Por: Norberto soto Sánchez. 17/12/2025.
El 15 de diciembre Donald Trump firmó una orden ejecutiva mediante la cual designa al fentanilo ilegal como “arma de destrucción masiva”, mientras que por la tarde-noche del 16 publicó en su perfil de la red Truth Social, un mensaje con el que anuncia un bloqueo naval a Venezuela, exigiendo que dicho país entregue “el petróleo, las tierras y otros activos” (https://cutt.ly/vtajJxXg).
Se trata de una nueva escalada en la ya de por sí elevada cadena de amenazas y agresiones imperialistas que desde su llegada a la presidencia por segunda ocasión ha esgrimido contra Colombia, México y Venezuela bajo el pretexto de la supuesta lucha contra el narcotráfico, algo de lo que acusan al presidente de este último país, Nicolas Maduro.
Esa nueva etapa inició desde septiembre pasado, y ha consistido, además de la movilización de miles de tropas y su portaaviones más grande ─el U. S. S. Gerald R. Ford-, en bombardeos a pequeñas embarcaciones y ejecuciones extrajudiciales de personas presuntamente involucradas en actividades de narcotráfico.
Según el monitoreo que lleva a cabo el New York Times, hasta el momento son 25 ataques donde han sido asesinadas 95 personas tanto en el Caribe como en el Pacífico (https://cutt.ly/ktaj8eY8).
A su vez esto se da luego de que Estados Unidos incautara un buque petrolero venezolano el pasado 10 de diciembre, bajo la acusación de que Venezuela participa en una red ilícita que envía petróleo a organizaciones terroristas extranjeras.
En el fondo se trata de la implementación de la doctrina Monroe, la cual, proclamada el 2 de diciembre de 1823 por el presidente estadounidense James Monroe, establece como premisa central que cualquier esfuerzo de las potencias europeas por colonizar territorios en América sería interpretado como una amenaza directa a la seguridad yanki, otorgándoles el pretexto para responder mediante la fuerza militar.
Bajo el conocido lema «América para los americanos», esta política consolidó la visión de que América Latina es la esfera de influencia exclusiva de Washington. En la práctica, este enfoque ha servido para justificar, desde entonces y hasta el presente, la injerencia constante del gobierno estadounidense en los asuntos internos de los países vecinos, tratándolos como parte de su propio dominio estratégico.
Probablemente sea a partir de 1969, durante la administración de Richard Nixon, que la racionalidad imperial estadounidense comienza a percatarse de la potencialidad que la “guerra contra las drogas” tiene para imponer políticas a los países de su zona de influencia.
Sin embargo, el doble juego del imperialismo estadounidense siempre ha estado presente en torno al tema del narcotráfico. Tal como refiere el periodista y veterano de la Guerra de Irak de 2003, Seth Harp, en su libro ‘The Fort Bragg Cartel’ (2025), “desde la Segunda Guerra Mundial, las drogas ilegales han servido como moneda común para fines de espionaje, operaciones paramilitares y acciones encubiertas, y las entidades extranjeras que eligen trabajar para el ejército estadounidense y la CIA (los centinelas gemelos del capitalismo global) a menudo se benefician de esta, la más capitalista de todas las empresas” (p. 83).
Y no es una situación que actualmente no esté vigente: en su investigación, Harp expone una serie de casos ─a partir de archivos y entrevistas- de soldados de élite del Comando Conjunto de Operaciones Especiales de EE.UU (JSOC) que durante la última década han traficado todo tipo de drogas ilegales a su país, y se han visto involucrados en asesinatos, violaciones y feminicidios.
Se trataría de comunidades, organizaciones tácitas y sin nombre que distribuyen drogas dentro y fuera de bases militares, beneficiados por una red de privilegios e impunidad que desde las instituciones de administración e impartición de justicia se les otorga, como una especie de recompensa por los servicios que han prestado al convertirse en “máquinas de matar motorizadas por anfetaminas” (p.58), eso sí, para preservar los valores occidentales y cristianos.
A partir de la obra de Seth, que ahonda en detalles sobre la situación política que permitió que el Afganistán post régimen talibán emergiera como la gran productora de heroína tras la intervención estadounidense, podemos afirmar que, en caso de una intervención igual en Venezuela, emergerán nuevos “señores de la droga” títeres del imperialismo yanki.
Ahora bien, para el caso mexicano, la designación del fentanilo ilegal como “arma de destrucción masiva” significa otro momento de tensión política ya que, de acuerdo con el Congreso Estadounidense, México es el mayor productor de dicha sustancia a nivel mundial (https://cutt.ly/Atak1RtF).
De momento la amenaza de ataques militares se cierne más sobre Venezuela, aunque no se podría descartar algún movimiento de ese tipo sobre México o Colombia. Como sea, el asunto no son las drogas, sino los recursos naturales de lo que Estados Unidos considera su patio trasero, así como del flujo del capital financiero a partir de la movilización del complejo industrial-militar. Si no fuera así ¿Por qué lleva décadas hablándose de “cárteles” en América Latina, pero jamás se ha hablado del “Cártel de Afganistán”, aun cuando este país, bajo un gobierno impuesto por Estados Unidos, llegó a producir el 90% del opio a nivel mundial en 2011 según datos de la ONU? (https://cutt.ly/wtaluLZ8)
Recordemos que el término “Cártel” para referirse a las organizaciones que se dedican a la producción y trasiego de sustancias psicoactivas ilegalizadas es una invención estadounidense: ellos la propusieron para nombrar al “Cártel de Medellín” a mediados de los 1980’s ─organización que, para variar, ellos mismos potenciaron-; el 8 de abril de 1986, Ronald Reagan firma la decisión directiva 221, la cual elevó el tema del narcotráfico a asunto de seguridad nacional para EE.UU (https://cutt.ly/8tak3Pqz). Esto no es casualidad: el horizonte semántico del término “cártel” desde esta lógica imperial, siempre ha apuntado, por un lado, a difuminar el papel de Estados Unidos en el tema del narcotráfico y del empoderamiento que mediante las armas les da a esas estructuras, y por otro, pintarlas como enemigos formidables que supuestamente logran doblegar a los estados-nación, convirtiéndose en peligros hemisféricos ante los que se debe intervenir.
En la dirección de cuestionar esa narrativa hay importantes obras como la de Oswaldo Zavala, quien llega a afirmar que “los cárteles no existen”. Con ello él no dice que los narcotraficantes no existan, sino que es fundamental dejar de verlos como entidades al margen de los estados burgueses y de la dinámica imperialista que dice combatirlos.
De lo que se trata, nos dice Harp, es del establecimiento de un paradigma de guerra permanente, ahora contra el “narcoterrorismo”, término que buscará asociarse cada vez más a los nuevos enemigos de EE.UU: Rusia y China. Se trata de una nueva modalidad de hacer la guerra, donde el estilo estadounidense se caracteriza “…en un grado aún mayor que antes, por el uso de operadores especiales, contratistas, fuerzas de poder locales, drones, espías, saboteadores y hackers, todos actuando en el contexto de un entorno mediático en inglés dominado como nunca antes por la propaganda producida por el ejército y el Departamento de Estado y difundida por las agencias de noticias, la radio pública y los periódicos oficiales” (p. 283), en la lógica de operaciones psicológicas de desinformación.
A propósito de lo que sucedió en Culiacán, Sinaloa, el 25 de julio de 2024 en que aprehendieron a Ismael ‘El Mayo’ Zambada, ¿no estará ya implementándose en México algo así desde hace tiempo? La duda adquiere más fuerza cuando hace unos días se anunció la vinculación del exagente de la CIA Robert Sensi con el llamado “Cártel Jalisco Nueva Generación”, a quienes dotaba de drones para cargar explosivos. Sensi, a pesar de ser un personaje con amplia trayectoria dentro de la comunidad de inteligencia norteamericana (https://cutt.ly/htalEMpB), bien puede ser una pieza totalmente desechable en el gran tablero del comercio de drogas e instauración de violencia que históricamente ha implementado la CIA. No sería el primero.
Por todo esto, retomando la idea de Zavala, podríamos ir más lejos: el único cártel que existe, en realidad, es el de Washington.
Referencias:
Harp, Seth. The Fort Bragg Cartel. Drug Trafficking and Murden In The Special Forces. Viking, 2025.
Fotografía tomada de Wikipedia
