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Podemos prohibir las redes sociales, pero igual tenemos que reconstruir lo social

por RedaccionA julio 20, 2026
julio 20, 2026
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Por: Indra Warnes. 21/07/2026

Si las autoridades del Reino Unido se toman en serio reducir las horas de pantalla, deben reconstruir los espacios y servicios juveniles que han desmantelado

«Por Dios, qué terrible la adicción que tienen todos estos chicos», pienso mientras escroleo otro vídeo de un adolescente desolado ante la inminente prohibición de las redes sociales para menores de 16 años. «Es terriblemente preocupante la total dependencia que tienen con los móviles», reflexiono, mientras descarto la notificación de mis cuatro horas diarias de pantalla.

El gobierno de Gran Bretaña anunció que va a establecer la prohibición en las próximas semanas, y que la medida recibió un apoyo de 90% en una consulta a la población sobre cómo mejorar el relacionamiento de niñas, niños y adolescentes con sus teléfonos. Se recibieron más de 116.000 respuestas de ciudadanos, organizaciones activistas y grandes tecnológicas.

Los analistas están de mi lado, por supuesto. «Por eso precisamente se prohibió», escribe un adulto en un vídeo que otro adulto ha grabado y publicado en Internet, en el que se ve a su hijo de 11 años lloriqueando por la prohibición. «De hecho, cambié de opinión, está muy claro que esto es necesario», interviene un tercer adulto.

En total, 65.000 personas adultas dieron ‘Me gusta’ a esos dos comentarios y casi 100.000 personas dieron ‘Me gusta’ al vídeo. Todas están muy bien adaptadas. Ninguna mantiene una relación parasocial con el dispositivo que lleva en el bolsillo, que la sigue hasta la cama, al baño, a la cola de la farmacia, y que siempre está ahí, en el sofá, en el autobús, en la mesa del bar, esperando para llenar cualquier momento de aburrimiento, de silencio o de reflexión. 

Sí, es cierto que estos adultos están viendo este vídeo en TikTok, pero es diferente porque pueden borrar la aplicación en cualquier momento. Ahora mismo no quieren hacerlo, pero pueden. Quizá la semana que viene.

Las reacciones infantiles resultan impactantes e incómodas porque nos vemos reflejados en ellas. Esperamos estar menos llenos de angustia y ser más capaces de regular nuestras emociones, pero sus respuestas nos sirven de espejo a todos.

En otro vídeo de TikTok que veo – el grupo demográfico más numeroso y activo de esta aplicación en el Reino Unido es mi generación, los de entre 25 y 34 años –, la diputada liberal demócrata Jess Brown-Fuller graba a su hijo de seis años, afligido por la prohibición. «Es muy duro», dice el niño, cuyo rostro no hace falta ver para saber que está llorando. «Ver YouTube es mi forma de relajarme».

No creo que ningún padre o madre deba publicar en Internet el sufrimiento de su hijo o hija – y los niños de estos vídeos están visiblemente angustiados –, pero entiendo la intención que hay detrás. «Miren lo que hemos hecho», gritan estos vídeos. «Miren lo que tenemos que detener».

Pero la realidad es que muchos adultos están pidiendo a los niños que renuncien precisamente a eso de lo que ellos mismos dependen, luego de años de eliminar casi todas las alternativas.

El año pasado, el medio estadounidense The Atlantic encargó y publicó un estudio con más de 500 niños y niñas de 8 a 12 años, en el que más del 75% decían que preferían pasar el rato con sus amigos en persona, que en forma virtual. «Estar pegados a sus pantallas es su opción por defecto, pero no lo que desean», concluyeron los autores. 

Las chicas y chicos querían salir a jugar, pero no se les permitía; más de una cuarta parte dijeron que ni siquiera podían jugar en el jardín de su casa sin la presencia de una madre o padre. «Los niños siempre tienen más horas libres de las que los adultos pueden supervisar, una brecha que ahora llenan los dispositivos», dice el estudio. “Sal a jugar” se cambió, calladamente, por “conéctate a internet”.

Al mismo tiempo, los niños están más deprimidos. En 2012 – menos de una década después del lanzamiento de YouTube, Instagram, Twitter, Snapchat, Facebook y otras plataformas de redes sociales – empezaron a aumentar las tasas de problemas de salud mental en adolescentes del Reino Unido y de Estados Unidos, que venían siendo estables desde inicios de la década de 2000. 

Muchos expertos relacionan este fenómeno con el hecho de que los jóvenes pasan más tiempo con los dispositivos y menos con sus amigos y amigas.

La prohibición de las redes sociales es una escapatoria, una forma cobarde que tiene un gobierno acorralado de decir que está abordando un problema sin hacer realmente lo único que podría aportar una solución significativa: obligar a los ejecutivos de las grandes tecnológicas a convertir sus plataformas de redes sociales en lugares menos repugnantes, violentos y adictivos.

Pero si este es el camino que eligen las autoridades – y parece ser que así es –, no pueden limitarse a prohibir las redes sociales y esperar que la vida adolescente mejore por sí sola. Para que los adolescentes pasen menos tiempo en línea, necesitan otro lugar adonde ir.

El gasto de los ayuntamientos en servicios para jóvenes en Inglaterra cayó 76% desde 2010, cuando el gobierno conservador de David Cameron asumió el poder y comenzó a introducir medidas de austeridad.

En 2023, se habían cerrado unos 1.200 centros juveniles de gestión pública, según reveló un estudio de UNISON. Hoy en día, bajo el gobierno laborista de Keir Starmer, la situación sigue empeorando. En el ejercicio fiscal 2024/25, el número de centros juveniles gestionados por autoridades locales se redujo de 429 a 379, y se produjo la mayor caída anual en la financiación municipal destinada a servicios juveniles en una década, según un informe publicado por la YMCA en febrero.

El informe señala que estos recortes no se sienten por igual en todo el país. En West Midlands, la región con la tasa más alta de pobreza infantil de Gran Bretaña – que afecta a más de un tercio de los niños –, los ayuntamientos gastaron 25,74 libras (unos 34 dólares) en servicios juveniles por cada menor de 5 a 17 años en 2024/25. Mientras, los ayuntamientos del centro de Londres gastaron una media de 100,88 libras (133 dólares) por niño o niña.

A medida que se cerraban los centros juveniles, se diezmaban también otros espacios. Según los informes, entre 2010 y 2019 se cerraron casi 800 bibliotecas municipales; una investigación de la BBC publicada el año pasado reveló que seguimos perdiendo una media de 40 bibioltecas al año. Ni siquiera los parques son ya lugares seguros para los adolescentes. Una ley de 2014 sobre conducta antisocial y delincuencia otorga a los agentes policiales la facultad de dispersar de los espacios públicos a cualquier joven o grupo de jóvenes que, a su juicio, cause molestias.

Durante el fin de semana festivo de finales del mes pasado, los agentes de Nottinghamshire identificaron a 34 jóvenes por comportamiento antisocial en un parque local, 23 de los cuales fueron «dispersados» y devueltos a sus padres con cartas de advertencia en las que se les recordaba que sus hijos eran su responsabilidad.

«Son problema de ustedes», dicen las autoridades a los padres. «Manténganlos en casa». Pero, por favor, no los dejen usar el móvil.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Open democracy

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