Por: Richard Seymour. 22/08/2026
En Future of Denial: Ideologies of Climate Change, el psicoanalista y teólogo Tad DeLay formula una pregunta simple: “¿Qué desea el liberal?” Los liberales afirman que les preocupa mucho el cambio climático, por ejemplo. Sin embargo, una y otra vez rechazan “cualquier mitigación mínima” del tipo que plantea la izquierda socialdemócrata, si detectan “igualitarismo implícito”. De este modo, idean sofisticadas justificaciones morales: nunca podríamos apoyar a un engañoso antisemita como Jeremy Corbyn o a un misógino vociferante como Bernie Sanders, etc.
Un ejemplo más lúgubre, señalado por Slavoj Žižek en su recopilación de ensayos, Liberal Fascisms (Bloomsbury, 2026), es la complicidad liberal con el genocidio en Gaza. La “posición predominante” de los gobiernos europeos, escribe Žižek, es “incluso peor que la de Israel”. Mientras suministran armas para el genocidio y lo blindan ferozmente frente a cualquier cuestionamiento diplomático, cuando hace falta se les rompe el corazón ante el sufrimiento palestino. Tales gestos de preocupación rituales son la expresión de la negación liberal. Son el fetiche que le permite a uno seguir adelante: sé muy bien que están masacrando al pueblo palestino, y todo eso es muy triste, pero a pesar de todo sigo haciendo lo que hay que hacer.
Sin embargo, no les basta con retorcerse las manos ni con ofuscar y desviar demandas razonables. Una vez más, se tornan moralmente ampulosos: cuanto mayor es su complicidad, tanto más grandilocuentes se vuelven. La protesta pasa a ser terrorismo, la discrepancia, antisemitismo, y muy pronto, como ocurre en el absurdo discurso sobre la seguridad de los políticos en el Reino Unido, los diputados temen por sus vidas.
La mera alusión al genocidio, lo que Ala Stanford, candidata Demócrata a un escaño en el parlamento de Pensilvania, denomina piadosamente “la palabra G”, es una amenaza para la seguridad de la comunidad, para el orden político y en última instancia para todos los judíos. En el Reino Unido, esto ha culminado con detenciones masivas de enjutas ancianas acusadas de terrorismo por apoyar al grupo de acción directa Palestine Action. En vez de afrontar la verdad estructural de su situación, representan lo que han rechazado. Esta representación es la prueba de la inconsistencia del rechazo, del retorno de los reprimidos: no podemos encarcelar el subconsciente, pero sí encerrar abuelitas.
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¿Qué nos dice esa agresividad autoritaria de los fascismos rampantes de la época? El término “fascismos liberales” resulta paradójico, y Žižek apenas ofrece mayor explicación. Pero es una provocación útil. Está claro que durante ya más de una década ha habido una simbiosis entre el liberalismo centrista y la extrema derecha en ascenso. Ha sido algo mutuamente beneficioso: la amenaza del fascismo hace que el electorado se alinee con los liberales austeritarios, mientras que la miseria social resultante y la anomia generan el caldo de cultivo para el ascenso del fascismo. Ambos lo prefieren si la izquierda no sale en la foto. En el contexto de Gaza, por supuesto, esa simbiosis se ha convertido en una coalición mundial encabezada por Washington. Žižek tiene razón cuando dice, improvisando sobre Max Horkheimer, que “quien no está dispuesto a hablar (críticamente) del liberalismo también debería callar sobre el fascismo”.
Sin embargo, esto es más profundo y hay que historiarlo. Veamos algunos aspectos de la extrema derecha actual. Como señala el historiador Richard Saull, está profundamente imbuida de los planteamientos del neoliberalismo. Si bien rechazan su formato institucional, desde la Unión Europea hasta el TLCAN, la extrema derecha actual acepta y radicaliza la desconfianza neoliberal hacia la democracia, su desdén socialdarwinista del bienestar y su tendencia a culturizar cuestiones sociales.
En India, Hungría y Francia, partidos de extrema derecha han experimentado e implementado formas de ordoliberalismo, la variante alemana del neoliberalismo que preconiza un Estado fuerte para mantener la competitividad de los mercados y blindarlos frente a presiones democráticas. En EE UU, como demuestra Quinn Slobodian en Hayek’s Bastards: the Neoliberal Roots of the Populist Right, la extrema derecha trumpista es producto de un nuevo fusionismo que hibrida la economía política libertaria con un racismo de coeficiente de inteligencia y ciencia racial: una alianza ejemplificada por la escabechina montada por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) en la administración pública y la conversión de Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en una fuerza paramilitar nacional dedicada a la limpieza étnica.
Esto viene acompañado de la celebración del capitalismo muscular: un capitalismo liberado, no atemperado por lo que Michael Mann califica de política “transclasista”, sino libre de ataduras woke debilitantes y con licencia para perforar, contaminar, explotar y oprimir. El emblema de la extrema derecha actual no es el Estado corporativo, sino Javier Milei blandiendo su motosierra a modo de prótesis fálica. Esto es coherente con la trayectoria del neoliberalismo del siglo XX, que surgió en respuesta a la democracia de masas y sus imposiciones al capitalismo.
Friedrich Hayek, el paladín austriaco del neoliberalismo y autor de Camino de servidumbre, sostuvo que el Estado de bienestar y la socialdemocracia, al quebrar el “orden espontáneo” del mercado con intentos soberbios de planificación, llevarían a una hipertrofia totalitaria progresiva del Estado. William Scheuerman y Renato Cristi han apuntado desde diferentes perspectivas que esta crítica se inspira fuertemente en la crítica del pluralismo de partidos de Carl Schmitt y por tanto tenía un vínculo constitutivo con las ideologías derechistas antidemocráticas de la época.
Jessica Whyte documenta, en The Morals of the Market: Human Rights and the Rise of Neoliberalism, cómo los fundadores neoliberales acomodaron esta ideología de mercado austera y cosificada en un compromiso profesado con la civilización occidental, El cristianismo, y la familia, apoyando en el mejor de los casos mecanismos democráticos de manera provisional. Hayek fue totalmente coherente cuando apoyó la dictadura de Augusto Pinochet, pues, como declaró a un periódico chileno en 1981, prefería“un dictador liberal a un gobierno democrático carente de liberalismo”.
Entonces la reacción contemporánea ensalza una vigorosa política viril del “individuo soberano” frente al castrante “guerrero de la justicia social” y al Estado biopolítico asexuado. Como ocurrió con los giros en materia de medidas de seguridad durante la covid-19, cuando el mito del individuo soberano se volvió brevemente contracultural, la nueva extrema derecha es furiosamente antiestatalista en materia de bienestar o de intervenciones sanitarias.
En efecto, va mucho más lejos: toda pretensión de la sociedad sobre el individuo es anatema. Las mascarillas son bozales, el distanciamiento social es comunismo, la vacunación es totalitaria. Wendy Brown tiene razón al tachar esto de “sociofobia”, pero ¿en qué sentido? En psicoanálisis, una fobia desplaza y oculta la ansiedad real. En este caso, la ansiedad viene provocada evidentemente por el fracaso constitutivo del individuo soberano, la plena dependencia del individuo con respecto a otros y la susceptibilidad a las fuerzas impersonales del mercado o epidemiológicas.
De hecho, el individuo nunca ha sido más débil. Como subraya Philip Mirowski, el neoliberalismo no cree realmente en el individuo: todos somos conglomerados de varios capitales (cognitivo, social, erótico, etc.), que pueden entrar en juego para recuperar un flujo de ingresos. La unidad de análisis fundamental del neoliberalismo no es el individuo, sino la empresa. El “máximo de libertad de que puede gozar un individuo en el marco de la división social del trabajo”, dijo Ludwig von Mises, es el estrecho margen de elección en la ocupación laboral, bajo una constante presión disciplinaria de las fluctuaciones de precios que “recompensa la obediencia”. El orden social resultante ha tendido, en efecto, a reducir al individuo a un nodo disciplinado dentro de una red infinita de causas.
La sociofobia no es la política de individuos fuertes, sino la de quienes desean disfrutar de los beneficios de la sociedad sin pagar su precio y, sobre todo, sin tener que experimentarse a sí mismos como seres sociales. Esto no es del todo nuevo. La obra pionera de Ishay Landa, Fascism and the Masses: The Revolt against the Last Humans, demuestra una preocupación persistente entre líderes e intelectuales fascistas europeos por defender lo que Mussolini celebraba como “el individuo” y la “personalidad” frente a las masas socializadas, una pasión que compartían con los liberales. “Somos antimarxistas”, dijo el falangista español José Antonio Primo de Rivera, “porque nos aterroriza… ser un animal inferior en un hormiguero”.
Significativamente, la articulación de la reacción contemporánea comienza a menudo con la congregación en torno a una defensa aparente de valores liberales frente a una especie de amenaza subalterna. La reacción se insinúa en las contradicciones del liberalismo y trabaja sobre ellas, movilizando su contenido jerárquico excluyente contra su forma universalista e igualitaria. Así se blande una “Ilustración” cosificada frente a los musulmanes, la “ciencia” frente a las personas trans, la “libertad de expresión” frente a la ataduras tributarias de la civilidad.
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Ahí está el famoso guerrero de la libertad de expresión, oprimido por una cultura woke censuradora, incapaz de decir lo que piensa realmente y que finalmente aúlla con encantado alivio cuando un agitador de derechas dice lo indecible. Trump califica a las personas inmigrantes somalíes de “basura”. Rodrigo Duterte urge a los soldados filipinos a disparar a las mujeres entre las piernas, y Jair Bolsonaro afirma que llevar mascarilla durante una pandemia es “cosa de maricas”.
De golpe y porrazo se abandona la ardua labor de mantener la distancia entre lo que es ideológicamente permisible y lo que se disfruta en el plano de la fantasía ‒violencia e humillación‒. Esto se racionaliza como un golpe contra el superego liberal y lo que Žižek denomina su “amargo espíritu de censura”. No obstante, más pronto que tarde los absolutistas de la libertad de expresión se muestran serenamente indiferentes o incluso entusiastas, como cuando detienen a activistas propalestinos o los retienen ilegalmente para deportarlos.
¿Significa esto que lo que les preocupa nunca ha sido realmente la libertad de expresión? Hasta cierto punto. Sin embargo, el liberal puede sentir que su postura es coherente precisamente a causa de lo que Domenico Losurdo ha denominado “cláusulas de exclusión macroscópicas” del liberalismo, puestas de manifiesto históricamente en la apología de la esclavitud de John Locke y la defensa de la tiranía colonial de John Stuart Mill, que justamente sirven para diferenciar a los libres de los no libres, a los amos de los sirvientes.
Tales exclusiones han definido y delimitado históricamente lo que C. B. Macpherson llamó “individualismo posesivo” en el núcleo de la ideología liberal. En un orden social en que la libertad debe alcanzarse a través del mercado ‒entendido como única organización social que no requiere un Estado policial‒, el sujeto liberal se constituye como dueño de sus capacidades. Puesto que esto se predica en una relación de intercambio entre propietarios, las exclusiones históricas de las mujeres, de los pueblos colonizados y de quienes carecen de propiedades no fueron accidentales, sino constitutivas. En cierto modo, los fascismos incipientes de hoy reclaman el restablecimiento de las exclusiones y de las compensaciones de la dominación. Nunca se supuso que la libertad de expresión fuera para ellos.
Conviene añadir que el liberalismo, en su fase contrainsurgente, está muy dispuesto a suministrar a los fascistas las armas que más tarde se usarán contra los propios liberales. Después de todo, fueron intelectuales liberales como Sam Harris y Christopher Hitchens quienes normalizaron el pánico musulmán y las obsesiones demográficas asociadas que han resultado tan fecundas para la extrema derecha; puesto que el islam es contrario a los valores liberales, la tasa de natalidad comparativamente alta de la población musulmana suponía un peligro insidioso para Europa. Esta es actualmente la sustancia de la estrategia de seguridad nacional de la administración de Trump en lo tocante a Europa.
Fue una feminista liberal como Joan Smith quien validó la afirmación de que el islam es una amenaza para las mujeres occidentales, un argumento retomado posteriormente de buena gana por el fascista británico Tommy Robinson y grupos neonazis franceses como Collectif Némésis. De una manera similar, la transfobia violenta de la reacción contemporánea ‒en la que las mujeres trans, al representar una masculinidad desviada, perturban una diferencia sexual aparentemente obvia, basada en los cromosomas, haciendo que toda la cuestión del verdadero lugar de la mujer en el mundo resulte incierto y políticamente cuestionado‒ comenzó a modo de esfuerzo feminista liberal y radical por fundamentar los derechos precarios de las mujeres en una biología censurada. ¿Cómo pudo suceder?
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Si el punto de entrada de la reacción contemporánea es la explotación de las antinomias del liberalismo, ¿cuáles son las condiciones históricas en las que el propio liberalismo se vuelve reaccionario y aporta una arquitectura político-libidinosa inacabada para el fascismo?
¿Por qué tenía que suceder, por ejemplo, el hecho de que fueran Estados liberales, bastante antes del ascenso del nacionalismo autoritario en Occidente, los que protagonizaran un impulso paranoide a liquidar la diferencia a través de la conversión o la conquista en las consolidaciones marciales y raciales de la guerra contra el terrorismo? Véase, por ejemplo, el reciente registro del liberalismo autoritario francés: la iniciativa de Emmanuel Macron de “reforma del islam”, el despliegue por su administración del siniestro tópico conspiranoico del “islamoizquierdismo” y su aprobación de leyes racistas al amparo de la forma agresiva francesa del secularismo, la llamada laïcité. Esto no es más que una realización más completa y un desarrollo de la exaltación post-2001 de la agresión republicana contra la población musulmana, restricciones a su forma de vestir, y el propósito, como declaró en 2005 Nicolas Sarkozy, entonces ministro de Interior de Francia, de limpiar las banlieues con mangueras de agua a presión.
O pensemos en los planes distópicos de Shabana Mahmood, la secretaria de Interior británica, para la gente refugiada y migrante al amparo del llamado modelo danés ‒la política migratoria del Estado escandinavo‒, que incluía el maligno plan de expropiar los bienes de las personas refugiadas, incluidas las joyas, y venderlos. Esto también se basa en el registro del asimilacionismo varonil, la vigilancia sobre las comunidades musulmanas, la detención de personas refugiadas y la complicidad en la extradición extraordinaria y la tortura establecida bajo el Nuevo Laborismo de Tony Blair y Gordon Brown. Nada de esto, en otras palabras, ha sido una adaptación oportunista al crecimiento de la extrema derecha, sino que refleja tendencias reales dentro del liberalismo oficial. Lo mismo cabe decir, a riesgo de afirmar lo obvio, de todo bandazo derechista por parte de los Demócratas: es una característica, no una equivocación.
Lo que es todavía más asombroso es que mientras los liberales han estado abandonando ruidosamente o matizando principios clave del liberalismo durante décadas, han sido sus viejos enemigos de la izquierda los que han asumido cansinamente su defensa. En esa época de liberalismo muscular que prefigura tanto del presente, la defensa de valores liberales como el pluralismo y los derechos civiles, quedó a cargo de la izquierda radical y revolucionaria.
Intelectuales liberales como Hitchens, André Glucksmann, Paul Berman y Pascal Bruckner pasaron a fomentar la guerra cultural basada en el chovinismo occidental, el acoso a la gente musulmana y el absolutismo moral. En realidad fueron quienes defendían el socialismo revolucionario, supuestamente un proyecto autoritario encaminado a liquidar al adversario en nombre de la liberación universal, los más expuestos a la agresividad de esta política violentamente excluyente con su odiosa justificación de la pulverización militar en el extranjero y el terror policial en casa.
Los liberales defendían la superioridad occidental insistiendo en un posmodernismo extraoficial y un “relativismo cultural” debilitante. Y a menudo fueron trotskistas organizados, en general ellos mismos, los postmófobos más obtusos, quienes se expresaron más combativamente a favor del respeto agonista y la humildad reflexiva, insistiendo en que “Occidente” no tenía derechos de propiedad sobre cualquier “valor” y exigiendo que las minorías étnicas no fueran humilladas o forzadas a arrodillarse ante los ídolos del liberalismo.
A primera vista, todo esto resulta bastante extraño. El liberalismo no se volvió reaccionario durante una profunda crisis económica ni en medio de una conflagración social, sino en plena bonanza prolongada y en un período de paz social inusual. Su giro tampoco vino impulsado por una explosión de racismo de masas; fue promovido en gran medida desde arriba por políticos como Sarkozy, el ministro del Interior británico David Blunkett y sus colaboradores intelectuales.
Hay que ver esto, en parte, como el pánico de un liberalismo que creía haber ganado y que era la única opción válida. La percepción que tenía de sí mismo el liberalismo burgués en la coyuntura posterior a la Guerra Fría no solo era triunfalista respecto al resultado de las viejas batallas entre capitalismo y comunismo, sino que estaba profundamente comprometida con un imperialismo moralmente renovado: las guerras de Bosnia, Kosovo y Sierra Leona fueron las ocasiones en las que se pusieron a prueba los llamados valores occidentales y resultaron superiores.
La intelectualidad liberal parece haber aceptado esto en gran medida. A pesar de todo su cinismo “experimentado”, estaba mucho más asimilada a la Tercera Vía de Bill Clinton, Tony Blair y Lionel Jospin de lo que creía. Su conciencia, especialmente su autopercepción como maestros de la ironía y observadores distantes del campo de batalla y como guardianes de los valores universales frente a las barbaries particularistas, se trataba de lo que Gramsci llamaría “intelectuales tradicionales”. Se basaba, por encima de las apariencias, en los binomios más simplistas de la autocomplacencia occidental: civilizado e incivilizado, racional y supersticioso, moderno y premoderno. Era un liberalismo que creía tener derecho a dar por sentados sus preceptos provincianos.
Entonces, por supuesto, llegaron los bárbaros. Demostraron, sin pretenderlo, que la moralización de los liberales dependía de la desmoralización de un enemigo y que su confianza en sí mismos requería que alguien más fuera objeto de una caza de brujas, acosado, demonizado o pulverizado. El impacto ontológico de una violencia extrema procedente de la periferia reconvirtió retroactivamente las viejas verdades de la tolerancia, la inclusión y el respeto de la diferencia en debilidad, incapacidad para mantener la necesaria vigilancia civilizatoria e indiferencia.
Lo que siguió no fue un único ataque de pánico moral, sino toda una serie: sobre los musulmanes, las personas trans, la población migrante, los extremistas woke, etcétera, cada uno de los cuales pretendía despertar la agresividad popular contra un enemigo cuya existencia parecía poner en tela de juicio la confianza de los liberales en su postura universal y progresista. Cada ataque de pánico moral reconfiguró el liberalismo al catalizar reflejos autoritarios e identitarios ‒provocando un giro general hacia la derecha como respuesta estratégica a los antagonismos y como desplazamiento de los mismos‒ y precipitando deserciones por la derecha. Cada uno de ellos prefiguró, en cierta medida, los paroxismos contemporáneos sobre el “marxismo cultural” y el “genocidio blanco”.
Es cierto que la llegada de la nueva extrema derecha y la conmoción provocada por Trump despertaron brevemente una oposición liberal moralista y presa del pánico. Su agresividad se redirigió contra el fascismo incipiente, aunque su rudimentario arsenal consistiera en gran medida en un anticomunismo recalentado, piadosas lecciones de civismo y otra ronda más de ataques irrelevantes contra el posmodernismo. Esto atenuó momentáneamente la amplia ofensiva internacional y bipartidista contra las minorías peligrosas, hasta que la alianza con Benjamin Netanyahu la restableció por completo.
El argumento no es ni puede ser que, dado que el liberalismo es una hipocresía organizada que contiene las semillas de la fascistización, se pueda desechar sin más. Žižek tiene razón al sostener, como hace en Liberal Fascisms, que esto sería un error catastrófico. Aparte de todo lo demás, si puede haber “dos almas del socialismo”, como dijo una vez Hal Draper, hay al menos dos almas del liberalismo.
El abolicionismo, la Liga Antiimperialista Estadounidense de principios del siglo XX, las campañas contra el apartheid y contra la guerra, y la lucha actual por la liberación de Palestina han dependido de manera decisiva de aquellos liberales para quienes el compromiso con la universalidad y los derechos es mayor que su admiración por los mercados, el capitalismo y el Estado liberal. Si el liberalismo contiene algunos de los gérmenes del fascismo, también encierra el potencial revolucionario mismo del que depende cualquier proyecto emancipador. La cuestión ‒el problema‒ es que el liberalismo no es el Otro eterno del fascismo. El fascismo es, más bien, en un sentido que Naomi Klein comprendería, el alter ego del liberalismo.
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Fotografía: Sergio Acero
