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Una economía al servicio de la vida y sujeta a los límites físicos de la tierra.

por La Redacción enero 7, 2017
enero 7, 2017
1,1K

Por: Yayo Herrero. Rebelión. 07/01/2017

Se suele definir la economía como el proceso que permite obtener los bienes y servicios necesarios para reproducir la sociedad. Las idea de la satisfacción de las necesidades nos conduce a dos relaciones de dependencia que son insoslayables en nuestra especie.

La primera de ellas es la dependencia de la naturaleza. Somos naturaleza y pensar la vida al margen de la biosfera es simplemente un construcción cultural errónea e ilusa. Pero, además, somos interdependientes. Existimos gracias a las relaciones que establecemos con otros seres humanos que a lo largo de toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, cuidan y atienden las necesidades de los cuerpos vulnerables y finitos que constituyen el territorio del ser.

La vida humana individual, por tanto, no es una certeza, es una posibilidad. Y esa posibilidad se materializa a través del metabolismo social, un proceso compuesto por una larga cadena de mediaciones sociales, culturales y tecnológicas que establecen unas reglas de reparto y acceso dentro de un orden social y simbólicamente dado. Este proceso metabólico permite que los bienes fondo que aportan los ciclos de la naturaleza y los flujos de materiales y energía se transformen en bienes y servicios capaces de satisfacer las necesidades de las personas, surgidas y expresadas dentro de ese marco social. Este proceso, permiten también el mantenimiento y cuidado de los seres humanos y sus cuerpos. Nadie que se sitúe fuera de esas redes y mediaciones sociales puede llegar a constituirse en ser humano, ni experimentar y satisfacer las necesidades humanas.

La economía hegemónica, sin embargo, solo reconoce como proceso económico una pequeña parte del metabolismo social. Al reducir el concepto de valor al de precio, se ha olvidado de la dimensión regenerativa, cíclica y limitada de la producción orgánica y ha confundido la producción con la mera extracción y transformación de recursos que son finitos como si fuesen inagotables.

En la ciencia economía convencional, el concepto de producción ya no está ligado a la satisfacción de las necesidades humanas, sino que se orienta al crecimiento de los excedentes sociales medidos exclusivamente a través del dinero. El valor de un bien o de un servicio está ligado a su capacidad de generar beneficios, al margen de si este bien “producido” satisface necesidades, y si lo hace para la mayor parte de las personas.

La economías de los países más ricos, ajenas a los límites de la naturaleza, apoyadas en una tecnociencia cada vez menos consciente de los riesgos y dependientes de una cantidad ingente de energía y minerales, han podido construir metabolismos económicos que digieren muchos más recursos de los que les posibilitan sus propios territorios. Son economías caníbales que consiguen crecer a costa de la destrucción de los ecosistemas y el mal vivir de las personas de otros territorios.

Pero el modelo económico dominante, además de esconder la dependencia de la naturaleza, invisibiliza una buena parte de los trabajos necesarios para sostener el metabolismo social. El trabajo, desde esa lógica, es sólo lo que se hace en la esfera mercantil a cambio de un salario. La producción de bienes y servicios que permiten regenerar cotidianamente la vida en los hogares es explotada pero no nombrada, ni valorada, ni asumida por el conjunto de la sociedad. Se establece una escisión entre lo que se denomina producción (lo que hace crecer la economía) y la reproducción (lo que sostiene cotidianamente la vida). El metabolismo social se fragmenta y se pierde la percepción de que, en realidad, todo (producción y reproducción) es lo que permite reproducir la sociedad.

La reducción de la capacidad del trabajo humano al empleo, desencadena una cesión simbólica: la capacidad de trabajo humano pasa a segundo plano y se considera que quienes generan la riqueza (bienes y servicios que satisfacen necesidades) no son quienes trabajan, sino quien tiene la capacidad de emplear. Se tira por tierra una de las mayores aportaciones a la dignidad humana que hizo el movimiento obrero.

Esta forma de concebir la economía ha conducido generar una crisis ecológica de una magnitud descomunal y a jibarizar el trabajo -entendido como la capacidad y potencia del ser- transformándolo en una actividad alienada, generadora de precariedad y de ausencia de derechos.

Es en este marco de crisis ecológica y de explotación y expulsión de personas, en el que la economía social y solidaria se configura como un paradigma económico alternativo, capaz de generar otras lógicas sociales, culturales y simbólicas. Esta mirada económica permite resituar la producción como una categoría ligada al mantenimiento de la vida y al bienestar de las personas. Para ello, debe distinguir entre las producciones que son socialmente necesarias y las que son socialmente indeseables, por más duro que resulte denunciarlo y asumirlo en un momento en el que el desempleo está desbocado.

La economía social y solidaria reconoce que los trabajos socialmente necesarios no son sólo los que tienen reflejo en los indicadores monetarios. Trata de retejer la tela que une la producción de bienes y servicios en el ámbito de las empresas, con la producción de bienes y servicios que se realiza en otros ámbitos de la vida. Este reconocimiento no significa que no sea muchas veces muy difícil mantener la coherencia, sobre todo teniendo en cuenta que la actividad económica se realiza en un entorno hostil en el que las lógicas hegemónicas son capitalistas, patriarcales y biocidas.

El paradigma económico que defienden las empresas, entidades y cooperativas de la economía social y solidaria, es consciente de la necesidad de repensar y transformar el orden simbólico y cultural que sostiene el actual proceso de metabolismo social. Sabe que el decrecimiento de la esfera material de este metabolismo no es una opción, sino un dato de partida, y que por ello, es preciso dar respuesta a algunas preguntas básicas: ¿Qué necesidades hay que satisfacer para todas las personas? ¿Cuáles son las producciones necesarias para que se puedan satisfacer esas necesidades? ¿Cuáles son los trabajos socialmente necesarios para lograr esas producciones? ¿Cómo se pueden repartir de forma igualitaria los excedentes sociales y los trabajos socialmente necesarios?

La economía social y solidaria es uno de los caminos que, junto con lo que se hacen desde otros ámbitos de lucha y disputa puede redignificar el trabajo, democratizar la economía, avanzar hacia la soberanía de los medios de producción y, en suma, ayudar a transitar a otra organización social que ponga la vida en el centro.

Yayo Herrero, Ecologistas en acción.

Fuente:https://www.oxfam.org/es/accion-humanitaria/crisis-en-siria

Fotografía:WordPress.com

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La Redacción

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