Por: Carla Flores Lot. 04/07/2026
A pesar de ser promovido como una alternativa “limpia” o “de transición”, el gas fósil utilizado para generar energía eléctrica reproduce los impactos sanitarios y ambientales propios de otros combustibles fósiles. Se revisaron 43 publicaciones —incluyendo artículos científicos, tesis y reportes— con el objetivo de identificar los efectos en la salud humana vinculados a plantaseléctricas que operan con gas. Los hallazgos revelan una contaminación múltiple que abarca aire, agua, suelo y organismos vivos, con emisión de óxidos de nitrógeno (nox), partículas finas (pm2.5), compuestos orgánicos volátiles (covs), metales pesados, dioxinas, radionúclidos, nanopartículas, bacterias como Legionella sp. y metano, muchos de ellos poco monitoreados y altamente peligrosos.
Se identificaron aseveraciones contundentes respecto al riesgo de las emisiones de metano, como que debe de mantener las fugas del mismo por debajo del 3.2% del volumen total de emisiones o su impacto es mayor que el de cualquier combustible sólido, ya que este gas tiene un potencial de calentamiento global significativamente mayor que el co2
Los efectos en salud son diversos, acumulativos y sinérgicos, incluyendo enfermedades respiratorias y cardiovasculares, partos prematuros, trastornos neurológicos, afectaciones endócrinas, deterioro cognitivo, daño reproductivo, cáncer y pérdida auditiva. Se documenta también una mayor letalidad por COVID-19 en regiones con alta exposición previa, así como impactos significativos en la salud mental, usualmente omitidos en evaluaciones de riesgo. La exposición afecta no solo a quienes habitan en las inmediaciones, sino también a poblaciones situadas a decenas de kilómetros, lo que pone en evidencia la insuficiencia de los actuales umbrales legales y perímetros sanitarios.
Adicionalmente, se identificaron condiciones de riesgo en los entornos laborales, especialmente para trabajadores expuestos crónicamente a ruido, calor, contaminantes atmosféricos y radiación electromagnética. Lejos de representar un modelo energético superado, las tecnologías supuestamente “innovadoras” perpetúan la dependencia del gas fósil y sus impactos, encubiertos bajo discursos de eficiencia y sostenibilidad. Finalmente, se demuestra que estas instalaciones tienden a concentrarse en comunidades históricamente vulneradas, con acceso limitado a servicios de salud, escasa capacidad de defensa institucional y exposición reiterada al riesgo, lo que configura zonas de sacrificio energético y refuerza patrones de racismo ambiental.
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Fotografía: Carto critica
