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Cómo Argelia transformó la mirada de Bourdieu

por RedaccionA abril 14, 2026
abril 14, 2026
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Por: Nota antropologica. 14/04/2026

Fue testigo del desgarro de un mundo. Ahí encontró la clave para entender cómo la historia se inscribe en el cuerpo y cómo, cuando el entorno cambia, la brújula interna deja de servir

Argelia, mediados de los años cincuenta. Un país en guerra. Un filósofo francés recién salido de la Escuela Normal Superior llega para cumplir con el servicio militar. Pero en lugar de quedarse en las oficinas, decide quedarse. Enseña en la facultad de Argel. Y sobre todo, observa.

Pierre Bourdieu tiene entonces poco más de veinticinco años. Es hijo de un cartero de un pequeño pueblo del Bearne. Ha estudiado filosofía con los grandes nombres del momento. Pero lo que encuentra en la Cabilia, la región montañosa de mayoría bereber, no está en los libros.

Allí, en esas tierras de agricultura tradicional, Bourdieu descubre una sociedad organizada por el honor. Un mundo donde la palabra empeñada vale más que un contrato. Donde las alianzas matrimoniales se tejen con el mismo cuidado que se siembra la tierra. Donde el tiempo no es el del reloj industrial, sino el de los ciclos, las estaciones, las ceremonias. Donde la generosidad no es un gasto, sino una inversión en prestigio.

Durante años, Bourdieu convive con esas comunidades. Registra rituales, estudia las reglas del parentesco, observa cómo los hombres sostienen la mirada y las mujeres caminan con el cuerpo inclinado. Todo parece tener su lógica. Todo parece funcionar como un engranaje invisible que cada habitante conoce sin necesidad de explicación.

Pero entonces ocurre el quiebre. La guerra de independencia y la política de reagrupamiento del ejército francés arrasan con las tierras. Miles de campesinos son expulsados de sus aldeas. Muchos terminan en campos de refugiados o emigran a los cinturones de pobreza de las grandes ciudades. Bourdieu los sigue. Registra sus historias. Escucha sus voces.

Y observa algo que lo marcará para siempre.

Esos mismos hombres y mujeres que antes sabían con exactitud qué hacer en cada momento del año, ahora parecen perdidos. No logran organizar su jornada. No entienden las reglas del trabajo asalariado. No calculan los tiempos del mercado. Sometidos a la economía capitalista urbana, se convierten en trabajadores improvisados, desarmados, vulnerables.

Algunos se refugian en la fatalidad. Dicen que es el destino. Otros intentan aferrarse a las viejas costumbres, pero esas costumbres ya no producen los mismos efectos. Un hombre de honor no puede serlo si no tiene tierra que defender ni familiares que lo reconozcan. Un gesto que antes era señal de respeto ahora es percibido como torpeza.

Bourdieu se enfrenta entonces a una pregunta que la filosofía, en su forma abstracta, no sabe responder. ¿Qué es lo que esos campesinos perdieron cuando perdieron su tierra? No solo sus medios de subsistencia. Perdieron también el sentido práctico que les permitía navegar el mundo sin pensarlo dos veces. Perdieron las categorías con las que clasificaban lo real. Perdieron, en cierto modo, el conocimiento que tenían de sí mismos.

Allí nace la noción de habitus. Bourdieu entiende que los individuos no actúan movidos por reglas explícitas que aprenden de memoria. Tampoco actúan por puro cálculo racional. Lo que los orienta es un sistema de disposiciones incorporadas. Una gramática generadora que, como la lengua materna, permite improvisar infinitas frases sin necesidad de consultar un manual.

Ese sistema es el habitus. Y su paradoja es que funciona mejor cuando menos se lo piensa. Un campesino cabilio sabe cuándo debe ofrecer un té y cuándo debe negarlo. Sabe a quién puede pedir la mano de una hija y a quién debe rechazar. Sabe cómo caminar, cómo sentarse, cómo devolver un saludo. Ese saber no está en los tratados. Está en el cuerpo. Es la historia de su grupo social convertida en gesto, en ritmo, en intuición.

Pero lo que Bourdieu descubre en Argelia es también el límite de esa lógica. El habitus funciona como una brújula mientras el paisaje es el mismo. Cuando el paisaje cambia de golpe, la brújula se vuelve inútil. Los campesinos desplazados no han perdido su inteligencia. Han perdido el mundo que hacía inteligibles sus prácticas.

Esa constatación se convertirá en una herramienta central para toda la obra posterior de Bourdieu. Porque si en Argelia el desajuste era dramático, en las sociedades modernas también ocurre, aunque de formas más sutiles. Un estudiante de origen popular que llega a la universidad puede sentir esa misma desorientación. No sabe qué preguntas hacer, a quién dirigirse, cómo vestirse para un examen oral. Sus códigos chocan con los códigos de la institución. Y ese choque, que muchos atribuyen a la falta de talento, es en realidad un choque de habitus.

Bourdieu vuelve una y otra vez sobre esa imagen del campesino desarraigado. No porque considere que todos estamos en la misma situación de precariedad, sino porque ese momento de ruptura permite ver algo que en condiciones de estabilidad permanece invisible: la profunda dependencia de nuestras disposiciones respecto de las estructuras que las produjeron.

La experiencia argelina también le enseñó a desconfiar de dos posturas que parecen opuestas pero que en el fondo comparten una misma ceguera. Por un lado, el estructuralismo que reduce las prácticas a la ejecución de reglas inconscientes. Por otro, la fenomenología que celebra la experiencia vivida sin preguntarse por sus condiciones sociales de posibilidad. Bourdieu busca un tercer camino. Una teoría que pueda dar cuenta tanto de la regularidad objetiva de las conductas como de la inventiva práctica de los agentes.

Esa teoría encuentra su eje en el habitus. Porque el habitus es a la vez estructura estructurada, producto de la interiorización de las condiciones sociales, y estructura estructurante, principio generador de prácticas nuevas. Es memoria acumulada y capacidad de invención. Es límite y posibilidad al mismo tiempo.

Cuando los campesinos argelinos pierden su mundo, Bourdieu asiste a la descomposición de esa maquinaria interna. Ve cómo la certeza se convierte en vacilación. Cómo la generosidad calculada se transforma en despojo. Cómo el orgullo viril deja paso a la vergüenza. Esas imágenes no lo abandonarán nunca.

Décadas después, en El sentido práctico, volverá sobre ellas. No para idealizar un pasado perdido, sino para extraer lecciones universales. Si el habitus es lo que nos permite actuar con soltura en un mundo que nos resulta familiar, entonces la experiencia del desarraigo es la experiencia de ver los mecanismos que antes operaban en silencio. Es, en cierto modo, una pérdida. Pero también una ganancia de lucidez.

La etnografía argelina no fue para Bourdieu un punto de partida que luego abandonó. Fue el laboratorio donde se forjó una mirada. Esa mirada, después, la aplicó a otros objetos. A los estudiantes franceses. A los museos. A las grandes escuelas. A los filósofos. En todos ellos buscó las huellas de la historia incorporada. En todos ellos preguntó por los límites y las posibilidades del sentido práctico.

En todos ellos encontró lo mismo. La evidencia de que nuestra relación con el mundo no es la de una conciencia pura que contempla un objeto exterior, sino la de un cuerpo situado que responde a situaciones que no ha elegido, pero que puede, con trabajo y con lucidez, aprender a interrogar.

¿Y tú alguna vez has vivido un desajuste entre lo que sentías que sabías hacer y un entorno que te exigía otra cosa? ¿Una mudanza, un cambio de escuela, un trabajo nuevo donde las reglas no estaban escritas pero todos parecían conocerlas?

Cada nueva situación exige un aprendizaje extra, una traducción permanente entre el habitus heredado y las exigencias del presente y esa traducción, cuando se repite demasiado, también deja huella.

Fuente: Pintó, L. (2002). Pierre Bourdieu y la teoría del mundo social. Siglo XXI Editores.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Nota antropológica

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