Por: Abhimanyu Bandyopadhyay. 31/07/2025
Traducido (Español) por: Natalia Restivo
«No tengo miedo. Aunque pierda mi trabajo, seguiré hablando».
Tras el histórico levantamiento estudiantil de Bangladesh en julio de 2024, que llevó a la destitución de la entonces primera ministra Sheikh Hasina, la promesa de reformas democráticas y la justicia de género han comenzado a desmoronarse. En medio de una creciente violencia y el avance de políticas reaccionarias, las mujeres que estuvieron al frente de las protestas ahora enfrentan censura, amenazas y complicidad del Estado. En el centro de esta regresión está Nadira Yeasmin, académica feminista y defensora vocal del derecho de herencia igualitario, que se convirtió en un objetivo principal de las críticas islamistas.
Desde la formación del gobierno interino el 5 de agosto de 2024, el país es testigo de un preocupante aumento de actividades delictivas, alimentado por el deterioro del orden público. La violencia contra las mujeres aumentó de forma alarmante, crecieron los casos de agresiones sexuales, abusos cibernéticos y linchamientos. Muchas de las mujeres que lideraron las protestas contra Hasina ahora son sistemáticamente marginadas, se las trata como chivo expiatorio y las silencian. Para muchas, la esperanza colectiva de un futuro más justo y democrático que una vez llenó las calles se transformó en miedo.
Este cambio es más que visible en la reacción negativa a un reciente informe preliminar que publicó la Comisión de Reforma de Asuntos de la Mujer, que proponía reformas como la igualdad de derechos hereditarios para las mujeres, lo que encendió la furia de sectores islamistas conservadores en todo el país. Los grupos conservadores y los partidos políticos, incluidos Hefazat-e-Islam, Jamaat-e-Islami de Bangladesh, Khelafat Majlis, y varios ulemas influyentes (eruditos de la doctrina islámica), denunciaron el informe por violar presuntamente los principios de la sharía, que estipula que los hijos varones deben recibir el doble que las hijas. Las mayores objeciones se centraron en la propuesta de crear un «código familiar uniforme» que reemplace las leyes personales fundamentadas en la religión para el matrimonio y la familia, y en la recomendación de reconocer el trabajo sexual como un empleo legítimo. El 3 de mayo, miles marcharon por las calles de Daca para acusar a la comisión de ignorar las sensibilidades religiosas y culturales. Al día siguiente, se presentó un recurso judicial contra el informe.
Entre quienes están en el centro de esta tormenta está Nadira Yeasmin, defensora de los derechos de las mujeres y profesora adjunta en la Escuela de Gobierno Narsingdi, ubicado en el centro de Bangladesh. Yeasmin, editora de Hisya (que significa «compartir» en bengalí), revista feminista de base, ha sido muy abierta en favor del derecho igualitario a la propiedad para las mujeres bangladesíes. Su activismo constante y postura firme la convirtieron en objetivo de los sectores reaccionarios.
Desde fines de mayo, grupos como Hefazat-e-Islam y estudiantes de su propia universidad organizaron numerosas protestas para exigir la destitución. En lugar de protegerla, el Estado cedió: trasladaron a Yeasmin de forma repentina a Satkhira, distrito del suroeste conocido por su política ultraconservadora y sus lazos estrechos con Jamaat-e-Islami, el mayor partido islamista del país. La destituyeron de las funciones docentes y la designaron como funcionaria en servicio especial, es decir, una funcionaria sin funciones asignadas.
El traslado abrupto y el silencio del gobierno interino generaron una fuerte condena de académicos, la sociedad civil, grupos feministas y organizaciones de derechos humanos, que exigieron la revocación de la medida.
En una entrevista por correo electrónico con Abhimanyu Bandyopadhyay, Nadira Yeasmin analiza los esfuerzos coordinados para silenciar las voces de las mujeres en Bangladesh después del levantamiento, su lucha por la igualdad de derechos y lo que su caso revela sobre el estado actual de la frágil democracia del país.
Abhimanyu Bandyopadhyay (AB): Los sectores extremistas orquestaron una campaña de boicot en línea en tu contra desde 2024. ¿Qué crees que llevó a que las cosas escalaran tan drásticamente este año?
Nadira Yeasmin (NY): El punto de inflexión fue el informe de la Comisión de Reforma de Asuntos de la Mujer. Aunque mi organización, Nari Angan, no respalda todas las recomendaciones, lo aceptamos públicamente como un hito histórico y lo defendimos de manera activa. Nuestro activismo, en especial en las comunidades rurales y de clase trabajadora, consiste en educar a las mujeres sobre sus derechos fundamentales. Sin dudas, eso incomodó a los grupos conservadores. Pero lo que en realidad los provocó fue la crítica pública que hice al mitin de Hefazat-e-Islam en Daca, algo que no pasó desapercibido. En Bangladesh, cuando señalas el extremismo religioso, te etiquetan de antiislámica, y todo se desata a partir de ahí.
AB: ¿Qué formas tomaron las amenazas?
NY: En Narsingdi, los grupos religiosos reaccionarios dominan el discurso público. Operan bajo nombres como Tawhidi Janata y Hefazat-e-Islam y aparentan ser organizaciones no políticas. También lanzaron ataques coordinados en redes sociales, campañas de acoso cibernético, y me calificaron como «antiislámica» de forma muy calculada. Hostigaron a los colegas y los estudiantes que me apoyaron, mientras que mi arrendador y los comités de la mezquita local recibieron amenazas para que tomaran medidas en mi contra.
AB: Tu traslado repentino a Satkhira llamó bastante la atención. ¿Cuál es la situación actual?
NY: Como trabajadora del Estado, siempre entendí que los traslados son parte del empleo estatal. Pero lo que ocurrió en mi caso fue mucho más allá de un traslado rutinario. ¿Por qué Satkhira? De entre cientos de destinos posibles, eligieron el único distrito dominado por fuerzas ultraconservadoras. Sin duda, fue una solución alternativa y medida calculada para silenciarme. Pero el acoso no terminó ahí. Algunos estudiantes presentaron una petición para que me destituyeran otra vez. El 1 de junio me trasladaron a otra universidad en Tangail, pero cancelaron esa orden esa misma noche y quedé en estado de funcionaria en servicio especial en Daca. Por ahora, mi lugar de trabajo es incierto. Trabajo en línea, mientras espero definiciones.
AB: ¿Cómo evalúas el rol del gobierno interino?
NY: Muy decepcionante. Tras la caída del régimen de Hasina en agosto, muchos teníamos la esperanza de que Bangladesh se convirtiera por fin en un país más libre. Creímos que el espíritu del levantamiento de julio se transformaría en algo duradero. En cambio, ese espíritu se desvanece. No es para esto que luchamos. Queríamos un Bangladesh donde no se silenciaran voces como la mía. Pero el silencio de esta administración interina es ensordecedor.
AB: ¿Cómo describirías la situación actual de las mujeres en Bangladesh?
NY: Desalentadora. Durante el levantamiento, las mujeres rebeldes de Bangladesh lideraron las protestas con valentía, enfrentaron ataques brutales, linchamientos e incluso la muerte. Es muy vergonzoso ver cómo su presencia y sus voces han sido empujadas a las sombras. Desde agosto, vimos un aumento en la violencia de género: agresiones sexuales, linchamientos, y abuso digital. Para las mujeres de Bangladesh, nada cambió. El problema no es la religión en sí misma, sino cómo la usan como herramienta para negar a las mujeres la propiedad y el poder y perpetuar la dominación patriarcal. Detrás de todo hay una agresión masculina bastante arraigada, disfrazada de preocupación moral. Y por desgracia, el Estado normalizó esta violencia a través de su silencio.
AB: Los derechos de propiedad de las mujeres aún están entre los temas más polémicos en Bangladesh. ¿Qué tan lejos puede llegar tu campaña?
NY: Es un camino largo y doloroso, pero no podemos parar. Las mujeres musulmanas enfrentan restricciones legales y sociales muy severas en materia de herencia. Las mujeres hindúes y budistas están aún peor: prácticamente se las excluye. Hasta que no se garantice la igualdad en la propiedad familiar, creo que se justifica una forma de compensación.
No tengo miedo. Aunque pierda mi trabajo, seguiré hablando. Sé que hay personas que me apoyarán, por más oscuro que se vuelva todo.
AB: La propuesta de la comisión de reconocer el trabajo sexual como empleo generó controversia. ¿Qué opinas al respecto?
NY: Es un tema delicado. Las trabajadoras sexuales merecen dignidad, seguridad y protección social. Pero enmarcar el trabajo sexual solo como una categoría laboral es muy inquietante. La conversación habría sido más productiva si se hubiera centrado en la rehabilitación, la seguridad social y los derechos humanos más amplios de las trabajadoras sexuales, en lugar de tratarla como una cuestión de categorización laboral. La comisión podría haber sido más cuidadosa antes de publicar el informe. Algunos puntos parecen innecesarios y solo generaron una controversia evitable. Estas distracciones dificultan mucho nuestro trabajo de base. Aun así, en términos generales, este informe marca un comienzo esperanzador. Si se utiliza con sabiduría, puede impulsar un cambio transformador.
AB: ¿Ves un futuro esperanzador para las mujeres en Bangladesh?
NY: Sí, pero es una lucha larga y cuesta arriba. Los derechos de las mujeres están ligados a los derechos de los campesinos, los obreros y la clase trabajadora en general. Si ellos no ganan, nosotras tampoco.
La lucha está lejos de terminar. Pero la batalla que libran las mujeres bangladesíes, incluso bajo la sombra del creciente poder de Tawhidi Janata, es de una valentía extraordinaria. Y no vamos a abandonar el campo de batalla tan pronto.
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Fotografía: Global voices. Nadira Yeasmin con un cartel en defensa de los derechos de las mujeres. Detrás, personas levantan carteles con el mensaje «Estamos con Nadira Yeasmin». Diseño de portada por Abhimanyu Bandyopadhyay
