Por: Lior Sternfeld (+972 Magazine). 23/01/2026
La República Islámica siempre ha demostrado creatividad para sobrevivir. Pero esta vez se enfrenta a demandas que no pueden resolverse con concesiones materiales
El 28 de diciembre estallaron protestas contra el régimen en varias ciudades iraníes, que se extendieron por toda la República Islámica en cuestión de días hasta convertirse en la ola de disturbios más importante desde el levantamiento “Mujer, Vida, Libertad” de 2022. A diferencia de los ciclos de protestas anteriores, no ha predominado ningún asunto en particular. Los manifestantes han coreado consignas contra la escasez de agua, el colapso de la moneda, la corrupción del Gobierno y las aventuras militares regionales del régimen con igual furia.
La simultaneidad y la proliferación geográfica de las protestas, que han llegado a más de cien ciudades y pueblos, son especialmente reveladoras. No se trata de acciones coordinadas por una oposición organizada, sino más bien de la combustión espontánea de una sociedad que ha llegado a su punto de ruptura. Desde los empobrecidos suburbios de Teherán hasta los barrios de clase media de Shiraz, desde las ciudades kurdas del oeste hasta las zonas baluchis del sureste, los iraníes han salido a las calles para exigir responsabilidades a un régimen que ya no puede proporcionar ni siquiera servicios básicos como un suministro de agua fiable.
No es de extrañar que otra ola de protestas haya envuelto a Irán. Durante la última década, el deterioro de las condiciones económicas del país ha alimentado repetidamente el malestar social en todo el país. La hiperinflación, que actualmente se estima entre el 42 % y el 48 % anual, y el colapso efectivo de la moneda nacional han devastado el nivel de vida.
El valor del rial se ha desplomado de 40.000 hasta casi 1,5 millones de riales por dólar
El valor del rial se ha desplomado desde aproximadamente 40.000 por dólar a principios de 2018, antes de la aplicación de la campaña de sanciones de “máxima presión” de la Administración Trump, hasta un tipo de cambio real estimado en la actualidad de casi 1,5 millones de riales por dólar. Esta caída libre de la economía ha coincidido con la creciente visibilidad –y las consecuencias cada vez más ruinosas– de la corrupción estatal.
Sin embargo, lo que distingue a la actual ola de protestas no es solo lo que exigen los manifestantes, sino la menguante capacidad del régimen para calmarla. Una de las estrategias tradicionales de la República Islámica ha sido absorber los disturbios mediante una combinación de represión y concesiones: permitir que las protestas se calmen antes de reprimirlas violentamente, al tiempo que se ofrecen concesiones materiales.
Las protestas nacionales de 2017-18 y 2019, por ejemplo, provocadas por el empeoramiento de las condiciones económicas, fueron reprimidas brutalmente, pero también dieron lugar a modestas concesiones en forma de subsidios para combustible y alimentos, ajustes presupuestarios y modificaciones en las políticas económicas. Del mismo modo, tras el levantamiento de 2022, el Estado dejó de aplicar efectivamente la obligatoriedad del hiyab en un intento de frenar el impulso del movimiento.
Tras el levantamiento de 2022, el Estado dejó de aplicar la obligatoriedad del hiyab
Desde que se apaciguó el levantamiento de 2022, Irán se ha enfrentado a múltiples crisis políticas, económicas, sociales y geopolíticas. Entre ellas se encuentran la muerte repentina del presidente Ebrahim Raisi y otros altos funcionarios en un accidente de helicóptero; la elección de un presidente reformista por primera vez desde 2005; la reimposición de las sanciones de la ONU en septiembre de 2025; el colapso efectivo de toda la estructura de poder regional del régimen, desde Hezbolá en el Líbano hasta el régimen de Assad en Siria; y la primera confrontación militar directa de Irán con Israel en 2024.
Lo más trascendental fue que la guerra de 12 días de junio de 2025 destrozó uno de los pilares fundamentales de la imagen que el régimen tenía de sí mismo. A pesar de años de dura retórica, el conflicto demostró a muchos iraníes que el país efectivamente estaba indefenso frente a Israel, que los aviones israelíes podían bombardear Teherán y otras ciudades con impunidad y aterrorizar a la población, sin encontrar una resistencia significativa por parte del ejército iraní. Aunque la guerra fomentó temporalmente un sentido de solidaridad nacional entre el régimen y quienes de otro modo serían sus críticos, esta reconciliación no duró mucho.
En el momento de redactar este artículo, los enfrentamientos en Teherán se están intensificando y las manifestaciones continúan extendiéndose, con al menos 42 manifestantes muertos [el 12 de enero, la ONG Iran Human Rights elevó la cifra de muertos a 648] y más de 2000 detenidos [según la misma fuente, el número de detenidos sobrepasa los 10.000]. El régimen iraní se ha mantenido en el poder durante más de cuatro décadas ofreciendo concesiones tácticas cuando era necesario, pero no duda en desplegar una fuerza brutal. Esta ola de protestas desafía esa estrategia de supervivencia de una nueva manera. Si los levantamientos anteriores podían contenerse mediante concesiones específicas, ahora la demanda es la propia rendición de cuentas. Y cuando los fracasos acumulados han erosionado incluso la capacidad del Estado para suministrar agua, ninguna concesión táctica es suficiente.
El régimen iraní se ha mantenido durante más de cuatro décadas ofreciendo concesiones, pero no duda en desplegar una fuerza brutal
Llegando al punto de ruptura
A principios de diciembre de 2025, la crisis hídrica de Irán, prevista desde hacía tiempo, alcanzó proporciones catastróficas. El río Zayandehrud, en Isfahán, que en su día fue el sustento de la agricultura de la región, llevaba meses seco. En Juzestán, los residentes informaron de que solo recibían agua corriente dos días a la semana. En los barrios obreros del sur de Teherán, las familias se despertaban con los grifos completamente secos, lo que les obligaba a comprar agua embotellada a precios excesivos o a hacer cola durante horas en los camiones cisterna municipales.
El cambio climático ha desempeñado un papel importante en esta crisis: la deforestación y la desertificación se han acelerado drásticamente y, con inviernos cada vez más secos, la capa de nieve en las montañas de Zagros y Alborz, fuente de gran parte del agua dulce de Irán, ha disminuido rápidamente.
Sin embargo, la crisis del agua es también el resultado de decisiones políticas, la culminación de décadas de mala gestión. El régimen ha dado prioridad a proyectos agrícolas que consumen mucha agua y al desarrollo industrial en regiones con escasez de agua por clientelismo político, ha ignorado las advertencias de los científicos medioambientales y no ha invertido en la conservación ni en la reparación de las infraestructuras hidráulicas deterioradas, donde se estima que entre el 20 % y el 30 % del agua se pierde por fugas antes de llegar a los consumidores.
En particular, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica [rama de las fuerzas armadas iraníes creada por el ayatolá Jomeiní], que controla vastos intereses económicos, incluidos la construcción y la agricultura, ha estado implicado en proyectos ilegales de construcción de presas y desviación de agua que sirven a sus intereses comerciales y devastan las comunidades locales.
Para muchos iraníes, la escasez de agua se ha convertido en la prueba más tangible de que el sistema es incapaz de gobernar
Para muchos iraníes, la escasez de agua se ha convertido en la prueba más tangible de que el sistema no solo es corrupto y está desnortado, sino que es del todo incapaz de gobernar. Irán cuenta con importantes recursos hídricos, pero la mala gestión ha creado una escasez artificial. Esta toma de conciencia –de que su sufrimiento no es inevitable, sino el resultado directo de las decisiones políticas del régimen– ha movilizado a quienes antes aún esperaban una reforma gradual.
Una de las principales líneas divisorias del momento actual es la cuestión de las negociaciones nucleares con Occidente y la perspectiva de un alivio de las sanciones. El presidente Masoud Pezeshkian, que ha instado a la clase política a escuchar a los manifestantes y responder a sus demandas, fue elegido en parte para buscar esa apertura con las potencias occidentales. Sin embargo, tras cuatro décadas de sanciones, la economía iraní ha desarrollado mecanismos que le han permitido funcionar, dando lugar a nuevas élites adineradas y erosionando las clases medias tradicionales, élites que pueden resistirse a cualquier acuerdo precisamente porque altera un statu quo que las beneficia.
La creciente conciencia de muchos iraníes de que, debido a los partidarios de la línea dura en Teherán y a la imposibilidad de confiar en las intenciones de Donald Trump, no hay ningún acuerdo a la vista, puede explicar la sensación de desesperanza que ha alimentado esta ola de protestas.
Es en este contexto en el que debe interpretarse el recrudecimiento de las manifestaciones. Estas abarcan todos los grupos de edad, clases, etnias y sectores. Las quejas son múltiples: libertades civiles, política económica, devaluación de la moneda, escasez de agua, infraestructuras en ruinas y la pérdida de cualquier vía creíble para volver a la normalidad. Sin embargo, todas ellas apuntan a una única demanda subyacente: la rendición de cuentas.
Aquí radican el reto y la oportunidad a los que se enfrenta el movimiento opositor iraní. Las oleadas de protestas anteriores articulaban demandas más limitadas y tangibles –subsidios, salarios, ajustes políticos– a las que el régimen podía responder con concesiones limitadas. La rendición de cuentas, por el contrario, no es algo que se pueda negociar. ¿Qué concesión puede ofrecer un sistema cuando su propia legitimidad está en entredicho?
El factor externo
Israel y Estados Unidos ocupan un lugar destacado en los cálculos de los manifestantes iraníes, aunque no de la forma que muchos observadores occidentales suponen.
Aunque los funcionarios israelíes no han ocultado su deseo de un cambio de régimen en Irán, y a pesar de las recientes declaraciones belicosas de Benjamin Netanyahu, las pruebas concretas de un ataque militar inminente son limitadas. La guerra de 12 días de junio demostró la abrumadora superioridad militar de Israel, pero, contrariamente a lo que cabría esperar, el logro más importante de Netanyahu en ese conflicto puede residir en el hecho de que las capacidades nucleares de Irán no fueron destruidas. La continua existencia de una amenaza iraní inminente es clave para la propia supervivencia política del primer ministro.
Mientras tanto, en Washington, el presidente Trump ha amenazado públicamente con intervenir si las fuerzas de seguridad iraníes intensifican la represión y matan a manifestantes. El secuestro por parte de la Administración del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa sin duda da credibilidad a las amenazas de Trump, pero también ha activado profundas inquietudes iraníes sobre la intervención extranjera.
El presidente Trump ha amenazado públicamente con intervenir si las fuerzas de seguridad iraníes intensifican la represión y matan a manifestantes
Una acción militar israelí o estadounidense mientras los iraníes salen a las calles beneficiaría casi con toda seguridad al régimen, al permitirle presentar las quejas internas como una desestabilización respaldada por potencias extranjeras. La memoria política iraní es larga: el golpe de Estado de la CIA y el MI6 contra Mosaddeq en 1953, que los funcionarios británicos y estadounidenses justificaron como una forma de salvar a Irán del caos, dio paso a 25 años de dictadura. Los iraníes no pasan por alto el paralelismo con el debate abierto de Trump sobre el control de los recursos petroleros de Venezuela, ya que consideran que las promesas de “liberación” son una tapadera para la dominación imperial.
Por eso resuena con tanta fuerza el grito de “Muerte al tirano, ya sea rey o líder [supremo]”. Los iraníes rechazan la República Islámica, pero también las alternativas respaldadas por potencias extranjeras y promovidas por figuras del exilio como Reza Pahlavi, hijo del antiguo sha, que pide a los manifestantes que luchen hasta el final desde la comodidad de su casa cerca de Washington D. C. Aunque las consignas a favor de Pahlavi han aparecido con más frecuencia que en anteriores oleadas de protestas, en términos generales la mayoría de los iraníes parecen querer soberanía, democracia y responsabilidad, y no el retorno a la monarquía o la sumisión a los intereses estratégicos de potencias extranjeras.
Aún no se sabe si esta ola tendrá éxito donde otras han fracasado. El régimen conserva un poder coercitivo considerable, la oposición sigue fragmentada y la intervención extranjera amenaza con hacer descarrilar las aspiraciones democráticas en lugar de ayudarlas. Sin embargo, la convergencia del colapso económico, la catástrofe medioambiental, la humillación regional y la legitimidad agotada sugiere que Irán puede haber entrado en una nueva fase.
Esto no significa que la República Islámica esté al borde del colapso, ya que ha demostrado repetidamente su creatividad para encontrar formas de sobrevivir. La cuestión no es si se producirá un cambio, sino qué forma adoptará y qué coste tendrá para el pueblo iraní.
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Lior Sternfeld es profesor en la Universidad Estatal de Pensilvania, EEUU.
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Fotografía: CTXT. Protestas en Teherán a principios de enero de 2026. / Al Jazeera
