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Espiritualidad líquida

por RedaccionA julio 9, 2026
julio 9, 2026
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Por: Marta Sader. 09/07/2026

¿Por qué, en una época hiperconectada y tecnológicamente avanzada, resurgen con fuerza los ritos ancestrales, los imanes curativos, los médiums, el horóscopo o incluso la creencia de que hay extraterrestres entre nosotros?

Tendría alrededor de ocho años. En una de esas tardes de verano largas y aburridas de la infancia, tumbada en la cama rodeada de peluches y sin nada que hacer, me puse a mirar el dibujo que había hecho de un burrito. Lo había colgado con cinta adhesiva debajo de una estantería, de manera que quedaba suspendido en el aire. Estaba extrañamente quieto, así que pensé: «Dios, si existes, mueve este dibujo».

Lo miré durante un rato, tan concentrada que los ojos me dolieron de no cerrar los párpados. En algún momento, el dibujo se movió levemente, o eso me pareció a mí. Seguí mirando un rato más para comprobar si la vista me engañaba. ¿Se había movido de verdad? ¿Y si había sido una corriente de aire lo que lo había impulsado? Bueno, me dije al final —sin estar muy segura de si podía fiarme de mis sentidos—: esa corriente de aire quizá era también parte del mensaje que me estaba dando Dios. Al fin y al cabo, lo podía todo y estaba en todas partes.

No me recuerdo como una niña muy cristiana, pero en los albores de la comunión, con dos horas de catequesis y una de Religión a la semana, seguramente el tema del catolicismo era algo que tenía muy presente. A misa intentábamos ir los domingos, a instancias de la monja que impartía las clases y que lo consideraba absolutamente necesario para poder comulgar por primera vez. Nunca habíamos ido, y, una vez que hice la comunión —aunque me gustaban las canciones y ver a mis amigas un rato los domingos por la mañana—, tampoco se nos volvió a ver por allí. Nadie en casa lo echó de menos.

Si mi padre creía en Dios, no hablaba de ello. Mi madre creía a su manera, sin cultos, estampitas ni figuras. Más bien, como una hippie que opina que ser buena es el propósito vital de todos por antonomasia, y que Jesús, siendo amor puro como era, no apoyaba para nada el tema de los pecados ni las penitencias. Este Dios encarnado para ella en la figura de su hijo —más joven, más moderno, más humano— era simplemente un ser completamente bondadoso que nos esperaba a todos en el cielo, porque su capacidad de perdón —en la que sin duda mi madre se inspiraba para actuar en su día a día— era infinita. Aunque hasta ahí llegaba la influencia del pensamiento mágico en nuestra casa, en la que nunca entró ni la más inocente de las supersticiones.

En aquel momento no lo sabía, pero lo que estaba haciendo aquella lánguida tarde de verano, en el momento álgido de mi inmersión en la religión, era precisamente poner a prueba mi capacidad de ejercer el pensamiento mágico, es decir, de creer en conexiones causales entre eventos que no tienen una base lógica o empírica. De creer en cosas que no podemos ver, pero que parecen caer por su propio peso, albergando, a la vez, cierta aura de leyenda ancestral. En mi caso, como no tenía forma de demostrar que Dios estuviese, o no, moviendo aquel folio, no quedé completamente convencida del resultado del experimento. Me sequé los ojos llorosos y me puse a hacer alguna otra cosa, aunque nunca se me olvidó aquel momento.

¿Tenía yo ese sexto sentido femenino del que tanto habla-ban las revistas de chicas, las canciones?

Yo quería ser Matilda, Hermione, las chicas misteriosas y seductoras de Jóvenes y brujas. Devoraba los libros de Pesadillas, las películas de miedo para niños, pero, por mucho que me gustaran aquellos universos, tenía claro que la realidad era una cosa, y la magia, otra. Si de noche veía alguna sombra rara, por ejemplo, me repetía una y otra vez: «Los monstruos no existen, los monstruos no existen», con el corazón galopando y la boca seca, aunque segura de que la razón, la verdad, lo cognoscible, debía prevalecer sobre la imaginación. ¿Era aquel ritual racional una forma de anclarme al mundo y protegerme de lo que no podía controlar, de lo que no podía ver? ¿Era, simplemente, el resultado de la crianza en una casa repleta de libros, periódicos y revistas, de los planteamientos y cuestiones siempre inquisitivos de mi madre?

Años más tarde, cuando pasaba por poco los veinte años, comenzó a ocurrirme algo curioso: pensaba en alguien que hacía tiempo que no veía y me lo encontraba fortuitamente. Recuerdo uno de esos días, muerta de calor, hastiada de trabajar repartiendo folletos de un restaurante mientras los turistas pasaban a mi lado desprendiendo aroma a aftersun y vacaciones. Por alguna razón, entre folleto y folleto, recordé a un amigo del colegio; cuando, mágicamente, lo vi pasar por la misma calle en la que yo estaba, me pareció estar viviendo la escena de una película.

Me acuerdo también con viveza de la vez que soñé con que un amigo había tenido un accidente. Al día siguiente lo llamé, y efectivamente: se había caído con la moto en los días previos. ¿Era yo bruja?, me preguntaba con una mezcla de incredulidad y emoción. ¿Tenía yo ese sexto sentido femenino del que tanto hablaban las revistas de chicas, las canciones?

Era agradable pensar que sí, pero la racionalidad me impedía creerlo del todo. En realidad, ahora lo sé, estaba siendo víctima de una trampa psicológica de lo más común —que hoy, con el auge del pensamiento mágico, se está elevando a categoría casi de profecía—: la de confundir casualidad con causalidad.

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Fotografía: Ethic

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