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LA AVENTURA DE LA HUMANIDAD ANTE LA RAZÓN Y LA EMOCIÓN.

por La Redacción agosto 31, 2020
agosto 31, 2020
1,2K

Por: Samuel Gallastegui. ethic. 31/08/2020

Necesitamos recuperar el espíritu de la aventura, ese deseo ardiente que nos lanza al mundo como Don Quijotes en pos de un ideal, que transforma los fríos productos de la razón, como la justicia o los derechos humanos, en un anhelo que nos impulsa más allá de lo posible.

Cuando era niño hacía preguntas ingenuas. Un día le pregunté a mi padre qué nos pasaba a los seres humanos: no entendía cómo era posible que, estando la humanidad tan avanzada, teniendo tantos conocimientos y tecnologías, fuéramos capaces de producir tantos actos estúpidos contra nosotros mismos. Las imágenes del telediario eran desoladoras en aquella época, cuando acabábamos de salir de la guerra del Golfo y ya estallaba otra en Sarajevo, mientras que en Somalia millones de personas pasaban hambre hasta desfallecer.

No se me olvidará nunca su respuesta. Me dijo que el problema del ser humano nunca ha sido la razón. Podemos elaborar toda clase de máquinas, sistemas y discursos. Podemos construir edificios cada vez más altos, vehículos más rápidos. En frío, es cuestión de tiempo que podamos resolver cualquier problema racional. El gran problema de los seres humanos –añadió– son las emociones, que nos invaden como torbellinos, que nos nublan y tiran de nosotros como caballos desbocados. Pero no es solo eso, sino que, además, la razón solo se pone en funcionamiento cuando hay una emoción que se lo pide. Y me dio un ejemplo: imagina que ves un fruto apetitoso en un árbol muy alto, sientes el impulso de conseguirlo y entonces comienzas a analizar y ordenar las opciones para llegar a él. La emoción es realmente lo que te ha movido a pensar. Somos mentes de deseo.

El panorama que acababa de describir me pareció desesperanzador. ¿Estamos, entonces, condenados a vivir sometidos por emociones como el orgullo, el egoísmo y la soberbia? ¿Vamos a seguir repitiendo irremediablemente actos estúpidos como las guerras, las crisis, las hambrunas y los abusos, para arrepentirnos inmediatamente después? Si lo podemos casi todo, si la igualdad de oportunidades y derechos es una cuestión tecnológica, ¿acaso no seremos capaces de usar todo ese potencial, ese talento acumulado a hombros de gigantes para conseguirlo en vez de para satisfacer nuestros diferentes proyectos particulares?

Las evidencias parecen mostrar que no. Desde mi perspectiva de europeo del sur, observo que la política se ha reducido a mera confrontación. Se invierte mucha más energía y talento en mentir, manipular y desacreditar al otro que en acordar un futuro común. La comunicación política se ha infantilizado, más centrada en los bulos, el barullo y el espectáculo que en el debate efectivo y los acuerdos honestos. Sin embargo, no habría nada más importante que la comunicación política para una sociedad, pues es lo que construye las estructuras racionales que la ordenan. Un mal debate produce malos acuerdos, y estos a su vez un mal orden, es decir, injusticias y desequilibrios.

Ante esta imagen, hay quien aboga por recuperar una actitud ilustrada para conseguir eso que Kant llamaba superar «la minoría de edad» de los seres humanos, dejando atrás las mentiras pueriles, la vuelta a los mitos, los líderes mediocres, los populismos o el oscurantismo de la sobreinformación. Cuando leo estos argumentos, me convencen y entusiasman, hasta que me acuerdo, como un jarro de agua fría, de aquella temprana enseñanza: ese nunca ha sido nuestro problema. Y menos en estos tiempos que cualquier persona con un poco de cultura es capaz de resolver de forma autónoma problemas que hace doscientos años solo estaban al alcance de una minoría intelectual. No es el uso de la razón el que está sin adiestrar, débil e imponente, sino nuestra capacidad de desear. No es que no sepamos pensar por nosotros mismos, sino que emociones débiles, infantiles y dependientes solo pueden conducirnos a pensamientos débiles, infantiles y dependientes.

Más que el espíritu de la Ilustración, lo que tenemos que recuperar es esa capacidad de creer en un ideal y perseguirlo. Necesitamos algo que nos haga crecer, que nos emancipe de los miedos, prejuicios y apetencias. Lo que en verdad necesitamos recuperar es el espíritu de la aventura, ese deseo ardiente que nos lanza al mundo como Don Quijotes en pos de un ideal, que transforma los fríos productos de la razón, como la justicia o los derechos humanos, en un anhelo que nos impulsa más allá de lo posible.

Quizá sigo siendo tan ingenuo como hace treinta años –o tan irracional como el caballero manchego–, pero no puedo evitar que me conmueva un mundo en el que las guerras, el hambre y tantas otras injusticias pertenezcan al pasado. Si los seres humanos somos mentes de deseo, tal como me dijo mi padre, creemos entonces bellos deseos que muevan nuestras mentes, que conviertan estos retos de la humanidad en una gran andanza. Las emociones de Don Quijote eran mucho más fuertes que su razón. Nosotros dominamos los mecanismos de esta, pero nos falta esa voluntad inquebrantable de los ideales, para que nos impulsen al mundo como ciudadanos andantes en esta gran aventura que es la humanidad.


(*) Samuel Gallastegui es doctor en Arte y Tecnología por la Universidad de País Vasco.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: ethic.

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