Por: Carmen Valeria Escobar. 20/07/2026
Los expertos creen que estamos haciendo las preguntas equivocadas sobre la seguridad infantil en internet. La inteligencia artificial, los algoritmos que fomentan adicción digital y nuevas formas de explotación están cambiando el panorama.
Una parte creciente del abuso sexual infantil ocurre sin que la víctima salga de casa. El llamado “material autogenerado”, como fotografías o videos íntimos obtenidos mediante manipulación, engaño o coerción, suele producirse en dormitorios o baños mientras los padres están en la habitación de al lado. Los agresores rara vez se presentan como adultos peligrosos. Muchas veces aparentan ser otros adolescentes, compañeros de escuela o personas con quienes el niño ya interactúa en línea.
Hace apenas unos años, los riesgos digitales giraban principalmente alrededor del grooming, el ciberacoso o el acceso a contenido violento. Hoy los investigadores hablan de amenazas mucho más complejas: sextorsión financiera, deepfakes sexuales, chatbots capaces de establecer relaciones emocionales con adolescentes y algoritmos que pueden conducir durante semanas a un menor hacia comunidades cada vez más extremas.
La inteligencia artificial ha acelerado esa transformación. En 2025, la Internet Watch Foundation identificó 3,443 videos de abuso sexual infantil generados con IA, más de 260 veces los registrados apenas un año antes. También detectó más de 8,000 imágenes y videos hiperrealistas de abuso creados artificialmente.
Pero, para quienes llevan décadas investigando la relación entre infancia e internet, el problema no es únicamente que hayan aparecido nuevos riesgos: es que seguimos intentando reaccionar acorde a un internet que ya no existe.
Un problema más complejo de lo que parece
Mientras gobiernos de distintos países impulsan prohibiciones de redes sociales, verificaciones obligatorias de edad y controles parentales cada vez más estrictos, varios de los principales investigadores sobre infancia digital coinciden en que la conversación pública podría estar concentrándose en la pregunta equivocada.
“No tenemos una visión positiva de la vida de los niños en un mundo digital”, dice Sonia Livingstone, directora del Digital Futures for Children Centre de la London School of Economics. “La respuesta de la sociedad ha sido controlar cada vez más a los niños, en lugar de preguntarse cómo diseñar un internet donde puedan desarrollarse”.
Ese debate cobra especial relevancia en América Latina. Según investigaciones de Grooming LATAM y UNICEF, el 28% de los niños de la región obtiene su primer teléfono inteligente antes de los nueve años, y seis de cada diez permanecen conectados al menos cuatro horas diarias. En México se estima que 1.6 millones de niños y adolescentes sufrieron algún tipo de explotación o abuso sexual digital durante el último año. En Colombia, seis de cada diez menores dicen haber hablado con desconocidos en internet. En Argentina, siete de cada diez han recibido propuestas de noviazgo de personas que conocieron en plataformas digitales. A pesar de ello, siete de cada diez niños latinoamericanos todavía no saben qué significa el grooming.
Sin embargo, hablar de “la infancia” como si todos los niños experimentaran internet de la misma manera también es un error.
Amanda Third, investigadora del Institute for Culture and Society de la Western Sydney University, insiste en que los riesgos digitales no se distribuyen de manera uniforme. Los niños que ya viven situaciones de vulnerabilidad fuera de internet suelen ser también quienes enfrentan mayores probabilidades de sufrir daños en el entorno digital.
La pobreza, la ausencia de adultos de confianza, problemas de salud mental, una discapacidad o pertenecer a comunidades históricamente discriminadas, como la población LGBTQ+, aumentan la exposición a determinadas formas de violencia digital. Paradójicamente, esos mismos niños suelen ser quienes más dependen de internet para encontrar apoyo, construir comunidad o acceder a información que no encuentran en su entorno inmediato.
Por eso, la profesora Third insiste en distinguir dos conceptos que con frecuencia se mezclan en el debate público: riesgo y daño.
Estar expuesto a un riesgo no significa necesariamente sufrir un daño. Dos adolescentes pueden recibir exactamente el mismo mensaje de un desconocido o encontrarse con el mismo contenido violento. Uno puede cerrar la aplicación y continuar con su vida. El otro puede quedar profundamente afectado. La diferencia no está únicamente en la pantalla. Está en todo lo que ocurre fuera de ella: las redes de apoyo, la salud mental, el contexto familiar, la alfabetización digital y la capacidad de pedir ayuda.
Más allá del tiempo en pantalla
“Todo el mundo está obsesionado con el tiempo de pantalla”, afirma Sameer Hinduja, codirector del Cyberbullying Research Center. “Pero los estudios más rigurosos muestran que su efecto sobre el bienestar es pequeño. Estamos aprobando prohibiciones sin evidencia de que realmente funcionen.”
Para Hinduja, el principal error es creer que la seguridad depende únicamente de bloquear aplicaciones o limitar dispositivos. “El mayor factor de protección no es un control parental perfecto”, explica, “es que un adolescente crea que puede acudir a ti con la peor cosa que le haya ocurrido sin miedo a ser culpado o castigado.”
Amanda Third añade que la conversación tampoco puede centrarse únicamente en reducir daños. Proteger a la infancia también significa garantizar que pueda acceder a los beneficios de internet como aprender, participar, encontrar comunidad y expresarse en plataformas que han sido diseñadas pensando en su bienestar y no solo en maximizar su permanencia.
Cuando los investigadores preguntan a los padres qué creen que hacen sus hijos en línea, las respuestas suelen girar alrededor de videojuegos, TikTok o entretenimiento. Pero cuando se les pregunta directamente a los adolescentes, hablan de otra cosa: conectar con amigos, escuchar música, hacer tareas, explorar sus gustos, encontrar comunidades donde se sienten comprendidos o un espacio de ayuda para problemas que no saben cómo abordar en casa.
No obstante, el mismo algoritmo que puede recomendar un tutorial para aprender algún instrumento también puede amplificar discursos de odio, alimentar trastornos alimenticios, acercar a un adolescente a un extorsionador o convertir una imagen falsa creada con inteligencia artificial en un mecanismo de violencia.
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Fotografía: Wired. Rodrigo Meade
