Por: Kaos en la red. 29/12/2025
Hace un par de semanas tuve un debate con una persona cercana sobre la llamada “polarización política” y hace un par de días leí un artículo de Arantxa Tirado en La Marea que volvía sobre esta idea tan extendida: que el principal problema de nuestras democracias sería el exceso de confrontación, la incapacidad de llegar a consensos y el endurecimiento del lenguaje político. La coincidencia no fue casual. Ese mismo diagnóstico aparece una y otra vez en conversaciones cotidianas, editoriales de prensa y discursos institucionales.
La premisa es conocida y aparentemente sensata: la convivencia democrática exigiría moderación, acuerdos amplios y renuncia al conflicto. Sin embargo, como ha señalado de forma insistente la filósofa política Chantal Mouffe, esta idea no es ni neutral ni inocente. Muy al contrario, forma parte de una concepción profundamente antipolítica de la democracia: una que identifica el conflicto con una anomalía y el consenso con la normalidad deseable.
Para Mouffe, el gran problema de nuestras democracias no es el exceso de conflicto, sino su negación sistemática. En En torno a lo político y Por un populismo de izquierda, sostiene que el liberalismo contemporáneo ha tratado de expulsar el antagonismo del espacio público, sustituyéndolo por una gestión tecnocrática de lo social. Las grandes decisiones se presentan como cuestiones técnicas, inevitables, sin alternativa posible. La política deja de ser el terreno donde se confrontan proyectos de sociedad y se convierte en mera administración de lo existente.
El resultado no es una sociedad más armónica, sino una democracia vaciada de contenido, incapaz de canalizar demandas populares reales. Cuando las diferencias sustantivas desaparecen del debate público, no desaparecen los conflictos: se desplazan, se enquistan o reaparecen de formas más destructivas.
Desde esta perspectiva, el discurso contra la polarización cumple una función muy concreta: deslegitimar el conflicto político. Presentarlo como una desviación patológica —emocional, irresponsable o irracional— permite etiquetar cualquier confrontación ideológica fuerte como “extremismo”. Así se construye una falsa equivalencia moral entre proyectos radicalmente distintos, como si defender la ampliación de derechos sociales y promover su recorte fueran posiciones simétricas, igualmente “polarizantes”.
Mouffe introduce aquí una distinción clave entre antagonismo y agonismo. El antagonismo supone la negación del otro como adversario legítimo; el agonismo, en cambio, reconoce que existen conflictos irreconciliables, pero los encauza dentro de reglas democráticas compartidas. La democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en transformarlo: pasar del enemigo al adversario.
El problema del discurso antipolarización es que no promueve el agonismo. No busca un conflicto regulado y productivo, sino que aspira a abolir el conflicto mismo, expulsándolo del terreno de lo decible. Todo aquello que cuestione el consenso dominante queda fuera de lo razonable.
Un ejemplo claro de esto lo encontramos en la coyuntura actual cuando se debate sobre políticas de redistribución, vivienda o derechos laborales. Cuando se plantea limitar los beneficios de grandes propietarios, regular el precio del alquiler o reforzar la negociación colectiva, la respuesta inmediata suele ser la misma: se acusa a estas propuestas de “dividir a la sociedad”, de “generar polarización” o de “romper consensos básicos”. Pero ¿qué consenso es ese? ¿El consenso de un modelo económico que ha producido desigualdades crecientes y precariedad estructural?
Aquí es donde el artículo de La Marea acierta al señalar que no toda polarización es antidemocrática. Cuando existen proyectos incompatibles —igualdad frente a jerarquía, derechos frente a exclusión—, la polarización no es una amenaza externa, sino la expresión política de un conflicto real. Exigir consenso en esos casos no es un gesto de sensatez: es tomar partido por el orden existente, disfrazándolo de neutralidad.
Como recuerda Mouffe, toda democracia viva necesita conflicto. No cualquier conflicto, pero sí uno que permita articular demandas, construir identidades políticas y ofrecer alternativas reales. Una sociedad sin polarización no es una sociedad reconciliada: es una sociedad despolitizada.
Tal vez el problema no sea que estemos demasiado polarizados, sino que durante demasiado tiempo se nos ha pedido que no discutiéramos lo que realmente importa.
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Fotografía: Kaos en la red
