano, apenas el sol despuntó en el horizonte, el campesino, lleno de codicia, echó a correr. Corría y corría mucho. Saltó cercas, atravesó riachuelos y, no contento, ni siquiera se paró a descansar. Veía delante de sí una encantadora planicie verde y pensó: “aquí voy a plantar trigo en abundancia”. Mirando a la izquierda, se abría un valle muy plano y pensó: “aquí puedo hacer una plantación de lino para dar y vender”.

Subió, con dificultad, una pequeña colina y vio que allá abajo había un campo de tierra virgen. Y pensó: “quiero también aquella tierra. Ahí voy a criar ganado y ovejas y voy a llenar las alforjas de las burras con mucho dinero”.

Y así recorrió muchos kilómetros, nunca satisfecho con lo que había conquistado, pues los lugares que veía le atraían y alimentaban aún más su deseo incontrolado de poseerlos también.

De repente miró al cielo y se dio cuenta de que el sol se estaba ocultando detrás de una montaña. Se dijo a sí mismo:

“No hay tiempo que perder. Tengo que volver corriendo, si no, pierdo todos los terrenos recorridos y, encima, el dinero. “Un día de dolor, una vida de amor”, pensó, como decía su abuelo.

Se puso a correr con una velocidad desmedida para sus cansadas piernas, pero tenía que correr sin reparar en los límites de sus tensos músculos. Miraba siempre la posición de sol, cerca ya del horizonte, enorme y rojo como la sangre. Pero aún no se había ocultado totalmente.    Cansadísimo, corría sin parar y ya ni sentía las piernas. Con tristeza pensó: “tal vez abarqué demasiadas tierras y puedo perder todo. Pero sigamos adelante”.

Viendo, a lo lejos al diablo, solemnemente de pie y a su lado la saca de dinero, recobró un poco el ánimo, seguro de que llegaría antes de ponerse el sol. Reunió todas las energías que tenía e hizo un último esfuerzo. Saltó una cerca, atravesó un riachuelo y corría, casi volando. No muy lejos de la llegada, se tiró hacia delante perdiendo casi el equilibrio. Recuperado, dio todavía unos pasos largos.

Y entonces, extenuado y ya sin fuerzas, se desplomó en el suelo. Sangraba por la boca y todo su cuerpo estaba cubierto de arañazos y de sudor. Y murió.

El diablo, malvadamente, solo sonrió y tomó la bolsa de dinero. Indiferente al destino del muerto, aun se dio el trabajo de hacer una fosa del tamaño del campesino y lo metió dentro. Eran solo siete palmos de tierra, la parte menor que le tocaba de todos los terrenos recorridos. No necesitaba más que eso. Su mujer, petrificada, presenciaba todo hecha un mar de lágrimas».

Este cuento nos recuerda al poeta pernambucano João Cabral de Melo Neto (1920-1999) que nos dejó la conmovedora obra Muerte y Vida Severina (1995). En el funeral del labrador dice:

“Esta cueva en que estás, con palmos medida, es la cuenta menor que sacaste en vida; es la parte que te cabe de este latifundio”.

La mujer del campesino tenía razón al advertir : “Cuidado con el diablo, pues te impulsa a tener más dinero cada vez y luego acaba contigo y toma todo tu dinero”. Es la lógica del capital. En él vivimos y sufrimos. Avanzando sobre los bosques y las selvas él nos trajo la Covid-19.

¿Cómo nos libraremos de él?

*Leonardo Boff es escritor y ha escrito: Habitar la Tierra:¿cuál es el camino para la fraternidad universal? Vozes 2021.

Traducción de Mª José Gavito Milano

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: El pais.cr

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