Por: Nerea Niubó Vidal y Miguel Ángel Roca Durán. 08/02/2026
El país luso, que celebra la segunda vuelta de elecciones presidenciales el 8 de febrero, ha cambiado radicalmente su política migratoria en el último año. La ultraderecha ha venido ganando terreno con un discurso que preocupa al millón y medio de extranjeros —principalmente de Brasil— que residen en el país.
Poco o nada se comentaba en los bares del centro de Lisboa sobre las elecciones presidenciales del pasado domingo. La agenda quedaba copada por el Vitória FC vs Porto. Mientras la democracia se jugaba su futuro, el ciudadano de a pie le daba la espalda. La excepción llegaba en una pequeña tasca de comida local. Nos saludaba una señora levantando alegremente su copa de Baileys: “¡A esquerda desapareceu!”.
La primera vuelta en Portugal ha dejado un panorama sombrío para el progresismo, alfombra roja para la radicalización, y una abstención del 48%. Así, entre polarización y desencanto, el país se encamina a un duelo final el 8 de febrero. Los finalistas: el centrista António José Seguro (31%) y el líder de la ultraderecha André Ventura (23%).
Luego de su ascenso con las parlamentarias de 2025, el partido Chega, la versión lusa de Vox, reconfirma su protagonismo en la política portuguesa. ¿La fórmula ganadora? El discurso anti inmigratorio, y su aplicación efectiva mediante leyes, como la promulgada pocos meses atrás, que anula el visado de búsqueda de empleo.

“Los migrantes consiguen más cosas que nosotros. Son el principal problema del país porque no son cualificados”, nos vocifera una militante del partido en la eléctrica celebración de los ‘ultras’ en el Hotel Marriot Lisboa. Y es que la retórica xenófoba transita hoy con plena libertad. En paralelo, las denuncias de discurso de odio en el país se han multiplicado por siete desde 2018, según reporta la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).
Hay casos que rayan lo distópico, como el de Joao Silva Oliveira, panadero luso que fue encarcelado por ofrecer 500 euros en su cuenta de X para “cada portugués que traiga la cabeza de un brasileño”. Bajo ese contexto, Marcelo Schlee, muralista brasileño residente en Portugal, nos relata: “Tengo miedo, este partido sabe cómo llegar al lado oscuro de la gente. Tengo amigos brasileños bolsonaristas que apoyan a Chega. Mientras, la izquierda ha perdido todo contacto con la nación”.
La izquierda en fuera de juego
Si el termómetro de la política es la calle, la izquierda portuguesa está bajo cero. El día de la elección, lo único que transitaba por la sede del Bloco de Esquerda era el abandono. Ninguna comparecencia por parte de su lideresa, Catarina Martins; ninguna explicación a su militancia. Finalizó la revolución.

Y es que sumados los votos de este partido, y los del Partido Comunista Portugués de António Filipe, no llegan ni al 4%. En 2025, sobrepasaban el 18%.
La desconexión es tal que Manuel Vieira, un candidato satírico que prometía Ferraris y grifos de vino para todos, ha cosechado resultados similares. Mientras el progresismo apela a la moralidad, el activismo pulsante parece haberse mudado de acera.

“La izquierda está muy apagada y no la siento transparente”, nos confiesa un joven desde una cafetería cercana al parlamento. No es una crítica, es una resignación. “En esta crisis, el político portugués lo único que debería hacer es dar ejemplo. Y los políticos de izquierda no lo están haciendo”, opina un operador de funiculares turísticos a escasas calles de la Praça do Comércio.
Vivienda y malestar social
Para entender por qué el discurso de Ventura ha escalado tanto, también hay que mirar los portales inmobiliarios. Portugal sufre una fractura social que se mide en metros cuadrados. Según datos del Consejo Europeo, en Lisboa se necesita el 116% del salario mínimo para costear un alquiler. Es una cifra insostenible que supera con creces al ya dramático 74% de Madrid o Barcelona.
Chega ha sabido capitalizar ese malestar, transformando la precariedad en rabia y convulsión antisistémica. Manuel Almeida, periodista de Agencia Lusa, nos explica: “Yo conozco hace muchos años a André Ventura y él lo que hace es venderle helado a los osos polares”. En otras palabras, se otorgan narrativas radicales a quienes estaban ya radicalizados internamente.
Mientras tanto, el centrismo ideológico de António Seguro-Partido Socialista- se presenta como muro de contención. En su sede, los dirigentes miran cautelosamente los resultados. No festejan. Saben que toca una campaña compleja. Aún así, el parlamentario Eurico Brilhante nos adelanta con seguridad: “La segunda vuelta es contra el odio y la división, pero les acreditamos poder consagrar a un presidente para todos los portugueses”.

Otra es la tónica con los socialdemócratas de Luis Marquês Mendes -el primero en las encuestas, el quinto en las urnas, con un 11,30%-, quienes todavía no asimilan el fracaso. Reunidos en el Hotel Sana, apenas podían esgrimir palabras de consuelo. No responden a nuestras preguntas. Está claro: la aspiradora de Ventura absorbió a todos los votantes conservadores de Marquês Mendes.
El 8 de febrero no solo se elige un presidente. Se decide si el modelo de “excepción portuguesa” -la contención efectiva de la ultraderecha, que diferenciaba al país del resto de Europa- muere definitivamente. La izquierda tiene dos semanas para bajar de los círculos intelectuales a la arena de los problemas materiales.
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Fotografía: Connectas
