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«Hemos encogido territorio al río»: un alegato contra la domesticación de la naturaleza

por RedaccionA julio 17, 2026
julio 17, 2026
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Por: Mª Ángeles Fernández y J. Marcos. 17/07/2026

‘Vivir con el río. Desafíos ante el riesgo de inundación’, el libro publicado por Rubén Ladrera, Joserra Díez y Francesc La Roca en Pepitas, propone, a raíz de la dana de 2024 y los bulos que surgieron, una nueva relación con el agua que desmonta mentiras y tópicos.

Un río. O lo que todavía queda. Con los desafíos, los aprendizajes y las aventuras, memorias y olvidos que arrastran sus aguas. Tres amigos, Rubén Ladrera, Joserra Díez y Francesc La Roca, conversan en torno al río, a los ríos ibéricos en plural. Los tres expertos se despojan de tecnicismos y, sin perder el rigor, recorren los paisajes fluviales de la Península. Saberes y experiencias para Vivir con el río (Pepitas, 2026), un volumen que apenas supera el centenar de páginas y que, además de abordar los «desafíos ante el riesgo de inundación» –como dice el subtítulo–, tiene la mirada puesta hacia una nueva cultura del agua.

El reto es encomiable ya de partida porque, pensándolo bien, ¿acaso sabemos lo que es un río? El diccionario de la Real Academia Española lo define como una «corriente continua y natural de agua que, por un curso fijo, va a parar al mar, a un lago o a otra corriente de agua». Qué fácil. Qué angosto. Qué rampa de despegue para tantas equivocaciones posteriores.

Esta definición incorpora errores de bulto y resulta una grave simplificación de la realidad desde un punto de vista hidrológico, geomorfológico y ecológico. (p. 13)

La reducción no es casual, explican los autores por videollamada grupal. «Es parte de un desconocimiento absoluto de lo que son los ríos, que son más complejos y deben ser gestionados de una manera mucho más compleja. Si solo fueran una corriente de agua quizá un enfoque ingenieril podría tener sentido». Lo importante para este artículo es que las deficiencias de la definición oficial traspasan la teoría y el desconocimiento, cuentan, queda reflejado en las políticas de agua que se han hecho en las últimas décadas en España. Así es como se explican en buena medida la apuesta por las «infraestructuras duras» (grandes presas de hormigón, soterramientos y desvíos, trasvases, más hormigón) y la «falsa sensación de seguridad» que conllevan.

Doscientas treinta y ocho personas, 238 (para asomarse a la envergadura de la tragedia conviene repetir el número en sus dos versiones gráficas), perdieron la vida a finales de octubre de 2004 durante las inundaciones que azotaron el este peninsular, especialmente en la provincia de Valencia. A partir de ahí, lo demás: daños económicos, cruce de acusaciones, desinformación y eslóganes vacíos, explicaciones a medias y explicaciones insuficientes, dejación de responsabilidades, mentiras y bulos virales, sainetes televisados, dignidad por barrios, barrios enteros devastados. Algo se habló acerca de los ríos. De los desafíos, aprendizajes y aventuras que empujan sus aguas, en un flujo irregular que por momentos orilló la letanía de fenómenos asociados a este tipo de desastres: emergencia climática, intereses económicos, ocupación de zonas inundables (en España, 3,2 millones de personas viven en zonas ellas), turismo masivo, ganadería y agricultura intensivas…

«Los ríos son un sistema muy complejo con elementos bióticos, abióticos, seres vivos, sedimentos, una cuenca hidrológica que forma parte del río. Y un componente social de gran valor». «Los ríos forman parte del ciclo hidrológico. Hay tres ejes: el longitudinal, el transversal y la relación con las aguas subterráneas. Hablamos de una multidimensionalidad de disciplinas y de miradas. Ahí pasan muchas cosas y lo deberíamos tener interiorizado desde Heráclito: el río es dinámico. El problema es que hemos encogido territorio al río».

Los daños generados por las inundaciones no son tanto una responsabilidad del fenómeno natural como de decisiones, hábitos y formas de desarrollo humano poco adaptadas al medio. (p. 33)

La dana no llegó sola ni cayo en el vacío. Las aguas torrenciales se precipitaron sobre una densa ocupación del territorio, edificaciones, infraestructuras y también decisiones políticas que previamente habían modificado la dinámica hidrológica natural; todo ello en un clima alterado por la quema masiva y constante de combustibles fósiles. Y entonces el barro. Y entre tanto barro, decenas de influencers, todólogos (léase expertos en la materia, los mismos que saben de cualquier cosa y por eso opinan siempre, en la tele y en los bares, en las reuniones y en los grupos de mensajería instantánea, siempre y de cualquier cosa, también de ríos) y aquella solidaridad espuria por parte de la extrema derecha. De entre esos rincones salió la bandera de Wsolo el pueblo salva al puebloW y, en las redes y más allá, la exigencia de nuevos embalses, más grandes embalses, por favor, como forma de dominar la naturaleza. Paradójicamente, la misma solución que desde hace años se baraja para paliar la sequía: más embalses, por favor.

Rubén Ladrera trabaja en el IES Comercio de Logroño, Joserra Díez en la EHU (Euskal Herriko Unibertsitatea) y Francesc La Roca en la UV (Universitat de València). Su currículo es extenso, también su defensa de los ríos, el cuidado y el empeño por que los ríos sigan siendo ríos. Los tres están vinculados a la Fundación Nueva Cultura del Agua. Las tres voces se complementan, y tal vez por eso, al igual que sucede en el propio libro que acaban de publicar, es mejor no diferenciar sus voces en esta conversación. El discurso es coral.

Las inundaciones juegan un papel clave en el mantenimiento del buen estado ecológico e hidromorfológico de los ríos y forman parte de la dinámica natural de estos ecosistemas. (p. 35)

Hablan entonces de la regeneración de cauces, de la labor de movilización y el transporte de sedimentos que hacen las aguas corrientes, de la fertilización de las llanuras de inundación, de la recarga de acuíferos, del control de la vegetación acuática y del control de especies invasoras, del arrastre y dilución de tóxicos. La conversación fluye natural y suena evidente, de una evidencia que cae por pura lógica… hasta que te acercas al río que atraviesa tu ciudad (y tal vez lo más riguroso sería escribir la ciudad que atraviesa el río), al río que nombra tu municipio, al río que conforma la identidad de tu región… hasta que levantas la mirada y ves lo que sucede con ese río, hasta que repasas lo que han sufrido los ríos desde tiempos inmemoriales.

A partir del siglo XIX, el desarrollo de la tecnología amplía extraordinariamente la capacidad de intervenir a gran escala el territorio fluvial. El progreso material parece no tener más límites que la disponibilidad de capital suficiente para el desarrollo de las grandes empresas de colonización y domesticación de la naturaleza. (p. 39)

«Las soluciones meramente estructurales no sirven y, de hecho, aumentan considerablemente los riesgos», advierten, en referencia a esas grandes obras que miden su importancia en función de los hectómetros cúbicos de hormigón que mueven. «Los mayores influencers que hay y que ha habido son los que adoptan las visiones rápidas, drásticas y que generalmente van en contra de del conocimiento». Decisiones que salen de una cadena sistémica de eslabones muy definidos: altos cargos políticos «con intereses y que reciben presiones»; cargos técnicos «ocupados mayoritariamente por personas con un perfil ingenieril»; y, por último, quienes ejecutan las obras, «personas y empresas entre las que a veces es difícil encontrar el conocimiento y la capacidad de poder desarrollarla de una forma diferente, con soluciones basadas en la naturaleza». Eslabones a los que hay que sumar «la incapacidad de gestión de las administraciones». E insisten: «Ante problemas complejos no caben las respuestas sencillas».

«Lo que pasa que hay demasiados intereses por detrás» –la expresión «grandes constructores» aparece varias veces en la conversación, también la «producción hidroeléctrica» y los «lobbies agrarios«–. «Y luego está la Administración, asesorada siempre, como sucedió en la dana, por visiones como las del Colegio de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, que proponen intervenciones duras que consolidan la ocupación del ámbito fluvial. Cuesta mucho cambiar la mentalidad del cuerpo de ingenieros, incluso de los más favorables».

Ladrera, Díez y La Roca comparten el principio de cautela como la mejor forma de Vivir con el río y critican la «lucha constante por domeñar la fuerza de las aguas erigiendo obras cada vez más grandes y sólidas».

El contexto no es favorable. Corría el año 2000 cuando la Directiva Marco del Agua (DMA) introdujo un nuevo enfoque en la política europea de aguas. Por vez primera apostaba por los principios de conservación y de no deterioro de ríos, lagunas, acuíferos y costas. Toda una transformación asediada ahora por presiones como las del lobby minero, que han puesto en peligro la salud del agua en Europa. Y es que, con el objetivo de reducir la dependencia exterior de materias primas y diversificar el suministro de cara a la llamada transición energética, la Comisión Europea se ha propuesto desregular como forma de simplificar, lo que en la práctica extiende una especie de alfombra roja a los planes extractivistas, que afectarán a las masas de agua. Pero esa es otra historia o, mejor dicho, el trasfondo europeo de esta misma historia, la de Vivir con el río.

El control humano de las inundaciones es en buena medida una ilusión. Sin embargo, se pueden adoptar medidas para reducir el daño que causan, como disminuir la ocupación de las llanuras aluviales o incrementar la capacidad de retención natural de las aguas en el conjunto de la cuenca vertiente. (p. 48)

¿Acaso el ser humano aprende de las catástrofes?, ¿qué hemos aprendido de la dana de 2024? «Una de las consecuencias que se ha consolidado es la necesidad de revisar toda la cartografía de riesgo, también los modelos». Dejan claro que existe un aprendizaje de las desgracias, si bien la hidrografía internacional también constata un deterioro paulatino de la memoria colectiva. «Sabemos mucho más de lo que aprovechamos», lamentan. 

Las propuestas están. Las que recoge el libro publicado por la editorial Pepitas se centran en medidas no estructurales, es decir, en aquellas que no implican la construcción de estructuras físicas. Por eso hablan de gestión, planificación y organización de la sociedad; de zonificación y planificación territorial; de alertas tempranas y sistemas de información; de capacitación, restauración ecológica y gestión sostenible. Se trata, en suma, de entender los ríos, de cuidar los ríos (también para que nos cuiden a nosotros), de devolver a los ríos el espacio que les pertenece. El análisis está puesto en los sistémico, en los engranajes de esa ideología que defiende un progreso muy concreto.

La relación entre ciudad y río se ha vuelto en muchas ocasiones conflictiva. La codicia o la necesidad urbana de ganar espacio han provocado el constreñimiento del territorio fluvial. (…) Las ciudades situadas junto a un río, además de gestionar los riesgos de inundación de origen pluvial, han de definir su relación con el río en muchos otros sentidos”. (p. 90)

«Los cambios deben ser demandados y exigidos socialmente. Por eso tiene aquí mucho peso la cuestión formativa, la capacitación social y la participación». «Esa formación no tiene por qué ser académica, ojo». «Debe ser una presión social que parta de una capacitación utilizando todas las vías que tengamos».

Los problemas de comunicación que tienen las ciencias para transmitir mensajes alternativos a la ideología desarrollista es otro de los diagnósticos compartidos por los tres autores, como autocrítica hacia dentro («tenemos un problema de divulgación») y como crítica hacia fuera, dados «los intereses económicos que manejan los grandes medios». Una observación que cala hasta la educación formal y la labor del profesorado, libros de texto incluidos.

Las palabras fluyen al otro lado de la pantalla, tal y como ocurre en las páginas del libro, en un diálogo en torno a los ríos entrelazado de forma natural, con afán divulgativo pero desde el rigor científico. Los ríos. Un río. A todo esto, ¿en qué quedamos que es un río? «Los ríos son una red de redes, con la indisoluble relación entre tierra y agua. Nosotros vemos un cauce de agua que va por un sitio concreto y resulta que es el resultado de toda una serie de fenómenos. Sobre esa red de redes estamos aprendiendo que hay un sinfín de miradas y que todas son las del río». «En esas miradas también hay que incluir la relación placentera con los ríos en buen estado».

Resulta necesario devolver espacio a los ríos, eliminando las infraestructuras humanas que los han estrechado y ocupado, limitando su complejidad y funcionalidad, e incrementando con ello los riesgos a las inundaciones. (p. 124)

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Climatica

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