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El fascismo digital, la fase más avanzada del capitalismo

por RedaccionA septiembre 13, 2026
septiembre 13, 2026
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Por: Rezgar Akrawi. 13/09/2026

Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una metáfora, sino una necesidad para ver que la dominación ha evolucionado, mientras que su esencia de clase se ha mantenido constante.

Cuando Vladimir Lenin escribió sobre el imperialismo y lo consideró la fase más avanzada del capitalismo, describía el momento en que el capital pasó del ámbito de la libre competencia al del monopolio, donde los bancos se fusionaron con la industria, el Estado se convirtió en un instrumento directo al servicio del capital financiero y el mundo se repartió por la fuerza entre los grandes bloques monopolísticos.

Hoy, más de un siglo después, nos encontramos ante una transformación similar en esencia, pero distinta en sus herramientas: el fascismo digital representa la fase en la que el capitalismo monopolista trasciende los límites del imperialismo clásico, invadiendo el espacio de la conciencia, el comportamiento y los datos, mediante una fusión orgánica entre el capital tecnológico monopolístico y el poder político nacionalista extremo. Esta fusión encuentra hoy su expresión más vívida en el proyecto trumpista, sus alianzas y sus guerras agresivas.

Muchas empresas digitales y tecnológicas de renombre, conocidas por sus estrechas relaciones con el ejército del régimen israelí y los sistemas de deportación forzosa de EEUU, entre ellas Palantir, constituyen un ejemplo revelador de esta situación. Sin embargo, el problema va más allá de una sola empresa. La clave reside en que el capital digital monopolístico, tras agotar las posibilidades de expansión únicamente a través de los mercados de consumo, recurre hoy a instrumentalizar sus herramientas y emplearlas en un agresivo proyecto político nacionalista que reproduce la lógica de la dominación colonial, esta vez respaldada por el lenguaje de los algoritmos.

Del monopolio del dinero al dominio de los algoritmos

En tiempos de Lenin, el monopolio se basaba en el control de los medios de producción industrial y los mercados financieros. Hoy, a esto se suma el control de la propia infraestructura digital: algoritmos, bases de datos, sistemas de segmentación y plataformas de comunicación. Este nuevo monopolio no es menos central que su predecesor financiero, y de hecho lo supera en su capacidad para infiltrarse en los detalles más sutiles de la vida cotidiana. Hoy, cada usuario, hombre o mujer, se convierte en un siervo digital dentro de sistemas que no le pertenecen y sobre los que no tiene capacidad real de influencia.

A diferencia del monopolio financiero clásico que analizó Lenin, el monopolio digital no se conforma con la explotación económica silenciosa. Avanza rápidamente hacia una etapa en la que las grandes empresas monopolísticas declaran su proyecto ideológico y político con creciente franqueza, abandonando la máscara de neutralidad técnica tras la que se escondieron durante mucho tiempo.

Las declaraciones filosóficas y políticas emitidas por los líderes de estas empresas enmarcan la inversión en herramientas de vigilancia y segmentación como un deber moral para con la nación y la civilización, y presentan la negativa a participar en este proyecto como un fracaso o negligencia.

Fascismo digital: La alianza de Silicon Valley con el Estado-nación agresivo

Esta alianza encuentra su expresión más clara en la segunda administración Trump. El movimiento del aceleracionismo tecnológico, con sus influyentes figuras en Silicon Valley, proporciona a esta administración las herramientas digitales para transformar su agresiva retórica nacionalista en control efectivo, tanto a nivel interno mediante la deportación forzosa de migrantes como a nivel externo mediante sistemas de inteligencia que respaldan campañas militares. Venezuela constituye un ejemplo revelador de esta dimensión, ya que Washington, desde mediados de 2025, ha recurrido a avanzados sistemas digitales de vigilancia e inteligencia para rastrear movimientos e identificar objetivos, lo que derivó en ataques aéreos y navales y una amplia operación militar a principios de enero de 2026 que culminó con el secuestro del presidente venezolano, en flagrante violación del derecho internacional. Esta agresión no está separada del brutal bloqueo impuesto a Cuba durante más de seis décadas.

En cuanto a la asociación entre Washington y Tel Aviv, se trata de una profunda colaboración técnica que proporciona a Israel datos y sistemas de localización impulsados por inteligencia artificial, lo que convierte a EEUU y a las principales empresas digitales en cómplices de crímenes de guerra documentados contra civiles palestinos, mientras que Trump trabaja para profundizar esta alianza mediante contratos masivos de seguridad y militares que otorgan a estas empresas una influencia creciente en la formulación de políticas.

A diferencia del fascismo tradicional, que requería un estado policial visible y un discurso propagandístico contundente, hoy en día matar no necesita una decisión humana responsable ni una declaración de guerra; en cambio, requiere un algoritmo, datos y la aprobación de un dispositivo que no rinde cuentas a nadie. El crimen comienza con la clasificación, no con la bomba, y cuando comunidades enteras son descritas como una amenaza mediante criterios digitales silenciosos, el asesinato de civiles se convierte en mera «gestión de la seguridad» en lugar de crímenes genocidas que exigen rendición de cuentas, en una lógica que reproduce el colonialismo clásico en el lenguaje del big data.

Sin embargo, el peligro más grave reside en la sociedad de la vigilancia, donde el control se vuelve más interno que externo. Cuando un individuo sabe que está siendo vigilado constantemente, se restringe y se aleja de las ideas opuestas, y esta auto vigilancia voluntaria frena a los movimientos de izquierda y obreros desde dentro sin necesidad de arrestos, convirtiéndose en la forma más eficaz de dominación ideológica y la más difícil de resistir, porque penetra en el tejido de la vida cotidiana y la transforma desde dentro.

La alternativa: propiedad colectiva y socialismo digital

Vincular el imperialismo con el fascismo digital no es una metáfora teórica, sino una necesidad analítica para comprender que las herramientas de dominación han evolucionado, mientras que su esencia de clase se ha mantenido constante. La lucha actual no gira únicamente en torno a cómo se utiliza la tecnología, sino más bien en torno a quién la posee, quién determina sus objetivos y en beneficio de qué clase social se emplea.

La tecnología no se convertirá en una herramienta de liberación mientras permanezca bajo el control de monopolios digitales aliados con los proyectos de la extrema derecha, las guerras y la represión. Por lo tanto, cualquier debate serio sobre el futuro de la tecnología debe partir de la necesidad de construir una alternativa socialista digital basada en la propiedad colectiva y comunitaria de la infraestructura digital, y sometiendo los algoritmos y la inteligencia artificial a una auténtica supervisión democrática de masas, mediante legislación local y global que exprese los intereses de las masas trabajadoras y las comunidades perjudicadas por la dominación digital.

La lucha por la justicia social hoy en día pasa inevitablemente por la lucha por liberar la tecnología de esta alianza de clases derechista, racista y agresiva. Así como Lenin diagnosticó el imperialismo como la fase más avanzada del capitalismo en su época, hoy podemos afirmar que el fascismo digital representa la fase más avanzada del desarrollo de ese mismo imperialismo, donde el capital monopolista tecnológico digital se fusiona con el proyecto nacionalista extremo en una alianza orgánica cuyo objetivo es concentrar el poder, la riqueza, la conciencia y el destino humano en manos de una pequeña minoría de ricos y políticos.

Para afrontar esta realidad, la crítica y el análisis no bastan; debemos avanzar hacia la construcción de un trabajo internacionalista conjunto a través de organizaciones internacionales de izquierda digital, capaces de librar la lucha tanto en el ámbito tecnológico como sobre el terreno. Este será el tema de nuestro próximo artículo.

Rezgar Akrawi*. Escritor, periodista y pensador político iraquí de origen kurdo

Este artículo ha sido publicado en el portal Globetrotter / La Haine

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: Noticias pia

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