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Clasismo emocional y el mito del descanso: ¿quién sí puede parar?

por RedaccionA mayo 27, 2026
mayo 27, 2026
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Por: Wanda Pacheco. 27/05/2026

El clasismo emocional revela por qué el descanso en Semana Santa no es accesible para todas las personas trabajadoras

La Semana Santa, que este año tomó lugar entre los días 29 de marzo y 5 de abril, generalmente se asocia con el “descanso”: comúnmente, se cree que las ciudades están “más vacías”, que el ritmo no es tan apresurado, que es un tiempo para desacelerar  en nombre de la tradición cristiana.

Sin embargo, este panorama no representa la realidad de millones de mexicanas y mexicanos. De acuerdo con una encuestas conducida por Termómetro Laboral del OCC en 2024, el 29% de las personas encuestadas no tuvo la oportunidad de descansar ni tomar días libres, ya que sus empresas no ofrecieron esa opción, mientras que el 17% tuvo que utilizar sus días de vacaciones reglamentarias o negociar directamente con sus jefes y equipos para poder ausentarse durante este periodo. 

Estas cifras revelan una realidad muchas veces invisibilizada: el acceso al descanso no es equitativo. Gozar de días de descanso, utilizar tiempo libre para realizar actividades recreativas o de ocio, o simplemente gozar de tiempo en familia, se han convertido en actividades imposibles de realizar. Estas desigualdades, tanto estructurales como materiales, tienen consecuencias, pues impactan la percepción subjetiva y el bienestar psicológico de las y los individuos.

Pero, ¿qué pasa cuando se promueve la idea de que, para seguir con nuestras rutinas y desempeño laboral, debemos darnos “un break”? Un descanso merecido, una escapada a algún “pueblo mágico” durante el fin de semana. ¿Ese tipo de supuesto autocuidado es accesible para todas las personas trabajadoras?

Esto tiene un nombre, y se le conoce como “clasismo emocional”. En este glosario feminista te explicamos qué significa.

¿Qué es el clasismo emocional?

En México, casi tres de cada diez personas trabajadoras (29%) no pueden descansar en esta temporada y enfrentan una realidad laboral precarizada; apenas el 21% logra una pausa total, según el Termómetro Laboral de OCC.

Esto refleja una jerarquía en la que el tiempo y el derecho al alivio están distribuidos de forma desigual. De acuerdo con Astronauta Emocional, una red de psicólogos especializados en depresión, ansiedad y en personas de la comunidad LGBTQ+, el clasismo emocional ocurre cuando hablar de autocuidado sin contextualizar ni tomar en cuenta la situación económica de las personas trabajadoras puede convertirse fácilmente en una retórica clasista. 

Foto: Cuartoscuro

Foto: Cuartoscuro

Piénsalo; el descanso no es igual para una mujer trabajadora de la periferia, que invierte hasta tres horas de traslado para llegar a su empleo como auxiliar de limpieza en las instalaciones del metro de la CDMX y que, además, asume tareas de cuidado no remuneradas, que para un hombre en posición directiva, con mayor ingreso, autonomía sobre su tiempo y acceso a viajes recreativos.

Esta brecha también responde a desigualdades estructurales de género, clase y territorio que condicionan quién puede descansar y en qué condiciones. Mientras unas sostienen la vida en jornadas extendidas y con escaso margen para el ocio, otros pueden ejercer su derecho al descanso como parte de su bienestar.

Entonces nos preguntamos, ¿para quién y quién no puede? ¿Cómo hablar de autocuidado cuando las condiciones financieras y estructurales no son equitativas?

Como explica Astronauta Emocional, el descanso no es una opción personal cuando existe la presión de sostener a una familia y de cuidar a otros. 

¿Cuál es el impacto psicológico? 

Para las personas que no pueden descansar durante periodos como la Semana Santa, los impactos emocionales son profundos y están vinculados tanto al agotamiento físico como a las estructuras de clase social. De acuerdo con el artículo, Towards A Social Class Through Emotions, esta disparidad tiene un impacto emocional grave. 

Foto: Cuartoscuro

Foto: Cuartoscuro

No poder descansar mientras otros lo hacen puede generar sentimientos de marginación o exclusión, convirtiendo la clase social en una categoría afectiva definida por quién tiene derecho al tiempo libre y quién no.

La imposibilidad de descansar no solo se vincula con mayores niveles de estrés psicológico, sino también con la reproducción cotidiana del clasismo y las desigualdades de género. Como advierte el estudio The Effects of Different Types of Classism on Psychological Outcomes: Preliminary Findings, la incapacidad de pausar las actividades mientras otros sectores sí pueden hacerlo refuerza la conciencia de pertenecer a una clase social determinada, lo que puede incrementar sentimientos de angustia, frustración y malestar emocional. Este mismo análisis asocia dichas experiencias con síntomas depresivos y un menor bienestar general.

Desde una perspectiva de género, este fenómeno se profundiza: las mujeres, especialmente aquellas en contextos de precariedad, enfrentan jornadas laborales extensas y una sobrecarga de trabajo doméstico, lo que limita aún más su acceso al descanso. Y es que de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo 2024 (ENUT) del INEGI, las mujeres ocupan seis de diez horas disponibles en tareas de cuidados, aunque no de autocuidado. La desigual distribución del tiempo y los recursos consolida una brecha donde el descanso se convierte en un privilegio, no en un derecho.

No poder descansar no es solo una carencia de tiempo, sino un catalizador de estrés, ansiedad por comparación social y una erosión del sentido de valor personal debido a las barreras de género y presiones económicas e institucionales.

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: La cadera de Eva

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