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«Tener que morir, ¿sin querer morir?». Lisandro Prieto Femenía

por La Redacción julio 30, 2022
julio 30, 2022
1,1K

Por: Lisandro Prieto Femenía. Docente. Escritor. Filósofo. San Juan – Argentina. 30/07/2022

«La vida del hombre sobre la tierra es combate,  

y combate primero y ante todo consigo mismo» 

Miguel de Unamuno 

El intelectual de la paradoja por excelencia, Miguel de Unamuno, intentó comprender al “hombre de carne y hueso”, alejado de las frías y distantes abstracciones, este ser que se caracteriza por afanarse a algo. Dichos afanes propios de nuestra condición estrictamente carnal pueden resumirse y condensarse en un solo deseo sublime, angustiante y necesario: no morir. 

En previas ocasiones hemos mencionado la vinculación intrínseca del ser-para-la-muerte propuesto por Heidegger y realizábamos algunas asociaciones con la propuesta interpretativa que nos lega el gran Unamuno en cuanto al apego que tenemos de no querer dejar de ser lo que somos, nunca. Como sostuvo en alguna oportunidad el filósofo Fernando Savater, es indudable que nuestro autor de referencia era “el amigo de la inmortalidad” y, consecuentemente, “enemigo decidido de la muerte”, utilizando la expresión que sostendría el pensador búlgaro Elías Canetti (1905-1994) el cual se esmeró en intentar quitarle todo crédito posible, exponiendo su lado mas oscuro de absoluta “maldad” y contraponiendo a ella un amor incondicional por la vitalidad de todo lo existente en nuestro mundo. 

Pero, ¿de qué muerte reniega nuestro vasco? Indudablemente no se trata solamente del cese físico de nuestra existencia, sino de algo aún más arraigado y complementario expresado en el más hermoso capricho existencialista que se pueda expresar: “me urge no morir, quiero vivir siendo yo, tal cual soy, por siempre”. Acaso, amigos lectores, ¿no lo han pensado de manera similar en algún momento de vuestras vidas? Sucede que Unamuno logra subvertir un acto de soberbia y de exigencia supernatural en el rasgo más carnal y propio del hombre real: casi nadie quiere dejar de existir tal cual es. 

Unamuno sostenía que la vida es, en cierto sentido, agonía fruto de una lucha constante entre la razón y el sentimiento exponiendo un trágico problema filosófico de lograr conciliar las necesidades racionales con las afectivas.  Ante la carencia de un anclaje de sentido, nuestro autor recomendaba ante la taxativa finitud del cuerpo, la creencia de algún tipo de trascendencia de nuestro transcurrir terrenal: el deseo de existencia de una divinidad o la inmortalidad se debería más bien a una fe irrenunciable como afirmación propia del creyente. Como vemos, fe y razón en este planteo no se contraponen ni se contradicen, justamente porque al filosofar lo que intentamos hacer es justificarnos en nuestra existencia conflictiva que nos constituye como lo que somos: una relación agónica entre lo individual y lo comunitario, entre alma y razón, entre lo intelectual y lo sentimental.  

La materia prima de cualquier persona que quiera dignarse algún día a filosofar es, según nuestro autor, la realidad del sí mismo, del nosotros mismos, expresada en el motor vital del no querer morir, que lejos de ser un deseo fantasioso está estrictamente asociado al origen de un sentimiento trágico compartido por casi todos los mortales, a saber, el“apetito de divinidad”.  

Ahora bien, (y acá se pone jodida la cosa) necesitamos preguntarnos imperiosamente lo siguiente: ¿qué sucede con quienes deciden abandonar voluntaria y trágicamente su existencia? Al parecer, esto de “querer ser siempre yo” no nos pasa a todos los mortales. Es más, para muchos la “insoportable levedad del ser” (Milan Kundera)  se torna inaguantable al punto tal que la afinidad hacia el abismo de la nada resulta más atractiva que el hermoso capricho existencialista mencionado precedentemente. Nos adentramos en las arenas movedizas del deseo del dejar de existir. Unamuno pudo exponer dicho sentimiento inescrutable en algunos de sus cuentos, referenciando al motor de dicha acción como un afán de regresar al seno matero en el proceso de búsqueda de un padre que se fue demasiado pronto.  

Pero vamos más allá. Dejaremos de lado los casos en los cuales las personas padecen una agonía atroz fruto de una condición patológica que les quita literalmente las ganas de vivir, o también los contextos de extrema vulnerabilidad psíquica fruto de una vida plagada de violencia, abusos e injusticias. Nos enfocaremos específicamente en lo que le puede suceder al ser humano al que denominamos “uno”, “uno más”, “uno como yo”, al cual aparentemente nada de lo previamente indicado le estaría aquejando y al cual, procesual o repentinamente, se le apaga literalmente el comando. 

Redención lógica ante una existencia absolutamente absurda e ilógica (Camus); un acto prudente de valentía de aquellos hombres cuya vida se ha tornado una carga extremadamente pesada (Hume); una demostración de cobardía de quienes aman la vida pero no aceptan sus condiciones de existencia (Schopenhauer); una manera elegante de retirarse «a tiempo», intentando obviar la decadencia, la vejez, la vergonzosa decrepitud del cuerpo y la mente (Nietzsche); una decisión conscientemente planificada, impulsada por una exacerbada idealización de las influencias sociales sobre el sujeto (Durkhein), etc. Definiciones, interpretaciones y teorizaciones abundan, y no todas coinciden en un mismo aspecto. Lo cierto es que a pesar de habernos acompañado en todas las etapas de nuestra historia, el suicidio resulta, hasta hoy, un fenómeno desconcertante, misterioso, extremadamente doloroso y, en cierta medida para muchos, muy difícil de comprender. 

No pretende ser éste, una investigación académica que pueda desarrollar el tema de manera cabal, como realmente lo merece. Motivan estas letras la necesidad de invitar a pensar, individual y colectivamente, en un fenómeno que quiebra completamente la «normalidad» y que produce un dolor irremediable en quienes quedamos expectantes ante el abismo de sinsentido que prolifera de semejante acción. La violencia y la agresividad no solo hacia sí mismo por parte del que lo hace, sino hacia quienes se encuentran con la escena desconcierta completamente cualquier intento de interpretación que busque comprensión: se deja establecido, de una manera u otra, un mensaje, a veces explicito, a veces sutilmente sugerido que nos posiciona en un estado de fragilidad tal que nos enfrenta a lo irremediable y a lo más crudo de las posibilidades de existencia.  

Como siempre hemos sostenido en nuestras líneas, es preciso hacer hincapié que la libertad no es un efímero ideal comercial que se consigue mediante la adquisición de ningún bien ni servicio, sino mediante la práctica constante, habitual y permanente de la reflexión y el ejercicio pleno del pensamiento crítico. El abandono voluntario del pensar nos ha desensibilizado a un punto patético, en el cual no nos sentimos parte de nada ni de nadie al mismo tiempo que creemos que ficticiamente todos tienen que estar cerca para acudirnos. Pues no. Formar parte de una comunidad pensante también implica saber escuchar y saber pedir ayuda sin pudor alguno, rompiendo la lógica individualista que nos empuja a vivir según el falso imperativo de que cada uno se salva por su cuenta y solo por sus propios y únicos medios.  Si hay algo que nos queda claro, ante semejante incertidumbre que produce el suicidio, es que tal vez no sea posible evitarlo en casos puntuales en los cuales el sujeto no encuentra posibilidad racional alguna de aferrarse a algo que lo disuada. 

 Lo que sí, y de ésto estamos convencidos, es fundamental prestar atención a los síntomas de autodestrucción permanentemente promocionados por agendas comerciales que han logrado subvertir el sentido de la propuesta de Unamuno, tornándola en un total desprecio por el interés de conocerse y quererse a sí mismo para convertirnos en parte de una masa amorfa de consumidores que lejos de apreciar su identidad y desear su eternidad buscan la notoriedad virtual a cualquier precio. Tal vez, y ésto es sólo una simple hipótesis, si logramos educar y formar a nuestra juventud en un modelo educativo integral que tenga como núcleo la autonomía mediante el pensamiento crítico, la valoración respetuosa y coherente a la diversidad y la construcción de una comunidad en la que nadie está de más, sólo así, tal vez, podemos iniciar un camino que apunte a la dignidad que brinda la percepción de una existencia que, a pesar de todos sus avatares, vale siempre la pena ser vivida. 

Fotografía: okdiario

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