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No fue un milagro… es la Colombia bonita

por RedaccionA junio 22, 2023
junio 22, 2023
1,1K

Por: Federico García Naranjo. 22/06/2023

La cooperación entre guardias indígenas y militares no solo permitió encontrar a los niños perdidos: es una lección de unidad en la diversidad

«No fue un milagro en Colombia, sino una expresión / una práctica viva de Cooperación Genuina, sin duda alguna».  (Comentario de AbacoEnRed)

“Ellos son los héroes. Honor a quien honor merece”, fueron las palabras que utilizó el general Pedro Sánchez para reconocer la valentía de los miembros de la Guardia Indígena que, junto con el ejército, encontraron vivos a los cuatro niños perdidos en la selva del Guaviare.

Este episodio digno de una película de Hollywood –que no se nos haga raro verla en poco tiempo–, más allá de ser en sí misma una historia de supervivencia y aventura, ha servido para que como país nos demos cuenta de la fuerza que podemos tener si como decía Camilo Torres, insistimos en lo que nos une y aplazamos lo que nos separa.

Porque a diferencia de lo que titularon los grandes medios –e incluso el sistema de medios públicos– aquello no fue un milagro. Sí fue, por el contrario, una confluencia de factores que son difíciles de interpretar desde Bogotá pero que revelan el verdadero carácter de lo que somos: una sociedad diversa, mestiza y con la capacidad de ser una potencia de la vida. 

La avioneta

Lo que primero nos revela este episodio es la brutal violencia que padecen las comunidades que habitan en la Colombia real. Los niños y su madre, quien falleció en el accidente, habían abordado la avioneta para reunirse con el padre, quien había tenido que huir de su región, el Araracuara, por amenazas. A su vez, el padre arrastra un penoso historial de violencia intrafamiliar, lo que llevó a que luego del accidente los niños tendieran a esconderse en la selva por iniciativa de la hermana mayor, Lesly, quien había adquirido experiencia huyendo de los maltratos. Ello al parecer hizo más larga la búsqueda.

Por otro lado, el accidente no fue una casualidad pues la avioneta había tenido ya un percance previo y en vez de salir de operación, fue reparada para ser puesta de nuevo en servicio. Expertos afirmaron que la avioneta no estaba en condiciones de volar por lo que su operación era irregular. A lo anterior se suma que el piloto al parecer no tenía la suficiente experiencia de vuelo. En resumen, una conjunción de causas –violencia, marginación y negligencia institucional– provocaron que los niños terminaran accidentados y perdidos en la mitad de la selva. 

Los niños

Las habilidades aprendidas por los niños, de etnia Muina Murui, sin duda les permitieron sobrevivir en la selva durante los 40 días que estuvieron perdidos. Su abuela narró cómo Lesly, de 13 años, estaba en capacidad de recoger agua para beber, identificar las plantas venenosas, los frutos y las pepas de monte que pueden comerse y el tipo de hojas que se usan para repeler los insectos o las culebras. Los conocimientos aprendidos por los niños sin duda fueron una herramienta indispensable para sobrevivir.

Todo ello es una lección para quienes habitamos las ciudades y nos preocupamos por criar a nuestros hijos en entornos completamente seguros, lo que es comprensible, pero sin exponerlos a los retos de la vida real. Algo que sin duda parte de la mejor buena voluntad de los padres, termina impidiéndoles a los hijos aprender a reponerse ante las dificultades y resolver los problemas.

La de Lesly, Solecni, Tien Noriel y Cristín no solo es una lección de supervivencia sino de adaptación al entorno y superación de los obstáculos de la vida, en otras palabras, de berraquera y coraje. Algo que, por supuesto, no se enseña en las redes sociales.

La operación “Esperanza”

Una vez se supo que los niños habían sobrevivido al accidente, el presidente Petro dio la orden al ejército de comenzar su búsqueda. Se destacaron más de 200 hombres que, con apoyo de la más sofisticada tecnología, se repartieron en grupos y recorrieron infructuosamente la zona aledaña al accidente.

Una semana después de explorar el área sin resultados, el presidente aceptó la solicitud de la Guardia Indígena de incorporarse a la búsqueda y se conformó así un equipo de militares, sabedores y autoridades indígenas y perros rastreadores.

Así, los miembros del equipo de la operación “Esperanza” pusieron cada uno su experiencia y conocimiento al servicio de la causa de encontrar a los niños. Los militares aportaron su experiencia en terreno y la tecnología y logística necesarias para sostener la operación. Los perros aportaron su instinto animal y su entrenamiento para rastrear objetivos, lo que permitió que uno de ellos, el ya célebre Wilson, se separara del grupo de militares, encontrase a los niños y permaneciese con ellos durante varios días. Seguramente el acompañamiento de Wilson fue fundamental para la supervivencia de los niños.

Finalmente, las autoridades indígenas aportaron sus saberes ancestrales y su sensibilidad hacia la selva.

Según las declaraciones de los mayores Rubio y Eliécer, la primera tarea fue hacer “inteligencia espiritual” con una limpia en la zona del accidente. Una limpia es un proceso espiritual de armonización donde se le solicita permiso a la selva para entrar y se le pide que devuelva a los niños con vida.

Además, los mayores hicieron tomas de Yagé que les permitieron identificar con mayor precisión el área de búsqueda y finalmente, el mayor Eliécer narró cómo a punto de desfallecer, atrapó a un morrocoy y le exigió devolver a los niños a cambio de su vida. Según el mayor, ese fue el paso definitivo pues media hora después los niños fueron encontrados y, por supuesto, el morrocoy fue liberado.

La selva

Este episodio ha puesto en evidencia la manera soberbia e ignorante como desde los entornos pretendidamente “civilizados” percibimos al país popular, al país de los campesinos, negros e indígenas. La forma de describir la gesta de los niños como una victoria contra la selva revela que nuestra relación con la naturaleza todavía se establece en términos de dominación y posesión: la selva o nosotros, bien o mal, civilización o barbarie.

Por el contrario, las declaraciones de las autoridades indígenas que describieron el proceso de búsqueda y rescate como una comunión con la selva y no como una confrontación, revelan la forma armónica y respetuosa de convivir con la naturaleza que ha permitido a las comunidades indígenas no solo sobrevivir en la selva sino conservarla y protegerla. Y con ella, a toda la humanidad.

En ese sentido, las palabras del general Sánchez son elocuentes: “Cuando reconozcan la sabiduría plena que ellos tienen, encontrarán otras cosas. Yo aprendí a pedirle permiso a la madre selva para entrar, sin desconocer que soy católico”.

Encuentro y comunión

Tal vez lo más significativo de toda esta aventura es que hubo un proceso de encuentro y comunión donde todos quienes participaron aportaron desde sus saberes y a su vez se dieron la oportunidad de aprender y reconocerse en el otro.

Los indígenas, que por siglos han sido sometidos a persecución y estigmatización, esta vez compartieron su conocimiento tradicional con los militares y además son reconocidos hoy por la opinión pública como los verdaderos héroes de esta gesta. Y los militares, quienes por años se enfrentaron a las circunstancias del conflicto, ahora ponen su experiencia y sus destrezas al servicio de la vida.

“Al encontrarlos a ellos, nos encontramos a nosotros mismos”, dijo en medio de lágrimas Nicolás Ordóñez, el guardia indígena que halló a los niños. Su frase resume la lección que el país debe aprender de todo esto: si nos reunimos alrededor de lo que nos une y aprendemos unos de otros, podremos construir nuestro camino como sociedad y vivir en paz.

Finalmente, nos falta Wilson.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: cuaderno sandinista

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