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Emocracia, o el ocaso de la argumentación

por RedaccionA agosto 22, 2026
agosto 22, 2026
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Por: Espacio suma no cero. 22/08/2026

Uno de los sesgos más llamativo por su transparencia operativa y su simplicidad es la devaluación reactiva. Su mecanismo es rudimentario, pero muy eficaz. Juzgamos la excelsitud o la inadecuación de un argumento no por lo que sostenga en sí mismo, sino por quien lo enarbola. La alta o baja calidad del argumento no descansa en su configuración, sino en quien es la persona u organización que lo defiende. A pesar de que este sesgo revela un fracaso superlativo de la inteligencia, se prodiga por doquier y prepondera en la esfera política. Una idea resulta aceptable si la propone el partido político con el que nos identificamos, pero se denuesta taxativamente si somos conocedores de que proviene del partido rival. Bruno Patino sostiene que cuando se desatan inercias de este cariz «las democracias se vuelven emocracias, no hay debate de ideas o incluso de opiniones, solamente debate de emoción». Es imposible no evocar aquí a Ortega Gasset cuando explicitó que las ideas se piensan, pero en las creencias se habita. La adhesión acrítica por mor de encontrar pertenencia y refugio emocional promociona las creencias, pero depaupera las condiciones para el florecimiento de la discrepancia democrática. Es una noticia funesta. La disconformidad es la única manera que hemos inventado los seres humanos para que los argumentos se mejoren a sí mismos por el simple hecho de confrontarse discursivamente entre ellos.

En escenarios de emocracia se cercena la posibilidad del disenso. Se cierra la circulación de argumentos que difieran, pero que precisamente por ello pueden toparse con un argumento ignoto que ponga luz cognoscitiva allí donde reinaba la penumbra. En la emocracia se privilegia la inquina y la dialéctica biliosa. Cualquiera que haya vivido un episodio iracundo habrá experimentado que la emoción se inclina supersónicamente a la disputa y la reprobación, se encuentra cómoda en la desproporción melodramática, le encanta la hipérbole y la lectura apocalíptica de las tribulaciones,  propende a proteger una visión favorable de la propia persona más que a apoyar una idea, desvitaliza por completo el poder transfigurador de los argumentos cuando se comparten. En el emocionalismo democrático se da la bienvenida a la existencia de dos polos diametralmente opuestos y fanatizados, cada uno de los cuales se considera en posesión de la opinión correcta y cataloga como disparatada la del oponente. Esta es la estructura disyuntiva de la polarización. En el breve pero fabuloso Pensar la polarización, su autor, el profesor Gonzalo Velasco Arias, explica que «es la moralización de la esfera pública lo que explica decisivamente la polarización de los afectos. La moralización reduce el potencial comunicativo y político de las emociones a la indignación y el rechazo por lo intolerable. Descarta otros afectos como la alegría, el entusiasmo, la admiración o el deseo». El tribalismo discursivo consustancial a la polarización no es que induzca a encastillarnos en nuestra opinión por mucho que la opinión de nuestro interlocutor evidencie que la hemos construido de un modo erróneo, es que trata al interlocutor como alguien que no merece ser escuchado. Le deroga su condición de actor discursivo. Desde estas violencias se considera debilidad o deslealtad cualquier indicio de acercamiento empático hacia esa otredad divergente. 

Gonzalo Velasco sostiene que compensamos nuestras carencias epistémicas con la coherencia respecto al partido en el que hemos querido confiar, o sea, con la opinión puesta en circulación por un partido. Hay que resaltar que cada partido político se consagra a una animosidad dialéctica diseñada teatralmente con el fin de obtener una ventaja competitiva que le permita sumar votos en la democrática contienda electoral (en una emocracia siempre se está inmerso en campaña electoral).  Los agentes políticos son apremiados a rutinizarse como competidores extremadamente agonales en constante inducción a mostrarse beligerantes y descalificativos con sus oponentes. En cambio, la razón comunicativa nos ha enseñado que la conversación pública solo se torna fructífera cuando quienes participamos en ella cooperamos con nuestros argumentos a construir otros preferibles a los iniciales, a manufacturar evidencias compartidas que ofrezcan solubilidad a nuestros conflictos y hagan más fácil la vida en común. Hemos evolucionado como especie gracias a compartir un conocimiento que a la vez consideramos susceptible de ser mejorado, y que no ceja de circular para que en algún momento alguien lo afine en un proceso de participación y colaboración colectiva siempre en tránsito. No recuerdo a quien le leí que ninguna divergencia por muy abrumadora que sea logrará acabar jamás con la afinidad consistente en compartir un mismo logos. Emilio Lledó define el  logos, la palabra, la lengua, como el aire semántico que señala el mundo. El ser se hace ser humano por las palabras que es capaz de entender, de sentir y de comunicar. He aquí el consiguiente deber de hacer un uso público de la razón que nos aproxime a la democracia. Y nos distancie de la emocracia.

* Este es el último artículo de esta decimosegunda temporada de este Espacio Suma NO Cero. Hasta septiembre. Un abrazo.

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Fotografía: Espacio suma no cero

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