Por: Sara Plaza Serna. 01/08/2026
En ‘La grieta’ (Editorial Sexto Piso), Rodrigo Gervasi convierte un piso compartido en el escenario desde el que pensar las consecuencias de la precariedad y la forma en la que nos relacionamos. Hablamos con el escritor sobre vivienda, culpa, consentimiento, así como sobre la complejidad de la figura del agresor alejada de los estereotipos habituales.
Me conecto a la videollamada que tengo programada con Rodrigo Gervasi mientras miro a mi alrededor. Concretamente miro la enorme mancha de moho de la pared que mi casero ignora todos los años. Miro mi estantería llena de libros, mis orquídeas sin flores y, en general, todos mis intentos por darle a este cuarto un sentido, por reconocerme en él.
Me conecto a la videollamada que tengo programada con Rodrigo Gervasi mientras miro a mi alrededor. Concretamente miro la enorme mancha de moho de la pared que mi casero ignora todos los años. Miro mi estantería llena de libros, mis orquídeas sin flores y, en general, todos mis intentos por darle a este cuarto un sentido, por reconocerme en él.
Escribo y hago estas entrevistas desde la habitación de mi piso compartido con tres compañeras. A lo largo de estos años ha pasado por aquí mucha gente. En algunos casos puedo decir que se han convertido en amigas íntimas, pero la mayoría de las veces las personas con las que comparto casa son, simplemente, mis compañeras de piso, una categoría rara porque contiene el mismo grado de intimidad y extrañeza.
Dice el escritor Juanpe Sánchez López que estamos demasiado cansados para amar. Las condiciones materiales de nuestra vida afectan a nuestras relaciones con los demás. También influyen las casas en las que vivimos. Quién soy, qué relaciones establezco y cómo me muevo en el mundo está ligado al piso en el que vivo, a no haber estado en el mismo lugar con las mismas personas más de un año en toda la vida. A esa mancha de moho en la pared.
La novela La grieta de Rodrigo Gervasi (Editorial Sexto Piso) explora esta realidad, por eso todas las escenas (menos una) transcurren en el piso compartido de Hugo, protagonista de la historia. “Para mí es un libro sobre qué esperas de la vida. También me gustaba la idea de exponer las partes de la vida de las que no hablamos. La cara B de las cosas, de Instagram. Quería mostrar la cotidianeidad de lo que es la vida y darle validez a la repetición y a la incomodidad porque todos la tenemos y me parecía bonito darle un espacio a eso”, explica durante nuestra conversación.
«El lugar en el que vivimos es una extensión de nuestro cuerpo»
Una cosa curiosa que muestra el libro es la necesidad que tenemos de pertenecer a un espacio, de hacerlo nuestro. Nos hemos acostumbrado a llamar casa a cuartos pequeñísimos, muchos de ellos sin ventana, por los que pagamos 500 euros. Aun así ponemos nuestras plantas, colgamos nuestros cuadros, colocamos los libros mudanza tras mudanza.
Me interesaba mucho esta idea. No entiendo el ser humano fuera del espacio que le rodea. En el primer libro ya ahondé mucho en eso: la forma en la que nos desplazamos y los lugares por los que nos movemos determinan mucho nuestra vida. Para este segundo libro quería centrarme en cómo el lugar en el que vivimos es una extensión de nuestro cuerpo. Estamos formados y en simbiosis con el espacio que habitamos. Por eso cuando hablamos de la necesidad de pertenecer es porque forma parte de nosotros mismos. Quería escribir algo que dejara muy visible que no hay una separación clara entre quienes somos y el espacio en el que estamos. Una cosa afecta a la otra, tienen efectos una en la otra. Desde ese punto de vista el piso es también parte del protagonista o un protagonista.
Esto conecta con la manera en la que la precariedad económica y laboral está ligada a la precariedad emocional y relacional
Esto no fue tan deliberado, surgió un poco solo. Yo no pensaba que estaba escribiendo un libro sobre la precariedad económica aunque, evidentemente, el libro está atravesado por ella. Pero, claro, al final te preguntas si lo que les pasa a Hugo y a sus compañeras les pasaría igual en un ámbito distinto y la respuesta es no. En una escena Hugo dice que no sabe si estarían teniendo esta misma conversación, de la misma forma si tuvieran un sofá más grande en el que no se tocaran las piernas. Es una forma bonita de verlo, porque en este espacio pequeño estamos haciendo casa, pero también está la otra cara de sentirse ahogado y sin espacio.
«Pretender que alguien que se muda a tu piso va a convertirse en tu amigo es, simplemente, una ficción»
A lo largo del libro hay un desfile de nombres, de compañeros de piso que van y vienen. Eso nos hace perder la noción de cuántos son y también del tiempo que transcurre. Este ir y venir de gente, de mudanzas, de desconocidos con los que pasas a convivir y compartir tu casa. ¿Cómo afecta la falta de un espacio estable, de un hogar propio a la forma en la que establecemos relaciones?
Hugo tenía que crearse una ficción de tener una familia cuando vivía con la gente con la que le había tocado vivir, que él no había escogido. Algo interesante que quería mostrar es cómo a veces compartir piso acelera o adultera la forma en la que se establecen relaciones. Hugo hace castings y piensa que ahí va a encontrar a su próximo buen amigo, pero realmente la forma de construir una amistad no es esa imposición. Conocer a alguien y que surja una amistad es algo que pasa poco a poco, tiene sus tiempos y muchas veces pasa a ser otra cosa, muy pocas veces da lugar a una amistad. Pretender que alguien que se muda a tu piso va a convertirse en tu amigo es, simplemente, una ficción que te creas en tu cabeza para contarte una historia para soportar tu existencia. Está ahí la idea de alterar relaciones e intentar forzar una relación. La amistad o las relaciones de pareja no son A B y C, ni hacer un plan de trabajo para llegar a un resultado. Es una cosa mucho más compleja y al final no sale, claro.
Es muy interesante la construcción del agresor en el libro. No es esta figura estereotipada. Se trata de un chico normal, incluso un buen chico, cuidadoso, consciente… Esto hace que tome una nueva dimensión, ya que nos invita a reflexionar sobre las dinámicas de poder y el consentimiento desde otro lugar. El hecho de que no sea un villano evidente hace que la situación sea aún más desconcertante y, al mismo tiempo, más realista, pues nos enfrenta a la complejidad de los límites personales y las relaciones humanas
Amelie Nothom dice una cosa que siempre me ha hecho reflexionar mucho y es que todos estamos a un paso de hacer algo malo. Es muy ingenuo pensar que basta con querer ser buena persona. Al final la gente erra y uno tiene que estar atento para no liarla. Me interesaba mucho esa dualidad de las personas. Quería crear un personaje que tuviera muchas cosas buenas, pero también malas y que cuando lo mirara desde mis ojos dijera: “lo quiero. Aunque no sea perfecto yo lo quiero”. Eso me gustaba mucho porque me da mucha rabia esa necesidad de actuar siempre bien para que la persona sea válida. Me gustaba más afrontar esa complejidad de una persona que hace unas cosas mal y otras bien. Me interesa mucho entender la forma en que la gente se equivoca y la forma en que la gente no quiere equivocarse y quiere redimirse; me parece súper válido. En mi vida intento siempre aplicar el perdón porque creo que la gente mejora y quería crear un espacio en el que explicar eso. Creo que si tiene un pelín de lucha social este libro no es la precariedad, que me parece bien que esté, pero me interesaba más mostrar que como sociedad todo es mucho más complejo, todo el mundo hace cosas mal y no por eso tenemos que deshacernos de esa gente.
«La culpa tiene un peso del que es difícil desvincularse, va yendo y viniendo»
Una cuestión paralela en torno al consentimiento y la figura del agresor es la del perdón, la reparación. Ser consciente del daño e intentar repararlo no siempre es suficiente para ser perdonado. ¿Cómo querías trabajar esto en la historia?
Quería que el final fuera un vaivén de emociones en el que no se entiende muy bien lo que el personaje realmente quiere. Hay una voluntad muy clara de Hugo de hacer las cosas bien, pero el mismo no sabe qué discurso narrativo interior creerse del todo. En un momento dice que no va a dejar de existir, el perdón vendrá o no. Pero también quería acercarme a otras formas de culpa. Es complicado, es un sentimiento jodido, de inacción. Cuesta mucho avanzar por ti mismo con ese sentimiento. Buscas un perdón, pero que llegue o no es una cosa independiente de ti.
Mencionabas el tema de la culpa, ¿cómo querías que Hugo se relacionara con ese sentimiento?
Yo nunca he entendido del todo bien la culpa, no he sabido llevarla. Y sigo sin hacerlo, la comprendo de forma teórica, pero a la hora de la verdad, la culpa tiene un peso del que es difícil desvincularse, va yendo y viniendo. Por eso quería mostrar ese sentimiento tan raro de no entender lo que está pasando. La culpa de Hugo son las culpas que yo he sentido en mi vida mezcladas con esteroides. Me gusta la idea de escribir cosas que no sean resolutivas, que no tengan un final claro. Que cada lector pueda imaginarse un poco lo que quiera.
Me gusta preguntar las condiciones materiales en las que se ha escrito un libro. En este caso, me parece aún más pertinente porque la novela en sí habla de eso. De las muchas horas de trabajo y la poca energía que nos queda para hacer otras cosas. ¿Cuáles han sido tus condiciones a la hora de escribir el libro?
Yo trabajaba de librero cuando tenía la idea en la cabeza, pero no era capaz de escribir mientras trabajaba. Escribir es un trabajo que me absorbe mucho tiempo y energía. Si quiero escribir bien tengo que estar muy concentrado, entonces cuando volvía de trabajar tarde, yo lo intentaba, pero era imposible. Decidí dejar el trabajo y tener tiempo libre. Compaginé durante seis meses ser librero con escribir y conseguí un tercio de la novela. Después durante ocho meses no trabajé y escribí el resto. Me mudé a casa de mis padres para hacerlo porque no podía pagar el alquiler sin trabajar. Hice una apuesta para estar esos ocho meses escribiendo y luego ya busqué trabajo. En el sentido de tener tiempo estuvo muy bien, pero al final el espacio de mis padres tampoco era el más cómodo. Digo todo esto dentro del privilegio de poder irme a su casa a escribir. Muchos escritores escriben mientras trabajan y lo admiro mucho, pero yo soy incapaz y es algo que me angustia porque claramente voy a tener que trabajar.
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Fotografía: Pikara magazine. El escritor Rodrigo Gervasi. | Foto: Daniel Valiente.
