Por: Jordi Martí. 11/02/2026
Por fin alguien se ha atrevido a decirlo en voz alta… el problema de la educación no eran los pedagogos, ni el currículum, ni la burocracia… era el mobiliario. Y como era de esperar, IKEA ha escuchado ese susurro pedagógico que flotaba en el aire desde 1998 y decidió este curso abrir su primer centro educativo oficial. Se llama «IES BILLY-KALLAX de Aprendizajes Significativos» y está ubicado en la maravillosa ciudad de Teruel donde, en invierno, se alcanzan unas temperaturas parecidas a las suecas.
El centro abre a las 8:00, aunque nadie entra hasta las 8:17 porque el timbre viene desmontado y hay que interpretarlo a partir de un pictograma ambiguo donde aparece un niño sonriente, una campana y un tornillo M6.
Aquí no hay libros de texto. Hay cajas planas. Muchas. Cada asignatura viene en un paquete de cartón marrón con nombres muy raros: MATEMÄTIK, LENGÜA, CIÉNSKA BÁSICA. El alumnado no estudia contenidos, sino que monta el conocimiento. Literalmente.
En primero de ESO, por ejemplo, el objetivo no es aprender fracciones, sino conseguir que una mesa tenga cuatro patas del mismo tamaño sin que sobre ninguna pieza «por si acaso». Si sobra algo, has suspendido. Si falta algo, es aprendizaje competencial.
La famosa llave Allen es el símbolo del centro. No hay orla sin ella. De hecho, el claustro, formado íntegramente por expo insiste en que es «una metáfora del pensamiento crítico, ya que no sabes para qué sirve hasta que la necesitas desesperadamente».
Las sillas son modulares. Muy modulares. Tanto, que nunca están completas. Esto fomenta la resiliencia, la tolerancia a la frustración y el desarrollo del músculo lumbar desde edades tempranas.
Las mesas se llaman «espacios de trabajo colaborativo», aunque nadie sabe cómo se abren sin pellizcarse. El alumnado aprende rápido dos competencias clave para la vida adulta… montar algo siguiendo instrucciones sin palabras y fingir que todo va bien aunque esté claramente torcido.
En Bachillerato hay una optativa llamada Diseño y Desesperación I, donde se trabaja la filosofía existencial a través de un armario PAX que jamás quedará como en la foto.
El profesorado no se selecciona por oposición, sino por haber sobrevivido a montar una cocina IKEA un sábado por la tarde sin llorar delante de sus hijos. Eso da puntos. Muchos. No se llaman profesores, sino facilitadores del ensamblaje cognitivo. En vez de tiza llevan bolsas llenas de tornillos que nadie sabe de dónde han salido, pero que alguien necesitará en algún momento. O no.
Las reuniones de claustro duran seis horas, pero solo porque nadie consigue montar la mesa ovalada donde se tenían que sentar.
Aquí no hay exámenes tradicionales. Se evalúa por proyectos. Por ejemplo…
- «Construye una estantería que no se caiga y explica oralmente por qué representa el Estado del Bienestar».
- «Monta una cama MALM y reflexiona sobre el sentido de la vida mientras te sobra una tabla».
La nota máxima solo se consigue si el mueble queda estable y no has tenido que mirar un tutorial de YouTube grabado por alguien que claramente tampoco sabía lo que hacía.
Las familias están felices. Nadie entiende muy bien qué aprenden sus criaturas, pero vuelven a casa con una bolsa llena de tornillos, un taburete cojo y una seguridad en sí mismos inquietante.
Además, el centro tiene comedor. No hay menú fijo. Comes lo que consigas montar antes del recreo. Hoy, albóndigas. Mañana, una cómoda.
Desde que IKEA gestiona el centro, los informes dicen que el alumnado ha mejorado en autonomía, creatividad y capacidad para aceptar que la realidad nunca será como el catálogo.
¿Es educación? ¿Es una performance? ¿Es un experimento social sueco a gran escala? Nadie lo sabe. Pero hay algo claro. Si consigues salir de este centro sabiendo montar una estantería sin discutir con nadie, estás más que preparado para la vida.
Y ahora, si me disculpáis, voy a intentar terminar de dar clase en cuarto de ESO. Me faltan dos tornillos y una rosca.
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Fotografía: Xarxatic.
