Por: Victor Ortega. 18/09/2025.
Manuel Anzaldo Meneses militaba en la Liga Comunista 23 de Septiembre hasta que fue capturado tras una delación cuando dicho agrupamiento estaba en un proceso de fragmentación tras la destrucción de su dirección nacional. En 1976, después de estar preso en la penitenciaria de Lecumberri y en el Reclusorio Norte desde un año atrás, es trasladado a la cárcel de Santa María Acatitla. En esta cárcel compartió celda con Guillermo Rousset Banda, fundador del Partido Mexicano del Proletariado. En Sobre Guillermo Rousset Banda, Anzaldo Meneses escribe:
“[…] En este recinto viví horas infinitas de anécdotas, de pláticas de noticias. Tenía yo veintitrés años y había formado parte de un grupo de discusión extremadamente radical al seno de la dirección de la Brigada Roja de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Todos sus integrantes nos deshacíamos escudriñando los textos clásicos marxistas y reflexionando el pensamiento radical post sesenta y ocho y el de los filósofos europeos. Buscábamos respuestas a nuestras interrogantes. Esta labor nos hizo coincidir en posiciones ahora olvidadas: la universidad fábrica, la necesidad de la revolución, la identificación del oportunismo en el seno del movimiento revolucionario. Solíamos acompañar nuestras discusiones, consistentes en una feroz y constante crítica al Partido Comunista (PC), al estalinismo y al oportunismo, con una práctica acorde a la época: asaltos bancarios, propaganda armada, secuestro, recuperación de armas y bienes, combate al oportunismo, hostigamiento a las fuerzas represivas de la oligarquía.
“Yo había abrevado en los marxistas catalanes, muy particularmente del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Estas ideas me habían hecho enardecer contra los pescaditos locales y soviéticos, me habían proporcionado también muchos argumentos. Al inicio, el estudio de la escasa literatura existente me impulsó hacia el maoísmo, pero pronto rompí con esta corriente para incorporarme de lleno al marxismo no-leninista. Al llegar a la cárcel esta posición me aisló, sobre todo por el escaso nivel teórico de mis compañeros de presidio.
“[…] En mi juventud me había familiarizado con textos e historias de Andrés Nin, de Joaquín Maurín, de Buenaventura Durruti y de otros extraordinarios revolucionarios, sin dejar de lado a los chinos, los vietnamitas y muchos más. En su momento, yo y otros miembros más del grupo habíamos estudiado y discutido el pensamiento latinoamericano de los brasileños, los peruanos y de los argentinos. Había leído también y con dificultades El Capital de Carlos Marx, hasta llegar a las oscuridades de los borradores de ésta gran obra, escritos entre 1857 y 1858, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse). Mi curiosidad intelectual me había llevado a conocer las interpretaciones del marxismo, desde la obra de Martha Harnecker hasta la de George Lukács, y a detener la mirada en otros autores de manera muy marginal.
“Apasionado nacionalista, conocí desde muy joven múltiples contrahistorias provenientes de la aristocracia indiana. Asimismo, mi fuerte raigambre tlaxcalteca me permitió experimentar y entender agresiones permanentes originadas en esta condición. Templé mi espada en duras piedras colonialistas.
“Desde la esfera militante, nos enteramos y sufrimos la derrota chilena, marcada por el asesinato de Salvador Allende, como propia y confraternizamos con los refugiados. ¡Años después fue una sorpresa que hasta un joyero uruguayo exiliado fuera nuestro maestro en el taller de artesanías en ReNo!
“Las enseñanzas de Guillermo en el terreno de la economía política se mostraron inconmensurables. La cantidad de obras imponía, pero la precisión y el comentario dominaban la dinámica pedagógica. No bastaba con referirse a la cita, la biblioteca era volteada para sustraer el texto y leer los renglones correspondientes. La noche se iba leyendo esos libros y discutiendo sus contenidos. Simon Leys y su obra Los trajes nuevos del emperador o Los juicios de Moscú representan sólo algunas de las muchas joyas descubiertas y apenas recordadas. Constituyeron demoledoras lecciones contra mis férreas convicciones adquiridas en la militancia radical, en las brigadas urbanas, en las colonias proletarias, en la lucha sindical.
“Junto a este ámbito, Guillermo estudiaba por igual a los poetas malditos y a los escritores iconoclastas. Podía analizar la obra del marqués de Sade o de los poetas priápicos de la misma manera que abordar a Kondratiev, los ciclos y los procesos económicos.
“No había espacio para el desconocimiento: con él releí a Michael Foucault, a Gaston Bachelard, a Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno. Desarrollé una vida agobiante: caminábamos todo el tiempo con la ardilla enloquecida, girando en una minúscula prisión. Muchas veces me sentía como los peripatéticos, en presencia de un Sócrates marxista.
“Pero lo más importante fue realizar la lectura y el estudio del pensamiento político marxista contemporáneo, particularmente de las reflexiones derivadas de grupos franceses como el de Socialismo o Barbarie, o aquel aglutinado en torno a la librería El Viejo Topo. Me entusiasme al conocer otros universos, como el de Cornelius Castoriadis, el de Michel Raptis y muchos más. Vislumbrar este mundo lejano y complejo, en cambio, me hizo lamentar el estado de ignorancia del movimiento comunista, libertario, o como se definiera, en nuestro país.
“Discutimos mil veces este nuevo acervo de ideas, sintetizado en las tesis postuladas en la revista Autogestión. Entendí la noción, acuñada por Guillermo, de capital colectivo estatal, vinculada al capitalismo burocrático. La hegemonía y la intransigencia de este tipo de capital permitían comprender el poder soviético y una buena parte de las tendencias nacionales.
“Guillermo utilizaba todo tipo de herramientas conceptuales en sus estudios. Llegó incluso a recurrir al pensamiento de José Ortega y Gasset y el de filósofos existencialistas para encontrar la cuadratura del círculo.
“Proveniente de la Liga Comunista 23 de Septiembre, ahora me explicaba cosas apenas intuidas en el pasado. Las acérrimas críticas efectuadas a la verticalidad de la organización leninista y al autoritarismo, el fenómeno de la subsunción del capital se empezaron a tornar diáfanos y proporcionaron argumentos para resolver los problemas que habían sido evocados en las discusiones armadas. Por primera vez me sentí parte del mundo y dejé de sentirme tan solo y perdido.
“Temas como el papel del sindicato, el cretinismo electoral de la izquierda amaestrada se transformaban en una metódica y minuciosa argumentación que nos unía y nos volvía vituperantes. La brillante concepción del capital colectivo estatal, por ejemplo, conservan aún su claridad y su vigencia después de largos decenios; explica de manera incómoda un problema mayor y por ello ha sido ocultada e ignorada.
“Guillermo implementaba una argumentación brutal, despiadada y rigurosa, que no constituía la mejor estrategia para difundir sus posiciones. Cual orfebre, decantaba con infalibilidad ideas profundas, pero la forma de discutir y discernir le creaba enemigos y rivales. Implacable, desplegaba los peores argumentos y actitudes para demoler las objeciones y llevar al rival al absurdo, al delirio y a la desesperación. Era capaz de sacar de sus casillas a sus más fervientes admiradores y discípulos, pero aún a sus reales o sus supuestos rivales. En contraste, sus prioridades se mostraban en ocasiones demasiado mundanas: dinero, mujeres, tenebra. Lo anterior, sumado a su inconstancia y su proclividad por las mujeres, lo llevaron con frecuencia a ser ignorado y hasta vituperado.”
