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El viaje a Japón

Por José Eduardo Celis Ochoa Cordero. 19 de abril de 2017

Tokyo

Las cosas se dieron para que sin proponérnoslo previamente se presentara la oportunidad de que mi esposa, mi hijo y yo nos reuniéramos en estas vacaciones.

Y es que inicialmente solo Mys y yo iríamos a Japón, pero afortunadamente mi hijo pudo rescatar vacaciones que le debían en su trabajo en Beijing, así que dado que Tokyo está a poco más de dos horas de vuelo de distancia qué mejor oportunidad de reunirnos los tres, además de Cristy (su novia) en Japón.

Mis lectores de Insurgencia Magisterial me conocen fundamentalmente por mi columna Cirrus Minor, así que no se han familiarizado con esta faceta de narrar algunos de mis viajes, entonces permítanme compartirles este por primera vez. También y por razones de espacio les comparto una selección de las casi 800 fotos que capturé, algunas de las cuales en verdad me han impactado, sin embargo, si alguien quiere otra, con toda confianza me la puede pedir, a través de alguno de los medios de contacto de Insurgencia Magisterial.

Así que comencemos la narración.

Luego de conocer parte de China y de Seúl en viajes anteriores yo tenía la gran expectativa de conocer, apreciar, aprender y gozar de otro país oriental que por sus características, luego de haber sufrido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, logró surgir literalmente de sus cenizas y en poco más de un cuarto de siglo, haberse convertido en un país de vanguardia.

No me voy a meter en datos históricos o estadísticos, sino simple y sencillamente trataré de transmitirles toda la gama de emociones que viví en ese país tan lejano de nosotros, tan diferente y del cual muchos deberíamos de adoptar y adaptar ciertos patrones cultuales.

Pese a que es evidente que el crecimiento de su población se está revirtiendo, es decir, ya hay más gente vieja o madura que joven y eso lo observamos notablemente, no obstante que vimos una gran cantidad de niños, por cierto acuden a la escuela con uniformes que constan de saco y pantalón para los niños y de saco y falda para las niñas, muy elegantes, tan solo pudimos ver cuando mucho tres mujeres embarazadas a lo largo de los 9 días del viaje.

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De las primeras cosas que llamaron mi atención es que los coches y otros vehículos se conducen por el lado derecho, hay una gran cultura vial mucho más evidente que en otros países, por ejemplo cuando el semáforo peatonal está en rojo (alto) nadie se atraviesa la calle aunque no vengan coches. En ciertas vueltas, aunque el semáforo vehicular permita el paso de los coches coincidiendo que el crucero tiene el semáforo peatonal también en verde, los coches se detienen para permitir el paso de las gentes, inclusive aunque el peatón todavía no esté en el arroyo vehicular, con el solo hecho de que sea evidente que va a cruzar la calle, los vehículos esperan su paso.

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Los policías se ve que son de confianza y protegen a la gente, ya sea en el metro o en las estaciones de trenes (Japón tiene una eficiente red ferroviaria) orientan respetuosamente a la gente y la previenen de cualquier accidente. Incluso los vigilantes “privados” también cumplen esa labor, por ejemplo me tocó ver a uno de ellos que en un aparcadero de un hotel muy grande donde había muchos autobuses de turismo, uno de ellos tomó del brazo a una ancianita y la condujo por entre los camiones para que ella llegara segura a su destino.

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Las calles y carreteras son en verdad unas alfombras de asfalto, si en otros lugares del mundo me he encontrado uno o dos baches, en Japón creo que hubo más baches en el vuelo (válgame la expresión refiriéndome a la turbulencia), es decir, ni un solo bache o alcantarilla descubierta en ninguno de los sitios que visitamos o por los que deambulamos (fueron muchos).

La alimentación de los japoneses es muy variada y muy sabrosa (nada que ver con los restaurantes estilo japonés que conocemos), fundamentalmente es a base de arroz, pastas como los fideos gruesos (los puedes comer calientes o fríos), vegetales variados y carne de cerdo, pollo, pescado y mariscos. Así como me encontré muy pocas mujeres embarazadas, así me sobran los dedos de la mano para contar a la gente obesa que vimos por allá.

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Lo que sí es cierto es que las frutas son caras, por ejemplo una sandía pequeña te cuesta 2000 yenes (alrededor de 340 pesos mexicanos), pero de hecho en Japón y en particular en Tokyo todo es caro, aunque con un poco de suerte te encuentras restaurantes de “comida rápida” que no son tan caros y algunos de ellos te ofrecen comida sabrosa (en uno de ellos fue donde me enamoré de los que llamé chamoys nipones –una especie de cerezas encurtidas.

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El transporte de autobús urbano también en de primerísima calidad, los choferes van elegantemente uniformados y todos ellos utilizan guantes blancos. A lo largo del trayecto le van explicando a la gente las paradas que se aproximan, no obstante que hay pantallas que te las anticipan.

Los japoneses son muy ordenados, visten muy bien, casi todos los hombres que trabajan visten traje y las mujeres van de vestido muy elegante. Muchas mujeres van de kimono como parte de su atuendo diario, aunque en ciertos lugares te las encuentras vestidas así como parte de una tradición al visitar un templo.

En fin, como dije inicialmente hay muchas cosas de la cultura japonesa que debiéramos adaptar y adoptar.

El primer día que llegamos en la madrugada, luego de ser recibidos en el aeropuerto de Narita en Tokyo por mi hijo y su novia, nos trasladamos al hotel para de ahí comenzar nuestros recorridos.

Como lo que leí en internet acerca de los cerezos japoneses decía que la floración terminaba por esos días, el primer recorrido fue hecho en uno de los puntos más concurridos de Japón, se trata del Parque Ueno el cual dispone de más de 1000 árboles a lo largo de la calle que conduce hacia el Museo Nacional y alrededor de Shinobazu Pond.

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Hiroshima

Una vez instalados en el hotel de Tokyo y habiendo cubierto nuestro primer día de actividades en dicha ciudad, nos dispusimos a trasladarnos a las ciudades de Hiroshima y Kyoto, en donde pernoctaríamos por lo que el hotel de Tokyo se convirtió en una especie de locker en donde se quedó la parte pesada del equipaje ya que no era necesario llevar tanta maleta sino únicamente mochilas, quizá pienses que fue un gasto oneroso, pero la verdad de las cosas tanto mi edad como el ver a gente sufriendo la cargada de maletas pesadas en las terminales de tren tanto de Hiroshima como de Kyoto, hizo que en realidad ese gasto se tradujera en costo-beneficio.

El trayecto de Tokyo a Hiroshima es de alrededor de 4 horas en el tren rápido, puesto que la ciudad está a una distancia de alrededor de 810 kilómetros.

Una vez llegado a la ciudad nos dispusimos a ir al hotel para dejar las mochilas y comenzar la travesía por la misma.

Aquí déjame insertar un comentario acerca de la limpieza de las calles de las ciudades japonesas, no encuentras en ningún sitio basura tirada o acumulada en desorden, pese a que –y fíjate bien lo que te digo- en ocasiones te cuesta trabajo encontrar un contenedor de basura en la calle.

Nuestro recorrido se inició deambulando por un parque que se llama Otemachi el cual se encuentra antes de llegar al museo de Hiroshima.

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A lo largo del recorrido además de disfrutar de la belleza del sitio, pudimos ver –al igual que en Tokyo- a la gente que se reúne en los parques que se encuentran llenos de árboles de cerezos en flor, en donde comen, conviven y conbeben, algunos de ellos nos saludaron cuando se dieron cuenta de que éramos extranjeros y los estábamos retratando. También tuve oportunidad de disfrutar de un helado sabor a leche salada ¿qué? Sí a leche salada, es un sabor peculiar diferente al de nuestras nieves y helados. Hablando de esas “rarezas” (para nosotros) en Kyoto disfruté de un helado de ¡ajonjolí negro!

Como te digo, se trataba de llegar al museo de Hiroshima, así que a lo largo del camino, mi mente fue cavilando en cómo habría sido esa ciudad el 6 de agosto de 1945, día en que los gringos lanzaron una de las bombas atómicas que devastaron a la población japonesa y que prácticamente a 72 años de distancia de ese fatídico día, deambules en un sitio de solaz esparcimiento.

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En unos de esos momentos de reflexión de repente Cristy me preguntó “Is there still radiation? I don’t know, hope there isn’t”, le respondí.

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Cuando llegamos al museo, la experiencia todavía fue más impactante, pues a lo lejos ves el sitio exacto donde cayó la bomba, curiosamente la casa o más bien el edificio en donde sucedió la conflagración no se derrumbó y se encuentra sostenido por unas estructuras metálicas como un mudo testigo del hecho. Próximo al edificio se encuentra una llama eterna que pienso es un símbolo de paz y de un deseo de que jamás se repita un suceso de esa naturaleza. Desgraciadamente ciertos desquiciados (gringos, coreanos del norte y demás alimañas) pareciera que lo quieren repetir.

La llegada al museo todavía fue más impactante, pues ahí te encuentras desde una réplica de la bomba, así como restos de la ropa y de utensilios que pudieron sobrevivir, hasta fotografías de los japoneses sufriendo los estragos de la radiación.

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También te encuentras con restos de las paredes rotas por la bomba, como te digo son experiencias de alto impacto que te hacen por una parte sentir un gran enojo contra quienes construyeron la bomba y contra quienes dieron la orden de que se lanzara, así como una gran tristeza por el dolor vivido y sufrido por los japoneses. Pero al mismo tiempo también te das cuenta de que esa crisis fue una oportunidad para que literalmente Japón resurgiera de sus cenizas y se llegara a convertir en una de las naciones con mayor progreso en el mundo actual.

Luego de las grandes reflexiones del museo de Hiroshima (se pronuncia acentuando la o) retornamos al hotel para descansar y disponernos a un recorrido por las calles de la ciudad, antes de nuestra partida a la ciudad de Kyoto.

En ese recorrido –del día siguiente-, luego de pasar por un pasaje y calle peatonal, de repente mi corazón rockero comenzó al palpitar más de lo acostumbrado, pues alcancé a divisar un café temático que se llama Yesterdey, dedicado a ¡The Beatles!, pero esas fotos las podrás ver solamente en ECO’s Rock, así que te pongo la liga del sitio para que las busques ahí: https://www.facebook.com/ECOs-Rock-1598949577050090/

Otra cosa que observé en Hiroshima, además del famoso mito (que no lo es tanto) de las frutas caras, fue que por ejemplo cuando acudimos a un templo que dado el corto tiempo del que disponíamos solo pudimos llegar a la entrada del mismo, fue una competencia de niños y niñas que practican el Kendo, la verdad de las cosas, muy interesante y ahí también apreciamos muy de cerca la calidez y la inocencia de los niños de cualquier parte del mundo, pues hubo oportunidad de sacarme una foto con algunos de ellos, muy divertidos por cierto. Concluyo esta parte entonces señalando que sería muy bello que toda la humanidad adulta conservara una parte de esas emociones de la niñez, como dijera el gran John Lennon “Imagine all the people, living life in peace”. Como dato curioso en Hiroshima también me encontré a Gokú.

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Kyoto

Ya casi “a la carrera” regresamos al hotel de Hiroshima por nuestras mochilas, para trasladarnos con rumbo a Kyoto, al llegar a la estación de Osaka (si mal no recuerdo) el cuarteto se convirtió en trío, puesto que Cristy tenía que cumplir una difícil tarea encomendada por ECO’s Rock, ¡asistir en nuestra representación al concierto de Coldplay que se escenificó en Taiwan en el HRS Taoyuan Station Plaza, pero ¿qué crees? Sus fotos y el setlist del concierto también están en exclusiva en ECO’s Rock, así que ya sabes a dónde debes entrar.

En Kyoto, comenzó la aventura visitando Fukakusaina, un sitio mágico en donde desde la entrada ves algo diferente al de otros sitios de Japón, pues al llegar ahí aprecias una especie de gran portal de madera en negro y naranja el cual le da un gran contraste al paisaje.

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El recorrido es muy bonito e interesante, incluso cuando llegas al templo y deambulas por ves desde estatuas de perros que custodian, hasta Budas enojados y alegres.

Hay un sendero que imita al portal de la entrada que yo calculo tiene más de un kilómetro de extensión el cual no obstante ser un poco cerrado entre una madera y otra, te permite observar la naturaleza que se halla en cada uno de los extremos.

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Una vez, terminada esa parte, nos trasladamos a una de las calles principales de Kyoto que se llama Giommachi, en donde disfrutamos de unas ricas castañas asadas (me hicieron recordar a mi madre porque a ella le encantan las castañas), ahí te encuentras muchas chicas ataviadas con el vestuario de geishas y muchísima gente que anda recorriendo las calles. También observas cómo se elaboran algunos dulces y platillos típicos de la zona. Cenamos en un pequeño restaurante, muy sabroso por cierto. La verdad de las cosas ignoro la razón por la cual la gran mayoría de los restaurantes en Japón son pequeños o relativamente pequeños, lo cual provoca que en ciertas horas sea materialmente imposible entrar dado que están llenos y como las comidas en los restaurantes que no son de comida rápida, son de mucha sobremesa, de plano cuando le dices al mesero que si hay lugar, te dicen que definitivamente si quieres esperar tendrás que hacer una larga antesala.

Al día siguiente, fuimos a uno de los lugares más espectaculares de Kyoto, me refiero a Kinkajuchico en donde se encuentra el Templo del Pabellón de Oro. Un palacio o templo que como su nombre lo indica tiene sus paredes exteriores recubiertas con hojas de pan de oro y cuando lo ves, además de que quedas deslumbrado con su esplendor, te enamoras del la vista y el contraste del palacio con su reflejo en el agua del pequeño lago que lo circunda.

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Bien, otra de las cosas que me llamó la atención es que en Kyoto no está permitido fumar en la calle, si quieres fumarte un cigarrillo de tabaco, aunque estés en la calle tendrás que hacerlo en una especie de un cuarto diseñado para tal efecto.

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Una ves concluido el recorrido a lo largo de los senderos que circundan al palacio, nos dispusimos a retornar a Tokyo.

Tokyo y el Monte Fuji

No te he hablado de los museos que conocimos en Japón, fundamentalmente fueron en Tokyo y se trató del museo de Edo que por cierto Edo es el nombre original de Tokyo y significa si mal no recuerdo Bahía de entrada, se trata de un museo en el que encuentras una gran parte de la historia de Tokyo, es un edificio muy grande, pero para mi gusto, pese a lo grande del edificio la exposición no es tan extensa como a mi me hubiera gustado, máxime que ese día fue muy difícil pues literalmente llovió las 24 horas del día y la temperatura estuvo en su parte más fría en alrededor de los 8 grados centígrados. Por cierto que ese museo se encuentra enfrente de un estadio de sumo, así que lo que pensé era un alucine al ver en medio de la lluvia a un tipo obeso enorme, en realidad se trataba de uno de esos luchadores que andaba disfrutando del día, lamentablemente no lo pude retratar.

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Otra cosa interesante fue ver a muchísimos niños (aparentemente) de secundaria que portando sus elegantes uniformes estaban recorriendo el recinto. También destaco aquí que en los museos al igual que en estaciones de tren o del metro, de repente te encuentras unos aparatos que dicen AED (Automated External Defibrillator) o sea aparatos para salvar a alguien que sufra un infarto cardíaco.

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El otro museo que visitamos fue el Nezu, un museo que la verdad de las cosas me pareció muy cara la entrada pues el acceso te cuesta alrededor de 1300 yenes (poco más de 200 pesos mexicanos devaluados) pues la exposición es muy pequeña, pero luego nos dimos cuenta de que en realidad lo que pagas no es el acceso al museo, sino la entrada a un gran jardín japonés el cual la verdad de las cosas sí vale ese precio. Por cierto que como dato chusco te diré que en ninguno de los sitios de paga me admitieron mi credencial del Inapam, a fuerza debes tener 65 años de edad cumplidos para que te hagan el descuento de tercera edad.

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El barrio donde se encuentra este museo es muy elegante y chic, incluso hay un edificio que por sus características resalta y llama la atención, se trata de la tienda Prada y en esas calles también te encuentras a la tienda de Stella McCartney que es de los más exclusivo que hay en el mundo.

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Bien, aunque ya perdí un poquitín la secuencia de esta parte del recorrido, no importa, así que te contaré de otros sitios de interés vistos en ese par de días en Tokyo.

La estatua del famosísimo perro Hachi o Hachiko, la cual se encuentra a la salida de la estación Shibuya es un verdadero tumulto el que se encuentra a la espera para sacarse una foto con el perrito, otra cosa curiosa de ese sitio es que el crucero de las calles de enfrente es muy famoso porque en el momento en que los semáforos peatonales se ponen simultáneamente en siga, cruza por ahí una enorme multitud, una experiencia hasta cierto punto escalofriante, pues no sabes si vas a chocar con alguien. La torre de Tokyo es otro sitio interesante y más lo son las ventanas transparentes que se encuentran en uno de sus pisos que la verdad de las cosas te da vértigo situarte en ellas, pero aquí me remonto a la calidez, inocencia y osadía de los niños, mientras los adultos sufrimos para pararnos en el cristal, los niños hasta dan de brincos ahí.

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Estuvimos en un barrio donde se supone abundan las chavas y chavos ataviados en Cosplay, pero en realidad solo observé a dos de ellas, también otro barrio en donde hay muchas tiendas de videojuegos y ahí te encuentras a chavas disfrazadas de anime, quienes te invitan a entrar a cafés temáticos que por ahí existen.

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El penúltimo día en Tokyo fue en verdad alucinante para mí y creo que si lo anterior me había impactado, en ese momento la llegada al la zona de Kamakura en donde se encuentra el gran Buda, un Buda gigantesco de una altura aproximada de 20 metros por unos 12 de ancho, es muy interesante, pero, desde mi muy particular punto de vista, ese Buda gigantesco se queda chiquito cuando llegas al templo Hase en donde te encuentras desde un Buda de oro, hasta toda una serie de estatuas pequeñas y grandes de la religión budista.

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Tienes que ascender por una colina y al llegar prácticamente a la cima, ves un bello panorama incluso de la bahía de Tokyo.

Cuando bajas a otros templos más pequeños aprecias un bello pasillo custodiado por árboles de cerezo. También ves volar a muchas águilas majestuosas.

Hablando de la limpieza de las calles y las ciudades de Japón, ahí me tocó ver la forma en que recolectan la basura, resulta ser que los camiones ¡reproducen música! Y de esa manera anuncian que están en faena.

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Ya te dije que el cuarteto se convirtió en trío, pues fíjate que el trío se convirtió en dúo, puesto que por razones de trabajo mi hijo tenía que retornar a Beijing, dejándonos solos a mi esposa y yo el último día de estancia.

Así que Mys y yo tomamos la decisión de comprar un tour de un día completo al Monte Fuji, convirtiéndose así ese recorrido en la “cereza del pastel”.

El sábado 15 de abril de 2017, tiempo de Japón (son 14 horas de diferencia con respecto a México) muy temprano abordamos un taxi que nos trasladó a uno de los sitios de recogida del tour. Cuando llegamos a la estación de salida, tuvimos la gran suerte de que nos fueron asignados los lugares 1 y 2 del autobús y como ya te dije que en Japón se maneja por la derecha, entonces tuvimos asientos de privilegio puesto que eso nos permitió observar el panorama de todo el recorrido.

Las chicas que guiaban el tour eran dos: Jessika nacida en Alemania y Marion, nacida en Francia, por cierto muy guapas, pero la primera de ellas con la clásica fisonomía de la mujer alemana fornida y obesa y la francesita delgada y espigada. Una vez que el autobús inició el viaje, se me hizo raro que en ningún momento me habían cobrado el costo del mismo, incluso yo pensé que al llegar a la estación de salida en la oficina de la agencia se haría el pago, pero ¡oh la modernidad japonesa! De repente se me acercó Marion y me preguntó en inglés ¿va a pagar en efectivo o con tarjeta? Con tarjeta de crédito le respondí, en ese momento Marion sacó su celular, me pidió la tarjeta y ahí registró el cobro, me hizo firmar un garabato en su celular y a los pocos segundos me llegó en mensaje del cargo por parte del banco.

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El recorrido hacia los miradores del monte Fuji (no asciendes al monte) es muy interesante y hermoso, como ya te dije las carreteras son verdaderas alfombras de asfalto y en ese tour pasas por cinco etapas, aunque dadas las condiciones climáticas y de tráfico, no necesariamente se realizan en el orden que se encuentra en el folleto de promoción.

El monte Fuji es emblemático de Japón y es uno de los muchos sitios japoneses que han sido declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

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Como todavía quedan los vestigios del invierno, aunque es primavera una buena parte del recorrido lo haces viendo nieve, inclusive al llegar al mirador más alto pudimos jugar con la nieve.

El tour incluye (si así lo deseas) un lunch pagado, el cual la verdad de las cosas es exquisito puesto que en una bandeja con compartimientos te dan raciones (pequeñas como lo hacen los japoneses) de ensalada, pescado, fideos, arroz y hasta postre, pero también puedes servirte té y sin costo adicional curry japonés y sopa miso.

La parte culminante del tour, por si fuera poco, es el acceso a una experiencia en una sala 4D, quizá ya hayas ido a alguno de los cines que tienen ese tipo de sala, la diferencia es que cuando te sientas en las butacas, te debes de poner un cinturón de seguridad ¿por qué? Pues porque cuando se inicia la función la cual consta de un viaje virtual a través del monte Fuji, los asientos avanzan hacia un precipicio (así lo sientes) y a lo largo de ese recorrido virtual las butacas se mueven de un lado a otro, por momentos parece que vas a chocar con la tierra o con el campo, hay un instante en que la lluvia que ves literalmente te moja e inclusive llegas a apreciar los olores de las flores ¡todo un alucine!

De esta manera concluye la crónica de este interesante viaje que quise –al igual que lo he hecho con anteriores experiencias- compartir contigo.

Solo me quedo con las siguientes reflexiones:

1.- Si México se ve muy mal desde adentro, cuando estás fuera de él lo ves peor de lo que vives.

2.- Muchas veces los mexicanos nos expresamos de la comida oriental diciendo que es muy rara, pero yo me pregunto al observar los índices de obesidad así como los índices de diabetes de ambos países ¿quiénes son los que comen raro?

3.- ¿Cómo es posible que un país que fue devastado por los estragos de la Segunda Guerra Mundial a la vuelta de unos años se haya convertido en un país de vanguardia? La respuesta –desde mi punto de vista- es muy simple. Primero los japoneses han tenido y tienen un proyecto de país en el que en conjunto (y esto al igual que China o Corea del Sur) saben a dónde quieren llegar. Segundo, hay un combate frontal hacia la corrupción y la impunidad, aquí enfatizo el punto número 1. Tercero y quizá el más importante, todo ello descansa en un elemento que se llama EDUCACIÓN, en todos los sentidos, desde la escolar, pasando por la educación familiar en valores, la cívica, la financiera y me atrevo a decir que hasta la educación moral. Por eso digo que hay muchas cosas no solo de la cultura japonesa sino prácticamente de toda la cultura oriental que debemos adoptar y adaptar a nuestro entorno.

Suena sencillo ¿verdad?

Fotografías: José Eduardo Celis Ochoa Cordero

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