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CHILE: Hacia escuelas protegidas de la violencia escolar desde las masculinidades

por La Redacción mayo 6, 2026
mayo 6, 2026
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Por: Andrés Kogan Valderrama. Sociólogo. Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea. Diplomado en Masculinidades y Cambio Social. Chile. 06/05/2026

A propósito del avance en el Senado del proyecto de “Escuelas Protegidas”, impulsado por José Antonio Kast y presentado por el presidente como una respuesta firme frente a la crisis de violencia escolar en Chile —luego de distintos hechos ocurridos, como el caso de la inspectora asesinada en Calama por un estudiante—, pareciera que la salida securitaria se profundiza con este “gobierno de emergencia”, como se autodenomina.

Lo menciono ya que este proyecto es la continuidad de otras iniciativas de corte securitario, en las cuales también se prometió restablecer el orden, fortalecer la autoridad docente y devolver la tranquilidad a las comunidades educativas. Sin embargo, han demostrado ser enfoques reduccionistas que simplifican el fenómeno de la violencia escolar, centrándose en los síntomas y dejando fuera sus causas más profundas.

Una de esas causas, entre otras por supuesto, es una cultura escolar patriarcal y masculinizante, frente a la cual, desde los distintos gobiernos que hemos tenido desde la vuelta a la democracia, poco y nada se ha hecho. Ya sea por negación, minimización del problema o simplemente por incapacidad de abordarlo seriamente en los colegios.

No se trata de un fenómeno aislado. La llamada “Aula Segura”, aprobada en 2018, ya instalaba una lógica similar: frente a la violencia, acelerar sanciones, facilitar expulsiones y reafirmar el control institucional. Más recientemente, la nueva ley de convivencia educativa ha intentado ampliar el enfoque hacia el bienestar y la prevención, incorporando nociones de buen trato e incluso abriendo tímidamente la puerta al enfoque de género.

Pero hay un punto ciego que atraviesa todas estas iniciativas: ninguna de ellas aborda de manera explícita la cuestión de la masculinidad hegemónica. Y esto no es un detalle menor. Porque la violencia escolar, lejos de ser un fenómeno neutro, tiene patrones claros: es ejercida mayoritariamente por hombres, especialmente jóvenes, que han sido socializados en contextos donde la agresividad, la dominación y la negación de la vulnerabilidad son parte constitutiva de lo que se entiende por “ser hombre”.

De ahí la importancia de problematizar la masculinidad hegemónica en las escuelas con toda la comunidad educativa (estudiantes, asistentes de la educación, docentes, apoderados y directivos), de manera de poner en tensión ciertos mandatos masculinos que se reproducen día a día en las aulas y los patios de los establecimientos.

Basta revisar nuestras propias experiencias como estudiantes, donde ser hombre no era otra cosa que una identidad que se afirmaba a partir de la negación de lo femenino y de la homosexualidad, a través de burlas, agresiones y la constante demostración de virilidad frente a otros hombres, generando una enorme presión por encajar y mucha rabia al no lograrlo.

Cualquier hombre que haya pasado por un colegio, como en mi caso, habrá visto o vivido en clases de educación física, por ejemplo, cómo estudiantes e incluso docentes humillaban a compañeros por su condición física o falta de habilidad, en un maltrato naturalizado por todos.

En mi caso particular, siempre me llamó la atención —y me incomodó— lo ocurrido en los camarines del colegio, donde algunos compañeros exhibían sus cuerpos, jugaban con las toallas, mientras los más vulnerables se retiraban lo antes posible para evitar burlas, o simplemente dejaban de asistir. Las duchas se transformaban así en espacios con lógicas casi carcelarias, donde se definía quién era “más hombre”.

Lo mismo ocurría con las burlas reiteradas hacia aquellos compañeros considerados afeminados, con el uso de términos como “maricón”, “hueco” o “niñita” como insultos hacia quienes se salían del molde tradicional, todo esto con la complicidad de adultos negligentes, incapaces de abordar el tema de manera formativa y de conversar abiertamente con los estudiantes.

Y qué decir de la cosificación de las mujeres, transformadas en objetos de conquista y consumo, utilizadas para demostrar frente a otros quién es “más hombre”, llegando incluso a mentir con tal de aparecer como el más popular o el más viril. Una presión absurda que solo genera ansiedad, frustración, rabia y, en muchos casos, violencia.

Por supuesto, habrá quienes digan que esto es parte de la adolescencia masculina, que los casos de violencia son aislados o que responden a problemas individuales o psicológicos, sin ver el fondo del problema: el culto a una masculinidad hegemónica insostenible que perdura incluso hasta la adultez.

Otros señalarán que sí se han realizado acciones en escuelas, como la Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres, encuentros no sexistas impulsados por el Mineduc, iniciativas como “Educar sin Moldes” del SLEP Del Pino sobre masculinidades en escuelas, o algunos diplomados (Universidad de Chile, Ilusión Viril y UMCE). Pero todo ello sigue siendo marginal.

Por si fuera poco, esta masculinidad hegemónica se inserta en un modelo educativo chileno individualizante, estructurado en torno a la competencia, la medición constante y el rendimiento estandarizado. Las pruebas, los rankings, los puntajes y la lógica del “mérito” no solo ordenan el sistema: también producen subjetividades. Forman estudiantes que aprenden, desde muy temprano, que el otro es un competidor, que el éxito es individual y que el reconocimiento depende de superar a los demás.

En consecuencia, revisar mochilas, endurecer sanciones, reforzar la autoridad y ampliar las herramientas disciplinarias no va al fondo del problema. En otras palabras: más control, más castigo y más exclusión. Pero no se invita a reflexionar sobre cómo se construyen subjetividades violentas en la escuela, en la familia o en la sociedad, ni sobre cómo el propio sistema educativo contribuye a ello.

Además, el enfoque securitario para abordar la violencia escolar no solo es limitado: es también contradictorio. Porque al privilegiar respuestas basadas en el control, la sanción y la autoridad, reproduce los mismos códigos que sustentan la violencia que intenta erradicar. Es, en sí mismo, una pedagogía profundamente masculina: la fuerza como lenguaje, el castigo como solución, el orden como horizonte.

En ese sentido, más que desafiar la masculinidad hegemónica, estas políticas dialogan con ella y finalmente la validan. Al mismo tiempo, conviven cómodamente con un sistema escolar que promueve la competencia por sobre la cooperación, el rendimiento por sobre el vínculo y el éxito individual por sobre la construcción colectiva.

La pregunta, entonces, no es si necesitamos escuelas seguras. Evidentemente las necesitamos. La pregunta es qué entendemos por seguridad y cómo la masculinidad hegemónica, junto con un sistema educativo centrado en la competencia en Chile, solo genera condiciones para que la violencia aumente y se siga expandiendo en las escuelas.

Fotografía: EL Mostrador

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