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Deleuze y nosotros

por RedaccionA diciembre 31, 2025
diciembre 31, 2025
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Por: Francisco Javier Alcalá. 31/12/2025

La filosofía inasible del pensador francés es, a cien años de su nacimiento, objeto de colonización por parte de la lógica productivista y extractivista

Gilles Deleuze (1925-1995) es por derecho propio uno de los filósofos más destacados de la segunda mitad del siglo XX. Dotado de una atípica erudición filosófica y una extraordinaria originalidad, su pensamiento traspasó pronto las barreras del ámbito académico e incluso filosófico, adquiriendo una gran popularidad e inspirando creaciones de las más diversas índoles en ámbitos tan dispares como el arte, los movimientos sociales, los estudios culturales e incluso la ciencia. Capacidad singular para traspasar fronteras que se explica también por el estilo sugerente de la escritura de este filósofo con vocación de profesor, quien sabía bien de la necesidad de interpelar al lector o la lectora, como al auditorio, con recursos no estrictamente conceptuales para conectar con sus problemas e inquietudes vitales y preparar así la futura adquisición de los conceptos.

Aunque las diferentes etapas por las que transitó su andadura filosófica son hoy bien conocidas, las recapitularemos brevemente. En una primera época (1953-1968), Deleuze se desempeñó como un historiador de la filosofía interesante y heterodoxo, publicando monografías a un tiempo rigurosas y creativas sobre algunos de los grandes nombres de la historia del pensamiento y la literatura. Se inscriben aquí sus influyentes libros sobre Hume, Nietzsche, Kant, Proust, Bergson, Sacher-Masoch y Spinoza. Con la excepción de Kant, tal itinerario filosófico muestra una querencia evidente por autores que escapaban al canon académico en la Francia de la época. Este período coincide además con el camino de Deleuze hacia su estabilización como profesor en la universidad francesa.

En Lógica del sentido, Deleuze transitaba hacia un estilo más distendido

Un año antes de su consolidación universitaria, se inicia un significativo punto de inflexión en su carrera y en la percepción pública de su trabajo con la publicación sucesiva de Diferencia y repetición (1968) y Lógica del sentido (1969). Deleuze pasaba entonces de ser un historiador de la filosofía respetado en los círculos académicos franceses a “hablar en nombre propio” a través de dos de sus obras mayores. El primer libro exploraba la renuncia al fundamento o a los principios trascendentes en filosofía y proponía radicar el pensamiento en principios estrictamente inmanentes o interiores a la experiencia, con una sensibilidad entre antiplatónica y postkantiana. Para ello, se aboga por renunciar a los principios abstractos e individuados como Dios o el sujeto trascendental, al cabo calcos hipostasiados de la realidad empírica que pretenden fundamentar, y basar el pensamiento en principios que sean: (i) anteriores a los individuos constituidos, (ii) causas reales de la experiencia que condicionan y, en consecuencia, (iii) diferenciales. Luego Diferencia y repetición establece que el pensamiento debe arraigar en un “sinfondo” preindividual, genético y diferencial (en una palabra, “virtual”); y extrae las consecuencias epistemológicas de ello en la forma de una crítica de la llamada imagen dogmática del pensamiento, o de los supuestos que lastran el pensar cuando se basa en principios trascendentes, que debe conducir a un pensamiento sin imagen. En Lógica del sentido, Deleuze transitaba hacia un estilo más distendido y por momentos literario para explicar la producción del sentido en el lenguaje en un marco estrictamente no representativo, caracterizado por la existencia de un hiato infranqueable entre las proposiciones y los estados de cosas –no hace falta decir que este marco gnoseológico se corresponde con el pensamiento sin imagen bosquejado en la obra anterior–. El libro elucida así la comunicación entre estas dos “series divergentes” a través del sentido-acontecimiento como instancia intermedia entre las proposiciones y las cosas, que actúa como una suerte de bisagra y separa ambas al tiempo que las relaciona.

La siguiente etapa del pensamiento de Deleuze se inicia con una conmoción que tiene, tal vez, el nombre propio de Félix Guattari. Tras conocerse en el marco de las revueltas de Mayo del 68 en la universidad parisina, Deleuze y Guattari comenzaron una fructífera colaboración que culminó, entre otros libros, con los dos volúmenes de Capitalismo y esquizofrenia.  El Anti-Edipo (1972) era una confrontación crítica –y muy polémica en la Francia de la época– con el psicoanálisis, la cual denunciaba la privatización del malestar psicológico operada por este en el marco del sistema capitalista y la consecuente neutralización de su potencial emancipatorio, al tiempo que proponía una concepción creativa y productiva del deseo que sustraía el inconsciente a los arquetipos edípicos o familiares. Mil mesetas (1980), en cambio, aspiraba a ir más allá para investigar los muy diversos modos de habitar la Tierra, elaborando –si se nos permite el neologismo– una suerte de “ontoecología política” que se interesa por la lógica del cambio social y cultural.

Finalmente, se distingue una cuarta etapa en la que Deleuze centraba su interés en cuestiones estéticas y nuevamente historiográficas. En el primer grupo, cabe destacar los dos volúmenes sobre cine y una recopilación de textos breves acerca de la literatura que lleva por título Crítica y clínica (1993). En el segundo grupo, puede hacerse lo propio con Foucault (1986) y El pliegue (1988). Mención aparte merece ¿Qué es la filosofía? (1991), obra que supone la última colaboración con Guattari, fallecido inesperadamente meses después, y reflexiona a posteriori sobre el estatuto de la disciplina que tanto cultivaron juntos.

Recapitulada sucintamente la amplia trayectoria de Deleuze, a continuación ofreceremos una modesta síntesis de algunos de los aspectos que consideramos más destacables de su legado filosófico. A sabiendas de la dificultad, cuando no de la imposibilidad, de basar una síntesis de este tipo en una selección de los temas concretos que abordó la filosofía deleuzeana, hemos optado por centrarnos no tanto en estos como en los rasgos singulares que resultan transversales al pensamiento de Deleuze. En primer lugar, destacaríamos la voluntad de entender y practicar el pensamiento como una fuerza creativa o una experimentación, potenciando esta faceta anárquica –en sentido etimológico: sin arkhé– frente a la función conciliadora o la búsqueda del consenso. El pensamiento en sentido estricto resulta así en un acontecimiento extraordinario para el pensamiento habitual, de modo que no puede tomar como modelo los actos de reconocimiento más bien triviales que hacen posible nuestro desempeño en la vida cotidiana –como identificar, por ejemplo, el rostro de alguien y saludarlo o calcular que tres más dos son cinco–. Antes bien, el pensamiento debe medirse con lo desconocido. Su modelo es el de una problematización que no aspira a agotar el problema planteado ofreciendo respuesta a una pregunta escolar que ya la presupone. Siguiendo el hermoso trasunto que Roberto Bolaño ideó a propósito de la literatura, el pensamiento es un samurái y los samuráis no pelean entre ellos, sino con un monstruo. Es decir, con algo cuya singularidad hace imposible aprehenderlo con las categorías establecidas. Pensar es entonces un acto de creación abocado al futuro que conduce a lo nuevo o lo inédito, en lugar de un uso espontáneo de la facultad del pensamiento como el que cabe hacer, por ejemplo, de la vista con solo abrir los ojos.

De lo anterior se sigue una apertura afirmativa hacia lo nuevo allende lo actual, que distingue a la filosofía de Deleuze bajo el rótulo de la intempestividad o la inactualidad. El primer concepto corresponde a Nietzsche, el segundo a Foucault. Y Deleuze hermanaba a ambos, conceptos y autores, cuando contraponía en sus interpretaciones lo nuevo a lo actual. Por eso lo intempestivo nietzscheano no está fuera del tiempo como lo eterno, sino que se actualiza cada vez como una crítica del presente que abre hacia el futuro sin prefigurarlo (recordemos que el alemán definía esta noción contraponiéndola al presente en provecho de un tiempo por venir). Por eso lo inactual foucaultiano repudia también el presente en favor de un futuro indefinido y no es la actualidad de lo que somos, sino la de lo que devenimos. Más allá de ambas nociones, esta apertura hacia lo nuevo está presente en la filosofía de Deleuze como una actitud vital anterior a los conceptos. Así lo atestiguan, por ejemplo, su activismo político en calidad de intelectual a favor de causas perdidas o minoritarias como la del pueblo palestino; su rechazo de la distinción entre alta y baja cultura, y el consecuente interés que le suscitaban expresiones artísticas o filosóficas consideradas ora menores o populares ora disruptivas, cuya potencia creadora sabía vislumbrar con una apertura de miras inusual; su generosidad en el trato y su sincera estima por las capacidades del estudiantado en su papel de profesor. A todos estos niveles, la filosofía deleuzeana y él mismo como personaje conceptual se rebelan contra el gesto conservador que es moneda común en el pensamiento y la cultura de todas las épocas; es decir, contra esa extraña pero acostumbrada forma de resentimiento consistente en despreciar lo nuevo cuando el decurso de la historia tiende a quitarnos el suelo de los pies.

La obra de Deleuze, en solitario y junto a Guattari, conlleva un pensamiento ecológico

En tercer lugar, la obra de Deleuze, en solitario y junto a Guattari, conlleva un pensamiento ecológico o, más precisamente, una ecología de las relaciones como método para el pluralismo filosófico. Esto estaba ya latente en las relaciones de vecindad y la transgresión de los propios límites que constituyen a los individuos en Diferencia y repetición, y resulta manifiesto en los encuentros simbióticos como el de la avispa y la orquídea descritos en Mil mesetas para ilustrar las relaciones horizontales y por ende no jerárquicas –rizomáticas– en cuyos devenires se juega la identidad individual a nivel tanto sociocultural como incluso “natural”. También hay que destacar el recurso a la Tierra en este último libro como base de los usos sociopolíticos y culturales de quienes la habitan, cristalizado en la formulación de una “geología de la moral”. Se tomaba así el planeta como referencia para evaluar los modos de habitarlo, anticipando de forma visionaria la importancia contemporánea de la ciencia geológica en nuestra valoración de lo humano, supuesta por la época del Antropoceno y asumida en las actuales humanidades ambientales.

Finalmente, en algunos pasajes de Deleuze se adivina una sensibilidad propiamente posthumanista que trasciende el desapego a propósito de lo humano, característico del antihumanismo de su época, para abogar por una reapropiación crítica que abrigue una actitud más propositiva. Nuestro autor anticipaba así algunos de los principales rasgos del posthumanismo filosófico, desarrollado por autoras como Donna Haraway o Rosi Braidotti, como la continuidad con otros seres vivos manifiesta en las simbiosis que nos constituyen incluso evolutivamente, la imbricación de la naturaleza y la cultura, la atención a la tecnología como un vector constitutivo de lo humano allende su papel instrumental o la ausencia de una naturaleza humana permanente que revista un carácter universal.

A pesar de lo expuesto y su notable influencia en el pensamiento contemporáneo, Deleuze es –y en nuestra opinión, para bien– un pensador sin escuela. Esto se debe tal vez a la propia idiosincrasia de su filosofía, cuya complejidad técnica y riqueza de matices hacen difícil aprehenderla en un sentido unívoco y mueven, por ende, más bien a romper filas que a formarlas. Lo dicho no obsta, sin embargo, para que esta filosofía inasible sea también objeto de colonización por parte de la lógica productivista y extractivista que anima buena parte de los círculos académicos internacionales. Y a menudo el resultado no es tanto la deseable construcción de comunidades de pensamiento como el intento de convertir a Deleuze en una marca registrada para el arribismo académico.

Sea como fuere, la literatura especializada acusa este carácter escurridizo del pensamiento deleuzeano y tiende a destacar aspectos muy diversos como claves tentativas a propósito del mismo: Deleuze, riguroso historiador de la filosofía, sofisticado metafísico o filósofo vedette; Deleuze, materialista o idealista, monista o pluralista, ensayista o sistemático; Deleuze, filósofo de la diferencia, el acontecimiento, la inmanencia… Así pues, y no obstante su popularidad, la filosofía de Deleuze hace honor a la problematización que propone como modelo del pensamiento y resulta todavía hoy singularmente problemática. En este escrito, hemos tratado de ponderar la vigencia de esta filosofía poliédrica e innovadora, con motivo del centenario del nacimiento del autor y la intención de iluminar algunas de sus claves en relación con los problemas que plantea el nuevo siglo, dando así muestra de su vitalidad. Vitalidad que está radicada ante todo en la inactualidad que resiste creativamente a cada statu quo con espíritu intempestivo.

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Fotografía: CTXT

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