Por: José Yorg. 05/09/2026
“El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto”. Bertolt Brecht
“El castigo por negarse a participar en política es acabar siendo gobernados por hombres inferiors”. Platón
Frente al avance del capital concentrado y el ahogo de la economía popular, la pasividad dirigencial de las cooperativas dinamita los principios fundacionales del movimiento. El silencio no es neutralidad política; es claudicación de construcción de poder político, única forma de transformar.
El cooperativismo no nació para ser el gestor amable de las migajas del mercado, ni una rueda de auxilio despolitizada destinada a amortiguar las crisis del capitalismo. Nació como una trinchera de dignidad organizada, una alternativa civilizatoria basada en la solidaridad, la autogestión y la propiedad social.
Por eso, ante la actual ofensiva contra las mayorías populares, el desmantelamiento de los lazos solidarios y el ahogo sistemático de la economía social, la parálisis de los niveles superiores de representación no constituye solamente un error táctico.
Yo reprocho abiertamente la somnolencia política de las cúpulas del cooperativismo.
Asistimos a un tiempo en el que el individualismo más descarnado intenta colonizar el sentido común y debilitar el tejido comunitario. Las cooperativas de trabajo, las empresas recuperadas por sus trabajadores y los pequeños productores de la agricultura familiar resisten, muchas veces en condiciones extremadamente adversas, frente a los monopolios, los tarifazos y la exclusión financiera.
Sin embargo, mientras la base social pone el cuerpo para sostener la soberanía laboral y alimentaria, las cúpulas de nuestras federaciones y confederaciones parecen haber trocado la mística de la resistencia por la comodidad de los despachos.
Convenciones de lujo y representación distante
La realización de grandes conferencias y asambleas internacionales del cooperativismo debería constituir una oportunidad para fortalecer la voz de los pueblos, de las cooperativas de base y de los sectores que diariamente enfrentan las consecuencias de un orden económico crecientemente concentrado.
Pero corresponde formular una pregunta incómoda: ¿A quiénes representan efectivamente estos grandes encuentros internacionales cuando una enorme cantidad de cooperativistas de base carece de recursos para participar de ellos?
Cuando las distancias económicas, los costos de traslado, alojamiento e inscripción convierten la participación en un privilegio, existe el riesgo de que la representación cooperativa internacional termine alejándose de aquellos a quienes dice representar.
La cuestión no es oponerse al encuentro, al diálogo internacional ni a la integración entre organizaciones cooperativas. Todo lo contrario. Lo que debe cuestionarse es una forma de integración que puede terminar reproduciendo, dentro del propio movimiento cooperativo, las desigualdades que el cooperativismo nació precisamente para combatir.
No necesitamos un cooperativismo internacional reducido a ceremonias, declaraciones diplomáticas y fotografías institucionales.
Necesitamos una internacional cooperativa viva, conectada con los territorios; capaz de escuchar a las cooperativas pequeñas y medianas, a los trabajadores asociados, a la agricultura familiar, a las empresas recuperadas y a las comunidades que resisten cotidianamente la concentración económica.
El cooperativismo no puede limitarse a administrar instituciones. Debe volver a producir conciencia, organización y… ¡Poder político!
Las cúpulas tienen responsabilidades que no pueden eludir. En tiempos de ofensiva contra la economía popular, el silencio institucional no constituye prudencia. La inmovilidad no constituye equilibrio. Y la comodidad burocrática no constituye conducción.
El cooperativismo necesita despertar.
Necesita recuperar su memoria histórica, su capacidad de organización y su vocación transformadora, necesita definir su rumbo político y aniquilar la “neutralidad política”
Porque si las organizaciones cooperativas de base continúan luchando solas mientras sus estructuras superiores permanecen somnolientas, estaremos ante una contradicción que amenaza el propio sentido histórico del movimiento.
Por eso hablo en primera persona: Yo reprocho la somnolencia política de las cúpulas del cooperativismo.
No por animosidad personal ni por afán de confrontación. Lo hago porque creo que callar frente a la pasividad también sería una forma de claudicar políticamente ante una Argentina en que el gobierno de Milei demuestra con ferocidad su odio a las cooperativas persiguiéndolas.
Desde hace demasiado tiempo proclamé que la llamada “neutralidad política”, lejos de ser una cualidad o valor en realidad una miopía engañosa de generación tras generación, por eso, a viva voz pronuncié el verbo volver a la política.
Y porque todavía estoy convencido de que el cooperativismo puede y debe volver a ser aquello que históricamente prometió: una fuerza organizada de transformación social, económica y humana.
¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!
Fotografía: José Yorg
