Por: Adolfo Córdova. 28/01/2026
¿Qué se necesita para que haya paz? preguntaron a 3 mil 679 personas, entre 4 y 15 años de edad, de las 16 alcaldías de las Ciudad de México en la consulta «Planeando ando. Voces de niñas, niños, niñes y adolescentes» de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, CDHCM. «Silencio». Esa esa fue una de las respuestas más frecuentes en la categoría de «Autocuidado y cuidado colectivo», la más frecuente: «Tranquilidad».
Andrea Márquez, del equipo de investigación de esta consulta, realizada a principios de 2025, me lo comenta con asombro; me sorprende también, pero tiene todo el sentido. Silencio y tranquilidad piden niñxs y adolescentes cuando les preguntamos por sus cuidados.
Compartí este dato en el IV Seminario IBBY Iberoamericano del Libro Infantil y Juvenil (disponible aquí, en 2:28:00) en marzo de este año, que nos convocó a pensar con urgencia, en tiempos del mayor infanticidio del siglo, en derechos e infancia, y enseguida lo recordé cuando Constanza Mekis y Loreto Ortúzar me enviaron su imprescindible artículo «Silencio: cuidados y afectos lectores» desde la Biblioteca Interactiva Latinoamericana Infantil y Juvenil, BILIJ.
«Al finalizar la reflexión, les preguntamos si querían tener un momento de silencio; respondieron ‘¡Sí!’ y una de las estudiantes sugirió un tiempo de 4 minutos. Estuvimos en silencio rotundo, algunos se miraban las manos, otros el suelo y no faltaron los que cerraron los ojos. Se produjo algo distinto que no habíamos experimentado», cuentan Constanza y Loreto en la inspiradora y fascinante crónica de más silencios deseados, pensada especialmente para mediadorxs de lectura, que leerán a continuación.
En mi participación en el Seminario de IBBY también mencionaba el libro y proyecto colombiano «Los niños piensan la paz», coordinado por Javier Naranjo y el Laboratorio del Espíritu, que contempla un archivo de testimonios infantiles (en textos y dibujos) luego de tantas décadas en conflicto armado. A la pregunta «¿Cuál es tu mayor recuerdo de paz?», Norma Lucía, de 10 años, respondió: «Estar sola, porque puedo disfrutar el silencio».
Un silencio que suena a un privilegio en nuestras sociedades ruidosas, temerosas de las pausas, tanto en la virtualidad como en la presencialidad, un silencio para prestar atención, un silencio que apacigüe, que cuide:
«Un ave columpiándose en la copa / del árbol más enorme de este huerto / su sola compañía el cielo abierto / y el cálido silencio que la arropa», escribe el poeta chileno Felipe Munita en «El canto» en su poemario Trinares (FCE, 2021).
Resuena con la poeta española Rosario Neira en su poemario El tapiz del silencio (BajAmar Editores, 2025): «El canto de un pájaro / se desliza hasta el umbral del sueño / iluminando los bordes de la noche. // Sus notas / son las estrellas del silencio».




De estos silencios que velan sueños a silencios que esperan una caricia: «La piedra en la que estoy sentada / Vive encantada / Por el canto / del agua // La piedra en la que estoy sentada / Tiene una mitad mojada / Y la otra mitad / con sol // La piedra en la que estoy sentada es mansa / Quiere ser acariciada/ Es callada», escribe la poeta argentina Roberta Iannamico en «Mi piedra» en su poemario Ris ras (Aerolitos, 2015).
Los y las poetas saben de silencios, «Todo necesita del silencio», me dijo Cecilia Bajour en una entrevista hace algunos años, también para pensar y recordar: «No es que las piedras sean mudas, / sólo guardan silencio», escribió el poeta maya kiché Humberto Ak’abal, en Piedras» en su antología Yintzolin pa waqän / Camino al revés (Maya Wuj, 2012).
Cuando visité la BILIJ, en 2022, pude constatar cómo basta entrar a ese predio histórico y parque, para empezar a aquietarse. La calma y hospitalidad que inspira todo el equipo son fundacionales de otro tiempo posible. En este artículo, «Connie» y Loreto ahondan en esa voz del silencio que cuida, escucha y recuerda que «permite comprender, resguardar la morada común que logra hacer más habitable el mundo» para niñas, niños, jóvenes y lxs adultxs cercanxs.
Rodeada de jardín, en una comunidad que hace nidos y celebra la «vida salvaje», la familia BILIJ creó un espacio para «una experiencia fundamental de conocimiento y sabiduría», ese otro silencio, el necesario, crítico y cargado de sentido, como cantan Los Carabajal en la chacarera: «Cantor para cantar si nada dicen tus versos, ay, ¿para qué vas a callar al silencio? Si es el silencio un cantor lleno de duendes en la voz».
Así leo esta iniciativa que, como tantas otras en nuestra dolida región, nos da esperanza (pienso en la que construye Daniel Goldin, mencionado en este artículo y de la que ha anunciado buenas nuevas aquí); más aún ahora, desde Chile, que enfrentará un gobierno del silencio vigilado y censor de la extrema derecha, uno que acalla las voces jóvenes y frente al cual habremos de resistir creando más espacios de silencio activo, pacífico y pensante, y también espacios de protesta.
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Fotografía: Linternas y bosques
