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Entrevista a Stathis Kouvélakis / La crisis de la democracia liberal y la estrategia socialista

por RedaccionA abril 7, 2026
abril 7, 2026
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Por: Brais Fernández. 07/04/2026

Stathis Kouvélakis (Atenas, 1965) es un teórico político marxista, activamente comprometido con la lucha de la izquierda comunista. Ha sido profesor de teoría política en el King’s College London. Es autor y editor de numerosos libros, entre ellos La France en révolte. Luttes sociales et cycles politiques (Paris, Textuel, 2007), Critical companion to Contemporary Marxism (Haymarket, Nueva York, 2009) y Philosophie et révolution de Kant à Marx (La fabrique, 2017). Es miembro del consejo editorial de la revista Contretemps, codirector de la colección “Lignes rouges” de la editorial Amsterdam y miembro del consejo científico del Instituto La Boétie.

Brais Fernández: Podemos suponer que hay consenso en la izquierda de que estamos viviendo un cambio de ciclo. Mientras que a partir de 2008 fueron los movimientos contra la austeridad los que desafiaron los regímenes políticos neoliberales en el centro capitalista, desde la pandemia hemos visto cómo el péndulo se ha inclinado hacia la extrema derecha, que ha tomado la iniciativa. Esto también tiene lugar, y es muy importante, en un contexto de creciente agresividad imperialista. En tu opinión, ¿cuáles son las causas subyacentes de este auge de la extrema derecha y cómo se relacionan con la crisis de la democracia liberal?

Stathis Kouvélakis: Debemos combinar dos niveles de análisis, uno más coyuntural y otro más estructural, o al menos situado en una perspectiva a más largo plazo. Desde el inicio de la crisis de 2008 se produjo una carrera entre la izquierda radical y la derecha radical para ver quién ofrecía una salida creíble. A mediados de la década de 2000, ya existían fuerzas bien asentadas de la derecha radical en muchos países europeos (Francia, Italia, Austria, Países Bajos, Escandinavia). 

En EE UU, el Tea Party surge a partir de las elecciones de mitad de mandato de 2010, mientras que la influencia de la derecha cristiana dentro del Partido Republicano crece desde la era Reagan. Sin embargo, como sugieres, el año 2011 marca un punto de inflexión, con una ola de protestas masivas que estallan a ambos lados del Mediterráneo y el movimiento Occupy en EE UU. Sin embargo, el auge de la izquierda antineoliberal se limita a los eslabones débiles del centro capitalista, es decir, los países de la periferia europea más afectados por la crisis y por las protestas populares (Grecia, España, Portugal, Irlanda). El segundo punto de inflexión se produce en 2015, con la capitulación de Syriza, que Perry Anderson comparó acertadamente con el voto de los créditos de guerra por parte de la socialdemocracia alemana en 1914. Podemos y casi todo el resto de la izquierda radical europea se apresuraron a aprobar la decisión de Tsipras y ese fue el final de ese ciclo para la izquierda.

El camino quedó entonces expedito para que la derecha radical cosechara los frutos del descontento popular. Su tarea se vio facilitada por la constante radicalización de las políticas racistas y xenófobas aplicadas por todos los gobiernos del extremo centro e institucionalizadas a escala europea por la UE y sus políticas de externalización de las fronteras. La impugnación desde abajo de la intervención estatal, alimentada por la gestión autoritaria y socialmente injusta de la crisis de la covid también ayudó a la derecha radical, ya que la izquierda se mostró incapaz de desarrollar un enfoque distinto sobre esta cuestión. 

Una perspectiva a más largo plazo sugiere que la crisis de 2008 amplificó la rampante crisis de hegemonía resultante de la estabilización del consenso neoliberal entre las élites políticas occidentales a partir de la década de 1980, lo que se ha denominado el dominio del extremo centro. Los partidos políticos y las organizaciones de masas de la sociedad civil se han vaciado, la abstención alcanza niveles sin precedentes y la autoridad moral e intelectual del establishment se está desmoronando.  

Estos elementos constituyen lo que Gramsci describió como la ruptura de las relaciones entre los grupos sociales y las clases y sus formas de expresión política en las condiciones de la democracia liberal. Añadió que “cuando se producen crisis de este tipo, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones violentas, a las actividades de fuerzas desconocidas, representadas por carismáticos hombres del destino”. Con su discurso racista y falsamente antisistema, la extrema derecha se mostró particularmente astuta a la hora de ganarse el apoyo de amplios sectores de las clases trabajadoras y populares abandonadas por la izquierda. 

Porque la izquierda, con limitadas excepciones, se ha replegado en lo que se ha convertido en una especie de zona de confort. El núcleo de su base social restante está ahora constituido por las clases medias educadas y las generaciones más jóvenes de la gente graduada que experimenta un descenso social. La presencia de las clases trabajadoras y populares es débil en su electorado y aún más en su militancia y sus cuadros. La izquierda seguirá siendo una fuerza en declive mientras persista en reproducir esta configuración. La fuerza de la derecha radical proviene de la impotencia de la izquierda y de su propia capacidad para presentarse como una fuerza que, al tiempo que cuestiona el statu quo, impone una forma de orden, una visión de la sociedad que supuestamente pondría fin a la crisis del orden neoliberal configurado por el extremo centro. 

B. F. Una opinión común, no solo entre la izquierda marxista, sino también en la corriente dominante, es la analogía entre la crisis actual y la de los años veinte y treinta (Italia, Weimar, Austria y, también, Francia). ¿Qué similitudes y diferencias ves? ¿Está la burguesía pensando en un régimen político que rompa con la democracia liberal para mantener su dominio?

S. K. Mi postura, probablemente poco popular entre la izquierda radical, es que considerar la situación actual como una repetición de los años veinte y treinta es profundamente engañoso. Calificar de fascista a la extrema derecha actual es esencialmente un tropo retórico que difícilmente convence a nadie, más allá del entorno de los círculos militantes de izquierda, que tratan de aparecer como dignos sucesores de los héroes antifascistas del pasado. Más recientemente, ha sido adoptada por parte de los medios de comunicación y los sectores liberales o de centroizquierda, lo que ha convertido el antitrumpismo y sus variantes nacionales (el antilepenismo en Francia, etc.) en un sustituto de cualquier contestación real de las políticas autoritarias, antisociales y militaristas aprobadas por las mismas personas cuando las aplica el extremo centro neoliberal. No necesitamos asimilar al fascismo lo que está sucediendo para encontrarlo espantoso y convencernos de que debemos combatirlo por todos los medios necesarios. 

El núcleo racional de la analogía es que, como nos enseña la historia, en situaciones de gran crisis, el orden capitalista produce ‒o es perfectamente compatible con ellos‒ todo tipo de regímenes políticos, como el bonapartismo, las dictaduras militares, el fascismo y otras formas de estados de excepción, todos los cuales difieren cualitativamente de la democracia liberal. El fascismo de entreguerras fue un movimiento de masas que surgió en sociedades brutalizadas por una guerra mundial total y que se enfrentaban a la posibilidad de una revolución social. Sus componentes esenciales eran el nacionalismo étnico, el anticomunismo, la acción callejera violenta, la voluntad de derrocar los regímenes parlamentarios y sustituirlos por una forma de Estado totalmente diferente, la oposición frontal al liberalismo y la visión de una sociedad militarizada orientada hacia la guerra y la expansión imperial.  

El racismo, y más concretamente el antisemitismo, desempeñó un papel central en el caso del nazismo, pero casi ninguno en el auge del fascismo italiano, y fue solo un aspecto secundario, a veces incluso relativamente menor, de la familia más amplia de regímenes fascisantes, es decir, autoritarios y contrarrevolucionarios, de ese período (Hungría, Rumanía, España, Portugal, Grecia).

También debemos recordar que incluso los regímenes constitucionales liberales pasaron por momentos extremadamente coercitivos, como las leyes de emergencia contra los anarquistas en la Francia (republicana) de la década de 1890, el macartismo (y sus equivalentes en otras partes de Occidente) en la década de 1950 o la represión de la extrema izquierda en Italia y Alemania en la década de 1970. El tipo de antifascismo que promueve hoy la corriente dominante se basa en la idealización liberal de la propia democracia liberal. La izquierda debería rechazarlo y hacer hincapié en que los derechos y las libertades siempre se han conquistado, a un alto precio, mediante luchas populares, y no por alguna virtud intrínseca de los regímenes liberales. 

Hoy en día, la extrema derecha, o quizá sería mejor decir la derecha radical, es un fenómeno electoral, con expresiones marginales (aunque crecientes) en la acción callejera. Su racismo virulento se presenta como una visión defensiva, destinada a proteger a la nación y a las sociedades europeas de diversas amenazas (inmigrantes, musulmanes, invasores no blancos, etc.). Su promesa social a las clases populares es una especie de redistribución interna basada en criterios raciales, que supuestamente favorecerá a los verdaderos nacionales, es decir, a los blancos y no musulmanes, en la prestación de servicios sociales y en el mercado laboral. Hoy en día, los belicistas se encuentran mucho más en este centro neoliberal, incluida la socialdemocracia y los diversos partidos verdes, que en la derecha radical. Ninguna fuerza política de alguna importancia en Occidente tiene una visión política que rompa con las instituciones parlamentarias.  

Los discursos antimigrantes e islamófobos, y el tipo de políticas que los acompañan, son compartidos por casi toda la corriente política dominante, desde Orbán hasta Macron. Incluso la defensa de los derechos de las minorías ha sido recuperada en cierta medida por el discurso homonacionalista y femonacionalista de las fuerzas más ágiles de la derecha radical. Algunos de sus líderes más destacados son mujeres que cumplen todos los requisitos de la modernidad (como Marine Le Pen o Giorgia Meloni), mientras que otros reivindican abiertamente su homosexualidad (Alice Weidel, Heinz-Christian Strache, Filip Dewinter; Pim Fortuyn es en este terreno un pionero). 

La islamofobia alimenta la política dominante mucho más allá de la extrema derecha. Ha demostrado ser un formidable pegamento ideológico que permite todo tipo de combinaciones entre la defensa de las y los judíos y/o Israel, las personas LGBT y los derechos de las mujeres, el nacionalismo blanco, etc. Pablo Stefanoni ha proporcionado un análisis muy estimulante de algunos aspectos de la derecha radical contemporánea y ha demostrado claramente que no podemos analizarla con las lentes del pasado, aunque la mayoría de estas fuerzas sigan teniendo opiniones reaccionarias sobre muchas de las llamadas cuestiones sociales. 

Considero que el auge de la extrema derecha es tanto un factor autónomo que acelera el giro autoritario de las sociedades y los regímenes políticos occidentales como el resultado de ese giro, que comenzó en la década de 1970 con la crisis terminal del compromiso social keynesiano de la posguerra. Como es sabido, Stuart Hall calificó el thatcherismo de populismo autoritario, adoptando en parte, pero también modificando, la noción desarrollada por el difunto Nicos Poulantzas de estatismo autoritario. El punto esencial en este terreno es que no debemos ver las dos dimensiones de la dominación burguesa, el consentimiento y la represión, ni como mutuamente excluyentes ni como un juego de suma cero. Podemos tener tanto una mayor represión como formas ampliadas de consentimiento con esa represión. 

Esta represión proviene sin duda de arriba, es decir, del Estado, y es necesaria para llevar a cabo el desmantelamiento del compromiso social de la posguerra llamado Estado del bienestar. Pero consigue instigar y capturar el pánico moral que se extiende desde abajo, desde un contexto de degradación de la vida cotidiana y una estructura de sentimientos dominada por una experiencia de declive y una falta de expectativas de futuro positivas. Dada la impotencia de la izquierda, el resultado es un consentimiento más amplio con los discursos y políticas autoritarias, de los que el racismo y las exigencias de ley y orden son componentes esenciales.

B. F.  Esto nos lleva a la cuestión del Estado capitalista, que, como sabemos, no es un órgano neutral y, al mismo tiempo, se articula a través de un complejo proceso hegemónico. Si redujéramos la cuestión a la forma política, aunque no sea el horizonte último para quienes están comprometidos con la perspectiva del socialismo, también es obvio que la democracia liberal sigue condensando un conjunto de libertades políticas que, aunque en declive, representan conquistas históricas del movimiento obrero. ¿Cuál debería ser la posición y la estrategia de los marxistas ante la forma actual del Estado capitalista y la crisis de la democracia liberal?

S. K. Es bastante fácil ver que la democracia, se defina como se defina, está hoy en día en retroceso en todo el mundo. En pocas palabras, el efecto combinado de las políticas neoliberales, la globalización capitalista y la derrota de las experiencias y movimientos socialistas del siglo XX ha sido un declive del tipo de democracia liberal tal y como la conocíamos en los países del centro capitalista. La noción de Poulantzas de estatismo autoritario estaba concebida  para comprender las transformaciones estructurales del Estado cuando el neoliberalismo aún se encontraba en sus fases iniciales: el papel reforzado y más directamente político de los niveles superiores de la burocracia estatal, el fortalecimiento del poder ejecutivo a expensas de las instituciones representativas, el debilitamiento de las formas establecidas de mediación política, como los partidos y los sindicatos, la creciente importancia de los medios de comunicación de masas, que desempeñan cada vez más el papel que antes correspondía a los partidos, la proliferación de las nuevas tecnologías de vigilancia y de formas más difusas de represión. En otras palabras, el neoliberalismo no equivale a menos Estado, sino a un proceso de desdemocratización del Estado y su subordinación más directa a las necesidades de la acumulación capitalista. 

Por supuesto, en este panorama faltaba lo que vino después del final de la década de 1970, o sea, el auge de los partidos de extrema derecha y la forma en que estas fuerzas politizaron el racismo. El racismo, por supuesto, ya existía como fenómeno constitutivo del sistema mundial capitalista. Está arraigado en la fragmentación jerárquica de la fuerza de trabajo global que lo acompaña, como analizó brillantemente Immanuel Wallerstein. Pero, repito, lo que ha estado ocurriendo en los últimos años no es el retorno del fascismo, los años treinta a cámara lenta, por citar a Tony Cliff, sino una reorganización más amplia y una radicalización de la derecha, tanto a modo de reacción como de adaptación al auge del estatismo autoritario. 

Una reacción en la medida en que puede considerarse la expresión del descontento popular y del hecho de que ciertas fracciones de las clases populares y medias-bajas se niegan a ser expulsadas de la escena política dominada por el extremo centro neoliberal y su base social de clase alta. Pero también refleja una aceptación de este orden neoliberal, ya que estas fuerzas abrazan plenamente la esencia de estas políticas y piden una versión aún más autoritaria de las mismas, siempre que el coste lo paguen aquellos a los que se considera alborotadores e intrusos (minorías racializadas, migrantes, personas LGBT+, etc.). 

Es una estrategia poderosa porque captura y remodela el sentido común de amplios sectores sociales, pero en última instancia también es frágil, ya que el miedo, el resentimiento y la promoción de identidades reaccionarias solo proporcionan una base limitada para construir el consenso y un bloque social cohesionado. Las promesas sociales que se plantean carecen de contenido real, y empeorar aún más la vida de algunos no mejorará la del resto. Sin embargo, mientras no sea combatida con éxito desde la izquierda, la derecha radical ha proporcionado al Estado neoliberal autoritario la base de masas que hasta ahora le faltaba. 

Este proceso también explica la convergencia entre sectores del extremo centro, la derecha tradicional y la extrema derecha que estamos presenciando en muchos países, especialmente allí donde existe una fuerza significativa de la izquierda radical. Este es el caso, en particular, de Francia, donde la línea que prevalece cada vez más en la corriente política dominante es “cualquier cosa, incluida la extrema derecha, menos Mélenchon”.  

La conclusión obvia de todo esto es que la defensa de la democracia o, para ser más precisos, la lucha contra la desdemocratización impulsada por el neoliberalismo, debería ser una prioridad en la agenda actual de la izquierda. Históricamente, la devaluación de la democracia liberal por la tradición de la Tercera Internacional (con la excepción de Gramsci), es decir, la incapacidad de comprender que los elementos democráticos genuinos de los regímenes burgueses son conquistas duramente ganadas por las masas populares y no trucos burgueses para apaciguar al proletariado, tuvo un efecto devastador en el movimiento comunista del siglo XX. 

Pero la defensa de la democracia no debe entenderse únicamente como la defensa de las libertades y los derechos, por crucial que sea esta batalla institucional y jurídica. Para la izquierda anticapitalista, defender la democracia también debe significar luchar por la acción autónoma de las clases subalternas, atacar todo lo que las relega a la pasividad y abrir brechas en el control del capital sobre la vida social. Esta parece ser la única manera de construir una contrahegemonía de los sectores subalternos y preparar concretamente el terreno para una democracia socialista.

B. F. Pasemos ahora a algunas cuestiones de estrategia. Volviendo al paralelismo con los años veinte y treinta, dentro del movimiento comunista se pusieron sobre la mesa tres estrategias para afrontar esta combinación de crisis de la democracia liberal y auge de la extrema derecha. De manera muy esquemática, estas eran el frente único, la estrategia del tercer periodo o socialfascismo y el Frente Popular. ¿Qué lecciones y actualizaciones podemos extraer hoy de esos debates? En términos más generales, ¿cómo ves la dialéctica entre una estrategia defensiva y una ofensiva en una coyuntura que no parece muy prometedora para la izquierda?

S. K. Si estamos de acuerdo en que la situación actual no puede entenderse como una repetición, ni siquiera como una variante, de la década de 1930, entonces tenemos que replantearnos la estrategia. Esto no significa que no podamos extraer lecciones útiles del pasado. De hecho, una comprensión autocrítica del pasado es un paso necesario para empezar de nuevo. De las tres propuestas estratégicas que mencionas, es bastante fácil zanjar la cuestión del tercer periodo, una línea ultrasectaria adoptada por la Internacional Comunista en 1928 que condujo al inmenso desastre del ascenso del nazismo al poder y al aplastamiento total del movimiento obrero más poderoso de Europa en aquel momento. 

Las otras dos merecen una evaluación más cuidadosa: el frente único, entendido en sentido amplio, es decir, ampliado a todas las formas de actividad autónoma de las clases subalternas y no solo a lo que se entiende habitualmente por movimiento obrero, aparece como un componente necesario ‒pero no suficiente‒ de toda estrategia interesada en obtener victorias efectivas. Pero desde el principio, en la década de 1920, existía una ambigüedad sobre su alcance real: ¿se trata solo de una maniobra táctica, una posición temporal que se mantiene en una situación defensiva y que debe ser rápidamente superada por una línea ofensiva que reafirme el papel protagonista exclusivo del partido revolucionario? ¿O es una forma de elaborar una estrategia revolucionaria diferente del escenario de octubre de 1917, que comprenda la brecha que separa Occidente de Oriente, por utilizar las conocidas, pero a menudo malinterpretadas, categorías de Gramsci?  

Por supuesto, Trotsky tenía toda la razón en su brillante defensa de un frente único entre socialdemócratas y comunistas como única forma de impedir que los nazis accedieran al poder, en contra de la línea suicida del Partido Comunista de Alemania y de la Internacional Comunista dominada por Stalin. Sin embargo, él seguía concibiendo ese frente único como una medida defensiva que debía dar paso rápidamente a una ofensiva revolucionaria, ya que lo que estaba en el orden del día a corto plazo era la conquista del poder. En una situación tan cercana a la revolución, añade Trotsky a principios de 1932, los sóviets se convierten en “la forma más elevada del frente único” y se supone que todo el desarrollo debe seguir muy de cerca la secuencia rusa de 1917. 

Esta concepción de la revolución como algo casi permanentemente inminente se sustentaba en la conocida visión catastrofista de Trotsky del capitalismo como un sistema en descomposición, “incapaz de desarrollar las fuerzas productivas”, etc., una visión profundamente arraigada en la cosmovisión de la Internacional Comunista (una vez más, con la excepción de Gramsci) desde su creación y ya formulada en la definición de Lenin del imperialismo como una forma “parásita” y “agonizante” del capitalismo. 

Ahora bien, las estrategias del tipo Frente Popular son, en cierto modo, lo contrario del frente único. La línea de amplias alianzas adoptada gradualmente a partir de 1934 por la Internacional Comunista, a la que se sumó la mayor parte de la socialdemocracia, tenía por objeto incluir no solo a los componentes del movimiento obrero, sino también a sectores de la pequeña burguesía e incluso de la izquierda burguesa.  

Sin embargo, dado que el núcleo de la alianza estaba constituido por partidos comunistas y socialistas fuertes, su creación provocó una auténtica movilización de masas contra el fascismo. Este antifascismo popular tenía un enorme potencial anticapitalista, reflejaba la voluntad de “cambiar la vida”, como decía un eslogan francés de la época, pero este potencial entró en conflicto con la estrategia política. En Francia, la victoria electoral del Frente Popular dio una enorme confianza a las masas y desencadenó la ola de huelgas de junio de 1936, la primera movilización masiva de la clase obrera industrial del país. 

Los comunistas galos reconocieron la dimensión emancipadora de la tradición democrática francesa, que se remonta a la Gran Revolución y al momento jacobino. Sobre esa base, esbozaron una versión de una estrategia hegemónica presentándose como una fuerza nacional-popular y al mismo tiempo como el partido de la clase obrera capaz de liderar un amplio bloque social por el cambio social, una especie de gramscismo en estado práctico. Pero había una contrapartida muy pesada: el abandono de todas las posiciones anticolonialistas y una perspectiva etapista rígida que posponía el socialismo a un futuro lejano. 

Cualquier idea de articular las demandas democráticas inmediatas en un programa de transición adecuado fue rechazada por los partidos comunistas en nombre de una amplia unidad antifascista. En un contexto de creciente polarización de clases, las políticas del Frente Popular equivalían a un reformismo inviable, que asustaba a las clases dominantes, ya que surgía de una dinámica de masas, al tiempo que bloqueaba cualquier posibilidad de victorias revolucionarias. El resultado previsible fue la derrota en todas partes y el fascismo al final del camino. En Francia, la alianza se derrumbó, con el ala burguesa (los radicales) cambiando de bando y allanando el camino a la reacción y a la contraofensiva de una clase capitalista traumatizada por las huelgas de junio de 1936. 

En España fue mucho peor, ya que, a diferencia de Francia, allí se estaba desarrollando un proceso revolucionario incluso antes del éxito electoral del Frente Popular. La alianza de la izquierda se rompió desde dentro, con los comunistas aliándose con el ala moderada del Frente Popular para reprimir violentamente todas las fuerzas que pudieran conducir a desarrollos más radicales que los del antifascismo estrecho y la defensa de una República burguesa. Finalmente, ellos mismos fueron marginados por sus aliados burgueses, que intentaron llegar a un compromiso con los fascistas y finalmente se mostraron dispuestos a capitular.  

Huelga decir que toda esta estrategia estaba estrictamente en línea con la política exterior de la Unión Soviética, que en aquellos años daba prioridad a una alianza con las democracias liberales para contener a la Alemania nazi y se oponía a todo lo que pudiera desestabilizar el dominio burgués en Occidente (como las revoluciones internas o las luchas de liberación en las colonias).  

La doble lección que se desprende es que la izquierda debe evitar las trampas gemelas del ultraizquierdismo y la repetición imaginaria de glorias pasadas, aunque este riesgo parece actualmente bastante marginal. Mucho más grave es el riesgo de convertirse en una fuerza subalterna de un bloque neoliberal tambaleante. En nombre del antifascismo, algunos sectores de la izquierda parecen caer en la tentación de desempeñar el papel de fuerza auxiliar de la corriente liberal dominante. 

Este pastiche del Frente Popular histórico solo puede conducir a una derrota segura, sin aportar nada remotamente comparable a la dinámica de masas del antifascismo de los años treinta. Revela una forma de pánico que pasa por alto por completo el sentido de la derecha radical actual, es decir, el hecho de que no se trata de una repetición del fascismo, sino del resultado de la transformación del campo político moldeado por el consenso neoliberal de las décadas anteriores, un consenso que incluye el racismo, el militarismo, las intervenciones imperialistas y la complicidad en genocidios. Solo una oposición decidida a este orden neoliberal ‒cuyos pilares son el imperio estadounidense, la OTAN y la Unión Europea‒ puede ofrecer una perspectiva positiva y recuperar a aquellos sectores de las clases populares que están influenciados o tentados por la derecha radical y su falso discurso antisistema. 

Hoy en día, los experimentos de izquierda más prometedores en el Norte global, como La France Insoumise, Mamdani y otros socialistas elegidos en Estados Unidos, y la reorganización en curso de la izquierda británica, son los que han seguido este camino. La solidaridad con Palestina, un fuerte antirracismo y la oposición al militarismo, la interacción constante con las movilizaciones de base, una agenda social antineoliberal sólida y concreta, pero también la reivindicación de una visión progresista de la nación y de la soberanía nacional-popular, aparecen como los componentes constitutivos de esta Nueva Izquierda emergente.  

Si se toman en serio la política, lo que solo puede significar una política de masas, los marxistas deben formar parte orgánica de este movimiento y contribuir a su mayor radicalización en sentido antiimperialista y socialista. Pero para poder hacerlo, deben abandonar formas de pensar obsoletas e irrelevantes, como la voluntad de repetir los escenarios revolucionarios del pasado, el vanguardismo estéril y sus fantasías de pureza ideológica y una visión abstracta del internacionalismo, que apenas se diferencia del cosmopolitismo liberal. Necesitan reconectarse con los sujetos sociales y políticos realmente existentes, en primer lugar, con las clases trabajadoras y populares, para transformar el sentido común de las amplias masas y activar la construcción de un bloque contrahegemónico.

Brais Fernández es militante de anticapitalistas y redactor de viento sur.

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Fotografía: Viento sur

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