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Una crítica al pensamiento decolonial: hacia un giro descivilizador

por RedaccionA febrero 3, 2026
febrero 3, 2026
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Por: Andrés Kogan Valderrama. 03/02/2026

No es ninguna novedad que el giro decolonial sigue siendo una de las corrientes intelectuales más importantes en América Latina y el Caribe, ofreciendo una crítica a la colonialidad del poder, el saber y el ser, tal como lo han planteado pensadores como Aníbal Quijano, Catherine Walsh, Walter Mignolo, Enrique Dussel y María Lugones. Su enfoque en la modernidad colonial, iniciada con la conquista de América en 1492 y el predominio de Occidente, ha sido fundamental para desmontar el eurocentrismo y visibilizar las epistemologías del Sur.

Sin embargo, el pensamiento decolonial tiene una limitación profunda: su centralidad casi exclusiva en la colonialidad moderna occidental, ignorando las raíces mucho más antiguas de las estructuras de poder existentes. Me refiero específicamente a la Revolución Neolítica, ese punto de inflexión alrededor del 10.000 a.C., cuando las sociedades humanas pasaron del nomadismo cazador-recolector a la sedentarización agrícola. Este cambio no fue solo tecnológico o económico; trajo consigo la formación de las grandes civilizaciones y de los grandes Estados que emergieron en Mesopotamia, el Valle del Indo, Egipto, China y Mesoamérica.

Con la agricultura surge la acumulación de excedentes, y con ella, las primeras formas de poder jerárquico: la propiedad privada de la tierra, las religiones institucionalizadas para legitimar el control, las clases sociales diferenciadas, las jerarquías rígidas, la esclavitud como mano de obra forzada y el patriarcado como sistema de dominación de género. Estas no son invenciones exclusivas de Occidente; son patrones civilizatorios universales que preceden por milenios a la expansión europea.

Al centrarse únicamente en la colonialidad moderna y el predominio de Occidente, el giro decolonial comete un error de miopía histórica. Reduce la opresión a un fenómeno reciente y geográficamente localizado, como si antes de Colón el mundo fuera un paraíso igualitario. Esto no solo invisibiliza las violencias precoloniales en nuestras propias regiones —piénsese en los imperios azteca o inca, con sus tributos, sacrificios y estratificaciones sociales—, sino que también deja fuera a otras civilizaciones no occidentales. Es como si la crítica al poder solo valiera cuando viene de Europa o Estados Unidos.

Esta limitación se hace evidente en cómo muchos pensadores decoloniales abordan el actual escenario geopolítico. En su afán por desafiar el unipolarismo occidental, omiten —e incluso celebran— la emergencia de un mundo multipolar liderado por potencias como Rusia y China. Se habla de ellos como si estos actores representaran una ruptura radical con la colonialidad, llegando algunos al extremo de validar gobiernos autoritarios y dictaduras, como es el caso de Ramón Grosfoguel. Pero ¿acaso no reproducen patrones civilizatorios milenarios? Rusia, con su autoritarismo estatal heredado de imperios zaristas y soviéticos, perpetúa jerarquías, control religioso (ortodoxo) y expansionismo territorial que remiten a las dinastías mesopotámicas.

China, por su parte, bajo el Partido Comunista, encarna una modernización autoritaria que combina propiedad estatal, confucianismo como ideología legitimadora, clases sociales marcadas por la desigualdad extrema, y un patriarcado que, pese a avances, sigue arraigado en tradiciones milenarias. Sus proyectos como la Nueva Ruta de la Seda no son más que una actualización de antiguas redes de dominación, con deudas y dependencias que recuerdan a los tributos de los antiguos imperios.

El pensamiento decolonial podrá argumentar que países como China y Rusia también fueron colonizados por la modernidad occidental, ya que esta colonizó todo el planeta imponiendo su lógica de poder, saber y ser. Sin embargo, esta respuesta igual omite que el origen de esas estructuras jerárquicas, acumulativas y dominantes no radica en la modernidad misma, sino en la formación de las grandes civilizaciones neolíticas miles de años antes; la modernidad no es más que un resultado y una continuación de esos patrones civilizatorios profundos, adaptados a nuevas escalas y tecnologías.

Al ignorar la Revolución Neolítica y las grandes civilizaciones como fundadoras de estas estructuras de poder, el pensamiento decolonial corre el riesgo de convertirse en una ideología selectiva: antioccidental pero acrítica con el resto. Celebrar a Rusia y China como contrapesos sin cuestionar cómo reproducen esclavitudes modernas o jerarquías globales es, en el fondo, una forma de esencialismo invertido. No se trata de defender el Occidente —cuya colonialidad es innegable—, sino de ampliar la crítica a un nivel civilizatorio más profundo. Solo así podremos imaginar alternativas verdaderamente liberadoras, que no se limiten a cambiar de amo, sino a desmantelar las raíces mismas del poder jerárquico.

Dicho todo lo anterior, el pensamiento decolonial necesita un «giro descivilizador» para no caer en la trampa de la multipolaridad acrítica y de miradas que terminan validando autoritarismo en nombre de la crítica al eurocentrismo. De lo contrario, seguiremos reproduciendo sistemas de opresión desde Mesopotamia, disfrazados de descolonización.

Andrés Kogan Valderrama es sociólogo. Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea. Diplomado en Masculinidades y Cambio Social.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Servindi

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