Por: José Yorg. 05/10/2026
“Si asumes que no existe esperanza, garantizas que no la habrá. Si asumes que existe un instinto hacia la libertad, existen oportunidades de cambiar las cosas”. Noam Chomsky, lingüista y filósofo.
En medio del ajuste y el desgaste de las estructuras, la frase guaranítica “A medida que ivaí, iporãta hína” adquiere,. según mi criterio, un nuevo y peligroso significado. ¿Es el preámbulo de una necesaria refundación estructural o la coartada perfecta para no rebelarnos ante la decadencia?
Hace unos días, conversando con una inteligencia artificial sobre cómo traducir el pulso de la realidad argentina al guaraní, surgió una frase del idioma guaraní que quedó resonando: “A medida que ivaí, iporãta hína” (A medida que empeora, va a estar mejor). De ese cruce entre tecnología, bilingüismo y coyuntura nació este análisis.
En tiempos de crisis profunda, esta máxima de la sabiduría popular del noreste y de la región guaranítica se repite como un mantra de aguante. Sin embargo, detrás de su aparente optimismo se escinden dos lógicas paralelas que tensionan la forma en que enfrentamos el colapso. Dos caminos que dejamos a libre albedrío del lector para que decida dónde se sitúa.
Primera cuerda: La física del colapso estructural.
Por un lado, la ciencia de sistemas nos enseña que las estructuras complejas —sean políticas, económicas o sociales— no se reforman desde adentro cuando están corrompidas; se agotan por sí mismas. La entropía es inevitable. Desde esta perspectiva puramente analítica, el deterioro (ivaí) no es un castigo, sino una fase necesaria.
El sistema debe tocar fondo y colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones para que, sobre sus cenizas, surja un orden nuevo y superador (iporãta).
La historia económica argentina parece validar esta premisa de manera cíclica. Desde el «Rodrigazo» en 1975, pasando por la hiperinflación de 1989, hasta el estallido de la Convertibilidad en 2001, el país ha demostrado que sus modelos económicos no se corrigen con sintonía fina; se agotan hasta el colapso. Es lo que la economía define como fases extremas de un péndulo estructural, donde la destrucción de un orden macroeconómico es la condición obligatoria para el nacimiento del siguiente.
¿Es nuestra paciencia un frío entendimiento de estas leyes de la historia y de la ciencia? ¿Estamos simplemente esperando que el ciclo inevitable del desgaste termine de cumplir su rol?
Segunda cuerda: El refugio de la inacción
Por el otro lado, la cuerda paralela nos lleva a un terreno mucho más incómodo y punzante: el de la psicología colectiva y la fe. Bajo esta luz, el “iporãta hína” puede no ser resiliencia, sino una esperanza religiosa que esconde comodidad y, en el fondo, cobardía.
Delegar el futuro al devenir del tiempo o a una justicia divina funciona como un potente anestésico. Es más fácil —y menos peligroso— convencerse de que «todo pasa por algo» que asumir la responsabilidad histórica de actuar. La paciencia, entonces, deja de ser una virtud y se convierte en la coartada perfecta para eludir la confrontación.
El veredicto del albedrío
Las dos cuerdas vibran al mismo tiempo en el tejido social. Ante el deterioro cotidiano, queda en cada uno revisar el origen de su propia calma:
¿Abrazamos el “ivaí” porque entendemos científicamente que el sistema debe agotarse para mutar, o lo aceptamos en silencio porque la esperanza pasiva nos resulta más cómoda que la rebelión? ¿Es lucidez estructural o es, simplemente, el miedo disfrazado de fe?
La respuesta queda flotando en el aire. Cada lector sabrá desde qué cuerda sostiene su propia realidad.
¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!
Fotografía: José Yorg
