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Del emprendedor al superviviente: la otra cara del trabajo en aplicaciones de reparto

por RedaccionA marzo 30, 2026
marzo 30, 2026
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Por: Nota antropológica. 30/03/2026

La promesa de ser tu propio jefe se desdibuja frente a la necesidad de subsistir día a día en un mercado laboral que ofrece pocas alternativas.

Martín llegó desde Venezuela hace seis años escapando de la crisis. Tiene un título universitario y hoy trabaja en una playa de estacionamiento, pero pasa sus tardes pedaleando con la mochila de PedidosYa. No lo hace por gusto ni por un proyecto de vida emprendedor. Necesita enviar dinero a su familia. Paula es peluquera y madre soltera de tres hijos. Puso su salón en casa para poder cuidarlos, pero desde hace dos años sale a repartir cuando las zapatillas de sus niños o los útiles escolares exigen un ingreso extra que su oficio no alcanza a cubrir.

Las historias de Martín y Paula no son casos aislados. Detrás de la narrativa de libertad y autonomía que promueven las plataformas digitales, existe una trama más compleja que recién comienza a ser explorada por la investigación social. Un equipo de científicas argentinas integrado por Nicolás Diana Menéndez, Cora Cecilia Arias y Julieta Haidar, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, se propuso indagar en las subjetividades de quienes trabajan repartiendo comida a través de aplicaciones como Rappi y PedidosYa en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Durante marzo de 2024 realizaron seis grupos focales con 24 trabajadores y trabajadoras. Los convocaron a dialogar, a intercambiar experiencias, a debatir sobre sus trabajos. Lo que encontraron desafía las lecturas más extendidas sobre el fenómeno de las plataformas digitales. 

El espejo donde se mira el trabajo

Cuando se le pregunta a un repartidor qué valora de su trabajo en las aplicaciones, la respuesta suele venir por contraste. No piensan en un ideal abstracto de autonomía. Piensan en el empleo anterior. En aquel restaurante donde el jefe los maltrataba. En el supermercado donde les descontaron el presentismo por enfermarse. En la empresa donde estuvieron seis meses y los echaron sin explicación.

Guillermo lo expresó con claridad durante uno de los grupos: «valoro las horas de salud mental». A su lado, Ignacio asentía: «yo valoraría el trato, porque en el último trabajo la pasé muy mal y no volvería». El maltrato laboral, esa marca que atraviesa tantas experiencias de trabajo en América Latina, se convierte así en la vara con la que se mide lo nuevo.

Las investigadoras denominaron a este fenómeno «precarización como referente axiológico». Las malas experiencias previas funcionan como un espejo donde el trabajo en plataformas, con todas sus carencias, aparece reflejado con rasgos más amables. No porque sea bueno en sí mismo, sino porque lo conocido fue peor.

Esta dinámica lleva a paradojas sorprendentes. Leandro, un trabajador cercano a los treinta años, asegura sentir más estabilidad en las aplicaciones que en sus anteriores empleos formales. «Estuve en dos trabajos, seis meses en cada uno, y no tenía estabilidad. La aplicación está desde el 2018 y hoy estamos a 2024 y todavía sigue». La estadística lo desmiente: las plataformas no ofrecen garantías de permanencia. Pero la experiencia concreta de Leandro, la certeza de que la aplicación sigue ahí mientras los empleos registrados se desvanecieron, construye una verdad propia.

La calculadora de la supervivencia

Si el emprendedor de manual invierte tiempo y recursos pensando en el futuro, el repartidor argentino calcula en el corto plazo. Necesita resolver hoy. Esta semana. Ahora.

Las investigadoras hablan de una «racionalidad instrumental» y también de una «pragmática vitalista». Los trabajadores desarrollan microestrategias cotidianas que les permiten sortear las dificultades y aprovechar las oportunidades que el sistema ofrece. Aprenden a leer los días de lluvia, cuando las aplicaciones pagan más pero también aumenta el riesgo de accidentes o de daños en la moto. Descubren qué zonas de la ciudad conviene evitar para no ser víctimas de robos, aunque eso signifique resignar pedidos. Comparten información sobre bicicleterías económicas o lugares donde hay mayor demanda.

Esa última práctica resulta particularmente significativa. En un entorno donde las empresas fomentan el hiperindividualismo, donde cada trabajador compite con otros por los mejores pedidos, aparecen lazos de solidaridad. No se trata de solidaridad política ni de organización gremial. Es una solidaridad estratégica, calculada, que ayuda a sobrevivir. José cuenta que una vez pinchó una goma y un compañero más experimentado no solo lo ayudó sino que le indicó dónde arreglarla más barato. Martín agrega que comparten información sobre precios de cubiertas para ahorrar unos pesos.

El emprendedor que maximiza su capital humano, que invierte en capacitación y networking para posicionarse mejor en el mercado, no aparece por ningún lado. Lo que emerge es otra figura: la del superviviente que calcula, que teje redes mínimas, que toma decisiones con la calculadora puesta en el día de hoy.

La libertad vigilada

«Trabajo cuando quiero», «soy mi propio jefe». Estos eslóganes forman parte del discurso oficial de las plataformas y, también, de las primeras respuestas que dan muchos repartidores cuando se les pregunta por su trabajo. La investigación, sin embargo, muestra que esas frases merecen un análisis más cuidadoso.

Cuando los trabajadores conversan entre ellos, cuando el diálogo grupal los lleva a reflexionar, los matices emergen. Ulises lo plantea con claridad: «jefe no… vos dependés que el otro necesite un viaje para que vos vayas». Camila, por su parte, señala el control que ejerce la aplicación mediante el ranking, ese puntaje que sube o baja según el desempeño y determina quién recibe más pedidos.

Lo que las investigadoras identifican aquí son «anhelos históricos de autonomía». La posibilidad de organizar los propios tiempos, de escapar de las jefaturas autoritarias, de atender necesidades familiares sin pedir permiso, constituye una aspiración de larga data en la clase trabajadora. Las plataformas, con su promesa de flexibilidad, logran capitalizar ese deseo. Pero la autonomía que ofrecen es una autonomía vigilada, sujeta a las reglas del algoritmo, dependiente de la demanda de los usuarios.

Ignacio, un joven que perdió su empleo y ahora reparte, valora poder organizar su jornada: «si estás cansado, te levantás al otro día y decís ‘hoy trabajo tres horas'». Ulises, que tiene dos hijos, aprovecha la flexibilidad para llevar a los niños a la escuela y luego retomar el reparto. Para ellos, la posibilidad de decidir no es una ilusión. Es una experiencia concreta y valorada. Pero eso no significa que se sientan dueños de su destino.

El futuro incierto

Quizás el hallazgo más inquietante de la investigación sea la ausencia de horizontes. Cuando se pregunta a los repartidores cómo se imaginan en diez años, las respuestas titubean, se desdibujan, se vuelven hacia el presente.

Osvaldo tiene 27 años y trabaja cuarenta horas semanales en las aplicaciones. Reconoce que es algo provisorio, «para zafar», pero admite que lleva bastante tiempo en esa provisionalidad. Andrés estudia sociología y vive con sus padres. Para él, el reparto es un ingreso que no interfiere con la carrera, pero tampoco lo ve como algo proyectable.

Manuel sueña con un trabajo en blanco y ahorra para un curso de piloto que cuesta dos millones de pesos. Laura quería ser arquitecta, fue abanderada en la escuela, pero no pudo seguir porque la carrera resultaba demasiado costosa. Sus historias hablan de frustraciones, de proyectos que no pudieron ser, de un futuro que se estrecha.

Las investigadoras denominan a este fenómeno «desafección política». No se trata solo de que los trabajadores no participen en sindicatos o agrupaciones, aunque eso también ocurre. Se trata de una erosión más honda: la dificultad para imaginar que las cosas puedan ser diferentes, la naturalización del presente, la sensación de que cada uno debe arreglarse como pueda.

Paula lo expresa cuando dice que no participa en marchas «porque no me gusta marchar y todas esas cosas, no van conmigo». Francisco va más allá: prefiere que no haya sindicatos ni reclamos laborales, porque teme que si las empresas tienen que pagar vacaciones o aportes, simplemente se vayan del país. La amenaza empresarial, esa extorsión tan antigua como el capitalismo mismo, opera aquí con toda su eficacia. 

Más acá del emprendedor

La investigación de Diana Menéndez, Arias y Haidar propone una clave de lectura diferente para comprender a los repartidores de plataformas. No son emprendedores en ciernes, ni trabajadores engañados que repiten como loros un discurso que no les pertenece. Son personas que toman decisiones con la información disponible, en un contexto de crisis prolongada y oportunidades escasas.

Calculan, sí. Desarrollan estrategias, también. Pero su cálculo no apunta a maximizar ganancias futuras ni a construir un patrimonio. Apunta a llegar a fin de mes, a pagar las zapatillas, a enviar unos pesos a la familia que quedó en Venezuela. Es el cálculo del superviviente, no del inversor.

Las autoras insisten en que esta lectura no puede desligarse del lugar donde ocurre. En otros países, con mercados laborales más robustos y estados de bienestar más consolidados, quizás las subjetividades sean otras. En Argentina, con su larga historia de precariedad y crisis, la figura que emerge es esta: la del que se las arregla, la del que resiste, la del que sigue adelante aunque el horizonte se desdibuje.

¿Y tú? Cuando piensas en las personas que te acercan la comida a casa en bicicleta o en moto, ¿las imaginas como pequeños emprendedores o como alguien que está buscando la manera de llegar a fin de mes?

Si conoces a alguien que trabaje repartiendo comida, si tienes un amigo o un familiar que tenga la mochila puesta, comparte esta nota con él. Tal vez sus historias se parezcan a las de Martín, Paula, Ulises o Leandro. 

Fuente: Diana Menéndez, N., Arias, C. C., & Haidar, J. (2024). Del emprendedor al superviviente. Subjetividades laborales en plataformas de reparto. Estudios Sociológicos, XLII, 1-19.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Crónica Puebla

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