Por: José Agustín Fernández Gallegos, Estudiante del Doctorado en Política de los Procesos Socio Educativos. Lucia Rivera Ferreiro, Profesora-investigadora de la UPN Ajusco. Laboratorio de Coyuntura y Crítica Educativa. 22/05/2026
A mediados del mes de mayo de 2026, el gobierno de la CDMX realizó diversas intervenciones visuales, estéticas y simbólicas del espacio urbano bautizadas en redes sociales como “ajolotización” o “brugadización”, una forma de evidenciar el uso político de símbolos ambientales desligado de una política ambiental profunda.
El gobierno de la Ciudad de México impulsó la intervención de calles, avenidas, casas, puentes peatonales, cruces peatonales, columnas de concreto, entre otras, de un color lila que rápidamente se volvió identificable en el espacio urbano, pero ahí no acaba todo. Además de agregar ese color lila, se colocaron innumerables representaciones visuales del ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum), un pequeño anfibio endémico que habita los canales de Xochimilco y el cual está catalogado como una especie en Peligro de extinción por la NOM-059-SEMARNAT-2010.
¿Qué ocurre cuando una especie en peligro de extinción deja de ser abordada como un problema ambiental y se convierte en imagen decorativa de un gobierno y en mercancía? La pregunta no busca negar la importancia de los símbolos ambientales, sino reflexionar acerca de cómo pueden perder fuerza educativa cuando son separados de las condiciones que amenazan la extinción de especies como el ajolote.
Durante los últimos años, este anfibio ha ocupado un lugar cada vez más visible como objeto de comercialización y ahora en las acciones políticas de los gobiernos recientes. Pero todo esto se realiza al margen de una política pública integral de conservación y recuperación de su hábitat; tampoco significa que el gobierno de la Ciudad de México financie proyectos o promueva la conservación del ajolote como parte de un proyecto de educación ambiental. Lamentablemente, la imagen de esta especie en peligro de extinción ha sido utilizada desde hace tiempo de diferentes maneras. Por ejemplo, se ha creado un día nacional del ajolote, su imagen aparece en los billetes de cincuenta pesos y ahora se le presenta como símbolo de la Ciudad, de la identidad y los valores de los mexicanos en el Mundial 2026.
El problema no radica en que el ajolote sea visibilizado, sino en que esta visibilización quede subsumida en una lógica de consumo. Se le admira, se le reproduce en imágenes, se le convierte en mascota cultural, pero no necesariamente se comprenden las condiciones ecológicas, sociales y políticas que amenazan a esta especie.
Esta “ajolotización” no es solo como una ocurrencia estética, sino una práctica política de construcción simbólica. El gobierno selecciona una especie, la vuelve imagen pública y la asocia con valores como identidad, diversidad, conservación y orgullo local. Sin embargo, el riesgo de banalización educativa aparece cuando la ciudadanía reconoce al ajolote o a cualquier otra especie como símbolo de celebración de un evento deportivo o de propaganda política, desconociendo que se trata de un ser vivo ligado a un ecosistema alterado, en riesgo de extinción por múltiples amenazas: contaminación del agua, pérdida de su hábitat, introducción de especies exóticas-invasoras, urbanización y cambio de uso de suelo.
Frente a ello, pintar ajolotes morados por toda la ciudad, puede propiciar aprendizajes o ideas equivocadas que afiancen la indiferencia o la ignorancia sobre la situación ambiental, complejizando así su conservación.
La instrumentalización política de la imagen del ajolote puede generar que niñas, niños y adolescentes desarrollen un interés particular en esta especia no enfocado en su conservación y cuidado, sino orientado al deseo de tenerlos en casa como mascotas, desconociendo las condiciones que requieren para mantenerse en cautiverio.
En este sentido, la “ajolotización”, en lugar de crear conciencia e interés por su conservación puede incentivar el deseo de posesión y consumo al no estar acompañada de un proyecto, programa o política de educación ambiental, provocando la extracción de las reducidas poblaciones silvestres que aún sobreviven en Xochimilco o bien, propiciando la reproducción ilegal al margen de las normativas y cuidados adecuados de las que se hacen cargo las Unidades de Manejo Ambiental (UMA) y los Predios o Instalaciones que Manejan Vida Silvestre (PIMVS), ambos espacios autorizados para el manejo, reproducción y conservación de la vida silvestre.
Pintar ajolotes en toda la ciudad puede desplazar los esfuerzos de conservación de la especie, al desvincular esta campaña de marketing político de procesos reales como: reproducción en cautiverio, recuperación de su hábitat y educación ambiental. En lugar de promover la protección de estas especies y enseñar a las personas cómo contribuir a su conservación, la “ajolotización” podría convertirse en un problema político-educativo, induciendo a niñas, niños, jóvenes y adultos a comprender de manera limitada o distorsionada la situación en que se encuentra esta especie.
Con ánimo propositivo, sugerimos tres acciones para revertir el sesgo de la comercialización y uso político del ajolote.
1) Toda intervención visual basada en especies silvestres, especialmente aquéllas en riesgo de desaparecer, debería estar acompañada de información sobre la situación real de su hábitat, las amenazas y formas de conservación de las especies que se han realizado o se pueden impulsar.
2) Convocar a las instituciones públicas y especialmente a las educativas, a aprovechar estas acciones de intervención visual para discutir y promover campañas de cuidado y conservación de la flora y fauna de México.
3) Tomar conciencia respecto a que la política pública en materia ambiental no debería reducir al ajolote como capital simbólico ambiental, sino tomarlo como punto de partida para comenzar a recuperar su hábitat y fortalecer programas de educación ambiental.
El debate central no es si los murales son bonitos o feos, si embellecen o arruinan el paisaje urbano. Existen cuestiones de fondo que el gobierno de Clara Brugada no parece considerar: el tipo de aprendizajes sociales que se están construyendo respecto a los problemas ambientales que aquejan a la Ciudad de México y las acciones concretas de educación ambiental que podrían haber acompañado la presencia del ajolote en el espacio público.
Fotografía: sopitas
