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Bajo asedio digital: cómo sobreviven al acoso en línea los géneros marginados en la India

por RedaccionA diciembre 13, 2025
diciembre 13, 2025
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Por: Anjani Chadha, Niv. 13/12/2025

La tarde del 22 de enero, en un reconocido instituto de ciencias sociales de la India, dos grupos de estudiantes se congregaron con propósitos muy distintos. Uno celebraba la consagración del templo de Ram en Ayodhya; el otro se reunió para leer en voz alta el preámbulo de la Constitución, reafirmando su compromiso con el laicismo y los valores democráticos. Lo que comenzó como una jornada con contrastes simbólicos terminó en un enfrentamiento, reflejo de la creciente polarización que atraviesa el país, donde una ola de nacionalismo partidista sigue profundizando las divisiones sociales.

El templo de Ram se sitúa en el centro de una de las disputas políticas y religiosas más prolongadas de la India moderna. Para muchos hindúes, el sitio marca el lugar de nacimiento del dios Rama, una de las deidades más veneradas del hinduismo. Sin embargo, ese mismo terreno albergó durante siglos la mezquita de Babri, construida en el siglo XVI y demolida en 1992 por una turba nacionalista hindú.

Una gran polémica se desató cuando, en 2019, la Corte Suprema falló a favor de entregar el terreno disputado a un fideicomiso encargado de construir el templo, y ordenó a su vez la asignación de un terreno alternativo para la reconstrucción de una mezquita. Esta decisión fue celebrada por sectores nacionalistas y vista por otros como un revés para el secularismo indio.

La ceremonia de consagración del templo de Ram en la ciudad de Ayodhya desató celebraciones en todo el país. Las calles se adornaron con banderas azafrán y el aire se llenó de cánticos. Sin embargo, en medio de la ola de celebración nacional, varios grupos en todo el país, por ejemplo, en los campus universitarios, protestaron contra lo que se consideraba un momento colectivo nacional.

Así, mientras que para algunos la inauguración del templo fue un momento de orgullo civilizatorio, para otros, especialmente entre las comunidades seculares y marginadas surgió la preocupación del avance de un discurso dominante.

Esa noche, entre quienes leían el preámbulo en el instituto se encontraba Niharika (nombre ficticio para proteger su identidad), una estudiante de primer año que expresó abiertamente su preocupación por el tono celebratorio de la narrativa dominante. Esto la convirtió rápidamente en un blanco fácil. Los días posteriores al enfrentamiento estudiantil, Niharika fue objeto de acoso en línea: la tildaron de «puta», la acusaron de anitnacional y la atacaron por atreverse a disentir. Lo más alarmante fue cómo las consecuencias de un acto ocurrido dentro del campus se extendieron de forma agresiva al entorno digital. La sinergia entre el mundo físico y el virtual no solo era evidente, sino también profundamente inquietante.

Aunque Niharika solía expresar sus opiniones políticas en redes sociales sin reservas, esta vez su cuenta de Instagram —y su vida personal— se convirtieron en el centro de un escrutinio intenso, ya que algunas personas intentaron desacreditarla y silenciarla. Sus fotos personales fueron utilizadas como arma por quienes no estaban de acuerdo con su postura. Le lanzaron insultos transfobicos, sexistas y discriminatorios por su pertenencia a una casta. De hecho, varias imágenes de su cuenta stan —un perfil privado de Instagram— fueron filtradas y publicadas en X (antes Twitter), lo que sugiere que alguien de su entorno más cercano podría haber estado involucrado en la violación de su privacidad. 
 

Mientras se desdibujaban las fronteras entre su vida digital y su realidad cotidiana, Niharika enfrentaba un acoso sistemático por parte de personas hostiles a sus posturas políticas.

Una serie de dibujos en recuadros. Primer recuadro, personas reunidas para una manifestación. Segundo recuadro, una persona sosteniendo un letrero que dice "nosotrxs, las personas de la India". Recuadro tres, una persona preocupada recibiendo mensajes insultantes de su celular. Recuadro cuatro, persona viendo su celular llorando rodeada de ojos

El caso de Niharika se convirtió en un recordatorio contundente de los tipos de violencia que sufren las mujeres y los géneros marginados en el entorno virtual. En contextos polarizados, expresar desacuerdo, participar en la praxis política o incluso articular ideas alternativas ha implicado históricamente riesgos sociopolíticos importantes para estas comunidades, por lo que no es de extrañar que sean más vulnerables en un mundo gobernado por lo digital.

Estos riesgos se agravan aún más en contextos de vigilancia y acoso en línea. El acoso digital opera como una herramienta de coacción y control social que no sólo refleja, sino que también amplifica las estructuras de marginación preexistentes. Así, aunque Internet ha democratizado ciertos espacios de participación, también reproduce —con igual o mayor intensidad— las jerarquías y desigualdades del mundo offline, exponiendo a quienes ya son vulnerables a nuevas formas de violencia. Basta con que una opinión cuestione el status quo para que la identidad personal se convierta en un arma de ataque para difamar y destruir la reputación de alguien. 

Negociar en todo momento

Anuraj, activista queer y estudiante de estudios de género radicado en Kerala, enfrentó una ola de acoso y hostigamiento digital tras impartir una charla de sensibilización sobre género a estudiantes universitarios en septiembre del año pasado. La reacción fue feroz, alimentada no solo por su identidad de género, sino también por la percepción de que era un defensor activo de los derechos de las personas LGBTQ.

Durante la sesión, Anuraj abordó conceptos básicos como la construcción social del género y la importancia de reconocer y valorar el papel de las mujeres tanto en el hogar como en las comunidades. La mayoría del alumnado recibió su intervención con apertura y respeto. Sin embargo, un estudiante presentó una queja formal ante la dirección de la universidad.

«Alegaron que soy parte de la supuesta mafia LGBTQ, que promueve la locura y confusión entre los jóvenes. Pronto comenzaron los ataques en mis redes sociales, con mensajes acusándome de corromper mentes», recuerda Anuraj, de 30 años.

A raíz de la denuncia, se desató una campaña coordinada en línea para desacreditarlo. Detrás del ataque estaba un grupo extremista con una ideología profundamente patriarcal y abiertamente hostil hacia los derechos de las personas queer. El acoso escaló cuando se viralizó un video donde aparecía Anuraj hablando sobre género; la publicación fue inundada con comentarios de odio, transfobia y ataques personales.

Las consecuencias no se limitaron al ámbito digital: el daño también alcanzó a su entorno familiar. «Mi hermano se molestó mucho cuando vio el vídeo y la magnitud de la campaña de odio. Desde entonces no me ha vuelto a hablar. Ya pasó un año y el silencio continúa», lamenta.

«Los comentarios no solo eran transfóbicos; también eran contrarios a los principios constitucionales», concluye.

El incidente no solo cuestionó su identidad, sino que también socavó su dignidad. La reacción violenta no se desató únicamente por quién es Anuraj, sino por lo que representa: una visión del mundo inclusiva, abierta y profundamente comprometida con la justicia social. Fue su convicción —no sólo su identidad de género— lo que encendió la indignación de sectores intolerantes.

Las consecuencias, sin embargo, fueron profundamente personales. El acoso constante en redes sociales, los mensajes de odio y el rechazo de su propia familia dejaron huellas imborrables. Desde entonces, Anuraj vive en alerta. «Empecé a cerrar mis cuentas, a revisar quién me seguía, a mirar con cautela cada comentario. Me inquieta mucho saber quién está mirando lo que publico. Cuando hablo en Instagram sobre temas como la casta, siento miedo de compartir», confiesa.

Tal y como se evidencia en el caso anterior, las personas de género marginado, tras haber sufrido este tipo de acoso, a menudo se ven obligadas a permanecer en constante alerta, prevenidas ante posibles represalias, ya que, en la mayoría de los casos, lo que reciben a cambio no es compromiso ni debate, sino maltrato. 

Sus opiniones se enfrentan a amenazas de violencia o dan lugar a la difusión no consentida de información e imágenes personales. Esto, a su vez, crea un efecto intimidatorio: muchos de ellos se callan, no porque carezcan de convicciones, sino porque el precio de alzar la voz parece demasiado alto.

Una serie de recuadros con dibujos. Primer recuadro, mano sosteniendo un celular con ojos y una boca saliendo de el. Recuadro dos, una persona rodeada de comentarios insultantes. Recuadro tres, dedos apuntando a una persona. Recuadro cuatro, notificaciones saliendo de un celular con el texto "bloquea tu perfil"

Poner bajo el escrutinio público

A pesar de la hostilidad, los espacios en línea son cruciales, sobre todo para quienes se encuentran en entornos físicos poco hospitalarios, inseguros y hostiles. Para las personas que enfrentan discriminación y marginación, internet ofrece una plataforma para establecer conexiones y ganar visibilidad, algo que puede resultar difícil de conseguir fuera de la red. Sin embargo, estos espacios también pueden reflejar o intensificar la misma hostilidad que se encuentra en el mundo real. El anonimato y la falta de consecuencias permiten a muchos usuarios propagar odio, desinformación y acoso con total impunidad. Así, internet se transforma en una paradoja: es al mismo tiempo refugio y campo de batalla.

Messett, artista y activista de género originario de Assam, conoce bien esta dualidad. Tiene 25 años y una trayectoria que empezó en una pequeña aldea donde vivir su identidad de género fluido ya implicaba retos diarios. Cuando se mudó a una ciudad, encontró nuevas formas de expresarse en línea, pero también nuevos riesgos. Su cuenta, donde habla abiertamente sobre temas de género, se convirtió en blanco de burlas y rumores en su pueblo, y en el espacio digital, en blanco de una ola de acoso que escaló rápidamente.

«La gente me acosaba, hablaban a mis espaldas. Desconocidos llenaban mis publicaciones con insultos, llamándome cosas como “hijra” o “ladyboy” (persona transgénero), pero esa no es mi identidad», cuenta. «Intentar corregirlos era agotador».

Dibujo de una captura de pantalla de un sitio web con diversos textos como "conoce a tu vecino ladyboy" o "haz click aqui para mandar odio" al igual que dibujos de ojos y una persona

Hay algo intrínsecamente político en la existencia queer. Cuando una persona desafía las normas impuestas por la sociedad, no solo pone en cuestión el status quo: también incomoda a quienes están decididos a preservarlo. Esa incomodidad suele desencadenar una reacción hostil, especialmente en internet, donde los insultos se convierten en herramientas para silenciar y marginar.

En este contexto, la línea entre lo personal y lo profesional se vuelve cada vez más borrosa. 

Messett, artista tribal de género fluido, lo ha vivido en carne propia: siente que el rechazo que recibe no responde únicamente a su expresión de género, sino a la intersección de múltiples identidades que encarna.

Para Messett, el acoso no solo fue cruel, sino también implacable y alimentado por el anonimato. Los trolls creaban perfiles falsos solo para atacarlo, lo que hacía imposible saber quién estaba detrás de los ataques. «Era realmente frustrante», compartió Mesette. «Los comentarios vulgares y el discurso de odio son una cosa, pero lo más difícil es no saber quién lo está haciendo ni de dónde viene. No sabes contra qué te estás enfrentando».

En 2021, tras participar en un desfile del Orgullo, comenzaron a circular por Internet fotografías desnudas desde una cuenta anónima que afirmaba falsamente que la persona de las imágenes era Messett. El impacto fue devastador: la situación provocó una fuerte tensión con su entonces pareja, así como con su familia y entorno cercano. «Me invadió una sensación de duda. Acepté la derrota durante un tiempo», recuerda Messett. Debido al acoso continuo, Mesette ha tenido que cambiar varias veces sus cuentas de Instagram en un intento por crear un espacio digital más seguro y afirmativo. Pero, a pesar de estos esfuerzos, sigue luchando por encontrar comunidades tranquilas en Internet.

Cuando activistas, escritores y periodistas utilizan sus cuentas en redes sociales —en particular plataformas como Instagram— como una extensión de su trabajo profesional y político, estos espacios digitales se convierten en algo más que simples herramientas de comunicación. Se transforman en escenarios cuidadosamente seleccionados, pero muy personales, donde se entrecruzan la identidad, la ideología y la visibilidad. Al hacerlo, sus avatares de Instagram, tanto literales como metafóricos, se convierten en el centro de atención del escrutinio público.

Este fenómeno refleja una tendencia cultural más amplia a reducir identidades complejas a una señal visual o a feeds curados. Una sola imagen, publicación o expresión de uno mismo puede convertirse en un lugar de juicio, a menudo interpretado como una representación de todo el ser, sus creencias y la credibilidad de una persona. Queda claro que, para muchos, en particular para los miembros de comunidades marginadas, la autorrepresentación en línea nunca es sólo una cuestión de estética, sino un acto de resistencia, en constante negociación frente a la mirada digital y la amplificación algorítmica.

Para salir airosos de esta situación, es necesario un esfuerzo continuo por parte de periodistas y activistas para mantenerse firmes, lo que a menudo les obliga a proteger sus espacios y, al mismo tiempo, a establecer conexiones con otras personas afines que puedan mostrar su solidaridad en momentos difíciles. En la mayoría de los casos, el simple hecho de aparecer, de seguir estando presente sin dejarse amedrentar, es en sí mismo un acto de valentía.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Genderit. Niv for GenderIT.org

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