Por: Miguel Sanz, Víctor de la Fuente. 02/07/2026
Si algo caracteriza el momento actual podríamos decir que contradictorio es el calificativo que mejor se acomoda. Existen tantas oportunidades para la reconstrucción de una estrategia política basada en la autoemancipación de las trabajadoras y trabajadores sobre las contradicciones cada vez más evidentes de la crisis capitalista, como límites evidentes de nuestras herramientas políticas para esta tarea.
Este artículo es un intento honesto por impulsar una reflexión y labor militante, en el sentido de quienes piensan y trabajan de manera cotidiana por levantar y dar forma, en la realidad concreta, una serie de ideas sobre las que entender y transformar el mundo a partir sus contradicciones. En nuestro caso, las ideas de un proyecto ecosocialista, un comunismo basado en la autoliberación de las masas, la democracia socialista y la revolución como única salvación del conjunto del planeta y de todas las vidas que viven sobre el mismo.
Estas notas abordan uno de estos retos: levantar una estrategia política capaz de sostener y movilizar a un sector de la clase trabajadora en, y a partir de, el lugar de trabajo. El sindicato, como la autoorganización de las trabajadoras y trabajadores en torno a su puesto de trabajo, sin mitificarlo, sino para dotarnos de un arma imprescindible para golpear en el estómago de la producción, la circulación y el consumo. El conflicto en el centro de trabajo es el ladrillo que construye la confrontación de la clase trabajadora como clase. El conflicto laboral aislado no es la lucha de clases, pero sí constituye la pieza sobre la que potencialmente puede construirse la acción de la clase trabajadora como clase en su conjunto.
¿A qué nos enfrentamos?
Afrontamos un profundo cambio de época, las evidencias son tantas como abrumadoras. Convivimos con una crisis política de la hegemonía liberal que ha venido cimentando el marco de lo posible desde el final de la II Guerra Mundial. Aun hundiendo sus raíces en la crisis económica estructural, su expresión hoy es especialmente política. A lomos de la cual sectores de la burguesía aspiran a politizar aspectos de la crisis económica con el fin de imprimir una nueva vuelta de tuerca a los mecanismos de explotación y dominación. En nuestra opinión –y será el eje sobre el que trataremos de reflexionar– lo que calificamos como factor subjetivo, el estado de ánimo de los distintos sectores sociales, condiciona en gran medida la situación.
Por una parte, observamos cómo los rencores y miedos atraviesan a una pequeña burguesía, más o menos consciente de que su papel y fuerza social se encuentran en progresiva descomposición en occidente. Tanto por la propia crisis estructural, como por las amenazas que el anterior ciclo progresista señaló (sólo) como potenciales, constituyen la cimentación ideológica de la extrema derecha actual. Un programa de rencores que hubiera dicho Nicos Poulantzas. Se trata de una clase a la ofensiva políticamente, dispuesta a empezar a laminar los marcos del consenso liberal para ir más allá, con el fin de imponer un nuevo orden.
Por otra parte, el proletariado migrante aparece como el único sector en ascenso en la clase trabajadora. La dependencia económica cada vez mayor del capital sobre la incorporación masiva de mano de obra migrante ofrece un salvavidas para miles de empresas. El crecimiento cuantitativo de este sector de la clase trabajadora genera que cada vez más sean conscientes del crecimiento de su papel social. En esta situación, el racismo aparece no como simple espantajo propagandista, sino como un recurso para garantizar el sometimiento social de estos trabajadores y trabajadoras e imponer bajos salarios y escasos derechos laborales.
Además, el racismo opera de manera efectiva entre los sectores blancos de las clases populares. Tras el fracaso del anterior ciclo progresista, y la derrota de los sectores populares que lo impulsaron, su situación política no es simplemente defensiva, sino que ha dado lugar a un estado de ánimo –con algunas excepciones– marcado por la apatía y la pasividad. El racismo tiene la función de neutralizar una potencial alianza en el seno de la clase trabajadora entre el sector migrante y el nativo.
Esta situación debemos enmarcarla en lo que viene siendo el magma del sindicalismo actualmente existente. Una acumulación de décadas de derrotas, salarios paralizados (cuando no en retroceso), pérdida progresiva de poder adquisitivo, impotencia frente a los cierres y despidos, etc. Todos ellos son elementos que suman y suman al descrédito generalizado del sindicalismo.
¿Cuáles son los grandes retos que afronta el movimiento sindical?
Una vez delimitado lo que entendemos como el marco general sobre el que intervenimos, procedemos a identificar lo que consideramos que son los principales límites de la actual política sindical. No se trata simplemente de diagnosticar, sino de señalar estos límites que detectamos en nuestra experiencia para superarlos.
- En primer lugar, debemos demostrar la utilidad genuina de la organización. Y es que el sindicato debe de otorgar una garantía mínima de que va a defender al trabajador en el punto más básico: salarios, condiciones laborales y, en última instancia, el despido. Sin esto, y ante la acción unilateral del empresario, no podemos esperar una adscripción ciega de un trabajador hacia un sindicato, ni siquiera la membresía más utilitarista. Entre 1985 y 2024 la densidad sindical (porcentaje de personas afiliadas a un sindicato del conjunto de la masa laboral) ha caído alrededor de un 30 % a un 15 %, mientras la cobertura de la negociación colectiva lo ha hecho del 50 % al 30 % 1. Si bien este retroceso se ha dado en el marco de grandes movimientos tectónicos a nivel ideológico y geopolítico, y no puede explicarse por una causa única, el hecho de que los sindicatos hayan fallado a nivel de empresa en sus obligaciones más básicas es a la vez síntoma y causa de esta situación. Prolifera el derrotismo, la sumisión y el posibilismo.
- Esta pelea contra el derrotismo se combate también en el plano de las ideas. Las formas de acción sindical responden a ideas extendidas entre el grueso de las y los trabajadores, y no al revés. La consideración de que existe más que perder que ganar en una lucha, así como la desconfianza hacia futuras conquistas y en definitiva la falta de confianza en sus propias capacidades y fuerzas, es el sustrato sobre el que bebe la concertación social. Bajo esta lógica, la acción sindical se reduce en la mayoría de los casos a la aceptación pasiva de los acuerdos alcanzados por los comités de empresa. Esta traslación de la política reformista al conflicto en el seno de la producción y la reproducción capitalista se asienta sobre un sentimiento real de un sector de la clase trabajadora hoy mayoritario. Dejar de menospreciarlo y considerarlo como un simple engaño, es el primer paso para revertirlo.
- Esto nos lleva a uno de los puntos centrales frente a la política de concertación: nuestra apuesta sindical debe de ser capaz de generar confianza. De hecho, la confianza suficiente como para animar a las trabajadoras a romper con la delegación constante de su futuro en la dinámica negociadora. Ello implica la necesidad de pensar racionalmente una estrategia sindical realmente útil. Lo cual pasa, no por exigir o autoexigirnos retos imposibles de alcanzar, sino por imponernos las tareas que podemos realmente resolver: planes progresivos y pequeños pasos, en lugar de objetivos imposibles. Son bastantes los casos de luchas sindicales que podemos identificar, desde su propio origen, como potencialmente derrotados. Conflictos completamente espontáneos sin la mínima preparación previa, herramientas que no corresponden a las fuerzas reales, ausencia de planificación del trabajo a medio y largo plazo, e incluso la falta de adaptación del trabajo sindical a un mundo laboral tremendamente dinámico.
El ascenso de la extrema derecha y su presencia posible en gobiernos, así como un hipotético gobierno en el Estado español de confluencia entre PP y Vox, podría incidir directamente contra estructuras centrales para el sindicalismo de concertación. Esto podría acabar con las formas económicas de aportación pública hacia las organizaciones sindicales, cuyas estructuras dependen de ellas; así como aminorando totalmente el papel de las estructuras institucionales (Mesas de Diálogo Social), espacios de mediación sindical y laboral sobre las cuales el sindicalismo de concertación apoya su propia razón de ser. Por lo tanto, la supervivencia de las organizaciones sindicales depende de su propia capacidad para sostenerse, demostrándose realmente útiles, reforzando el papel de los cuadros sindicales y afiliados, impulsando la democratización de la negociación colectiva.
¿Un nuevo sindicalismo?
Pese al retroceso del sindicalismo de las últimas décadas, podemos encontrar tendencias que apuntan en la dirección contraria: la revitalización de las luchas laborales de base y el redescubrimiento de los sindicatos como herramientas útiles. Estas tendencias tienen en común un cambio en el enfoque: de la mera gestión de las relaciones laborales aceptando el marco de la concertación social –socialdemócrata en Europa, corrupto y corporativo en los Estados Unidos–, hacia la orientación de la actividad de base y la democratización; por ejemplo, la participación, control e intervención en la negociación colectiva por parte de las plantillas.
Este nuevo sindicalismo es aún tan solo un repertorio de nuevas estrategias para revertir el declive. En función del contexto en el que se produzca, ha significado una ruptura con el business unionism (Estados Unidos), un complemento contradictorio y problemático del modelo sindical existente (Reino Unido y Alemania), o una hibridación en mayor o menor medida con los movimientos sociales de base y/o su repertorio de acción (sindicalismo de plataforma en el sur de Europa). A su vez, más allá del contexto occidental, este nuevo sindicalismo también se está abriendo paso en el Sur Global, en términos de desafío a la tradición sindical existente o como hibridación con nuevos movimientos comunitarios 2.
Si bien el nuevo sindicalismo no ha revertido las bajas tasas de densidad sindical de forma general (aunque sí en sectores y empresas concretos), y seguimos inmersos en una situación crítica, sí supone una respuesta llamativa e inspiradora que busca la recomposición del poder laboral en contextos donde el soporte institucional del sindicalismo ha colapsado o es insuficiente.
El origen de una parte importante de estas nuevas tendencias de renovación sindical está en la reorientación estratégica de varios sindicatos en los Estado Unidos durante la década de 1990. Sindicatos como el SEIU (servicios), UNITE HERE (sector privado de hostelería, restauración, logística) o el mismo UAW (automoción y aeronáutica) tuvieron arduos procesos de recomposición interna que condujeron en muchos casos a la incorporación de diferentes variantes del organizing en el enfoque de su actividad. Esto implicaba un cambio estratégico bastante acusado, dada la incompatibilidad del organizing con la trayectoria seguida hasta entonces por las direcciones sindicales previas.
El organizing supone una recuperación de las estrategias de intervención sindical de las organizaciones comunistas en Europa y Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Estas estrategias, que tenían como escenario la creciente industria del periodo de entreguerras y el ámbito agrario, se basan, por un lado, en la intervención sobre las redes relacionales que la misma producción genera (la cadena de producción y la referencialidad de algunos trabajadores para los demás) y, por otro, en la consideración de los y las trabajadoras como trabajadoras al completo, insertos en una comunidad obrera, con sus propios conflictos y realidades más allá del ámbito laboral.
Esta nueva corriente del sindicalismo, y en especial aquella que se apoya en el organizing, se asienta sobre algunos pilares que la hacen especialmente relevante para la izquierda revolucionaria:
- El enfoque contemporáneo es global. Los y las promotoras intelectuales de las nuevas estrategias de lucha (sectores de la izquierda sindical europea y norteamericana) tienen una vocación internacionalista, pero carecen al mismo tiempo de una articulación internacional.
- El principal mérito del organizing es la aplicación de una metodología sistemática en el plano de la organización sindical, trascendiendo el voluntarismo y las consideraciones abstractas de justicia. Es la construcción del poder obrero a nivel de centro de trabajo, paso a paso y sin atajos. Su máxima es la de dar la batalla sólo para ganar, y no darla si aún no hay posibilidades reales de victoria. A través de una aproximación minuciosa al proceso de organización sindical, ha destilado las estrategias que permiten a los sectores más avanzados poner en movimiento a todos los demás: identificación de líderes orgánicos en los centros de trabajo, elección de una semántica obrera y colectiva, análisis del poder y del contexto sociológico que envuelve al conflicto laboral, escalada progresiva más que acción temeraria… La confianza en la lucha y la acumulación se producen a través de la victoria laboral de las supermayorías, no por la acción voluntarista de las minorías más conscientes en empresas y sectores.
Si bien las metodologías de organizing no son en sí mismas una panacea, e incluso son utilizadas a veces por la burocracia sindical para controlar los conflictos desde arriba 3, tienen un gran potencial transformador cuando intersecan con el concepto socialista de autoemancipación y partido de vanguardia. Por un lado, ofrece una vía de intervención a la maltrecha izquierda revolucionaria, débil y sin arraigo en la clase trabajadora. Puede servir como pista de aterrizaje para la política sindical de estas organizaciones que, aun siendo débiles en número, son capaces de realizar intervenciones estratégicas coordinadas y duraderas. Por otra parte, su corazón –la acción directa y toma de conciencia de las mayorías obreras a través de la lucha– coincide con el núcleo del programa de las organizaciones que apuestan por un socialismo desde abajo, desafiando la concepción institucionalista y burocrática tanto de la izquierda socialdemócrata como la de tradición estalinista.
Se está produciendo un laboratorio de nuevo sindicalismo en algunos países como EE UU y Alemania, abriendo posibilidades de intervención para la izquierda radical con interés genuino en el ámbito laboral. La burocracia sindical ve peligrar su propia existencia por el declive de la afiliación y el papel de la negociación colectiva. Sectores de esta burocracia con una visión más a largo plazo están perdiendo el miedo a la experimentación y a la puesta en marcha de nuevas estrategias sindicales. Estos escenarios ofrecen un espacio privilegiado para la intervención de la izquierda anticapitalista organizada.
Retos de la izquierda radical
A continuación, proponemos apuestas concretas que consideramos que pueden ser útiles para identificar labores estructurantes. Es decir, no se trata de parchear cubriendo conflictos coyunturales, sino de dar pasos que una vez asentados permitan abrir nuevos caminos y otorgar un papel relevante a militantes de la izquierda revolucionaria.
- En primer lugar, impulsar lo que Harl Draper llama centros políticos, espacios y redes de formación y reflexión política colectiva sobre los problemas que atraviesan la construcción sindical para facilitar el desarrollo de cuadros sindicales. Combinando la discusión sobre cómo avanzar en la construcción sindical concreta en los centros de trabajo, con debates estratégicos y programáticos. Así como, que sea capaz de conectar los conflictos laborales concretos, con una concepción más amplia e integral de la crisis capitalista.
- En segundo lugar, es clave reconocer y aportar en las labores cotidianas de construcción sindical. Los recursos técnicos y humanos pueden llegar a suponer una gran aportación. Esta práctica concreta de la experiencia del conflicto otorga una riqueza inigualable en la actual situación de nimiedad de un movimiento sindical basado en la conciliación. Su victoria será un ejemplo catalizador para el resto y para la propia praxis.
- En tercer lugar, se hace imprescindible la construcción de relaciones de confianza mutuas entre militantes revolucionarios y los cuadros sindicales que tienen capacidad real de influir sobre otros cientos de trabajadores. Sobre estos vínculos podemos contribuir al desarrollo del conflicto sindical, partiendo de ellas para encarar posibles conflictos políticos que apuntan a desarrollarse en el panorama actual.
- Cuarto, identificar sin apriorismos los sectores sociales y los centros laborales donde mayor potencial tenemos para dar un primer salto. Es evidente que existen sectores sindicales que continúan atesorando una experiencia y tradición de lucha insustituible. Sin embargo, no suele ser ahí donde están presentes los nuevos militantes de la izquierda radical.
- Quinto y último, hacer que las organizaciones participen de modo que puedan tomar partido en los conflictos laborales desde dentro, no como agentes externos que apoyan, observan o asesoran. La debilidad numérica de la izquierda revolucionaria no puede bloquearnos a la hora de desarrollar estrategias de intervención que, por otra parte, deben constituir las vías para dotarnos de nuevos arraigos entre los sectores más avanzados de la clase trabajadora.
Dos aportes estratégicos para la época
Queremos acabar con dos aportaciones para pensar a largo plazo.
- Un antídoto básico y esencial para comenzar a revertir la falta generalizada de autoestima entre la clase trabajadora es la unidad del mayor número de trabajadoras y trabajadores. La unidad más allá de las afiliaciones sindicales y políticas constituyó un elemento político central en el desarrollo del movimiento obrero. La III Internacional afrontó esta cuestión como una prioridad estratégica, desechando las pretensiones de quienes abogaban por la separación total respecto a los sindicatos reformistas, aislándose de los principales trabajadores organizados.
Este elemento constituye una forma de traslación al terreno sindical de la hipótesis estratégica del frente único que desarrolló la Internacional Comunista en su tercer congreso. La unidad del conjunto de las y los trabajadores, organizados colectivamente, permite reforzar su capacidad de luchar, así como, mejorar las condiciones para que el sector revolucionario pueda convencer al resto y hacer avanzar sus posiciones. Precisamente es uno de los objetivos centrales cuando Lenin aclama su famosa consigna a las masas, que buscaba evitar el aislamiento de los revolucionarios respecto al conjunto de los trabajadores. En el contexto del Estado español, la existencia de múltiples sindicatos (una anomalía en el ámbito internacional) le otorga una dimensión crucial a la cuestión de la unidad. Las nuevas metodologías de lucha sindical descritas más arriba encuentran grandes dificultades para asentarse en escenarios de división sindical. La unidad es un requerimiento trascendental que une el desarrollo de la conciencia de clase –el no aislamiento de los revolucionarios– y las necesidades prácticas de la lucha sindical inmediata: golpear juntas para golpear más fuerte.
La crisis actual, que trasciende a la mera crisis económica, ofrece la posibilidad de enfrentar una batalla política contra la dominación capitalista. Es decir, allí donde a priori sólo apreciamos un conflicto laboral, existe la oportunidad para defender la necesidad del propio reconocimiento humano. Así lo expresaba Engels:
Se preguntará: ¿Por qué, entonces, los trabajadores hacen huelga cuando la inutilidad de tales medidas es tan evidente? Simplemente porque deben protestar contra toda reducción en su salario (…) porque se sienten obligados a proclamar que ellos, como seres humanos, no se inclinarán ante las circunstancias económicas y sociales, sino que estas condiciones deben ceder a ellos como seres humanos 4.
La lucha sindical es un paso, pues aspiramos a dar la batalla política total y por lo tanto la organización política se presenta como una necesidad. En este sentido, la experiencia del nuevo sindicalismo estadounidense es muy interesante. El vínculo entre éste y el desarrollo de DSA (Socialistas Democráticos de América) está madurando de una manera cada vez más orgánica. Se trata de una relación dialéctica donde ambos se retroalimentan.
Un ejemplo histórico de esto lo encontramos en 1910 con la elección del alcalde socialista Emil Seidel en Milwaukee. Su victoria fue el resultado de un crecimiento exponencial de la militancia obrera. Fuentes señalan que en aquel momento se daba una relación de 1 militante por cada 60 ciudadanos –en DSA, tras el crecimiento de los últimos años, es de 1 militante por cada 670 habitantes–. Sin embargo, el aspecto numérico no es el determinante, sino el papel político que los militantes radicales jugaban en Milwaukee, donde lideraban importantes conflictos sindicales y jugaban un papel central en las luchas de las comunidades obreras. La expansión social y política de DSA hoy no podría entenderse sin el papel cada vez más relevante del nuevo sindicalismo, nutriendo la organización política de trabajadores que se deciden a dar el paso a la lucha política tras experiencias sindicales. Entre otros efectos, está favoreciendo la presencia de trabajadoras y trabajadores en puestos centrales de dirección política y representación. De la misma manera que la expansión de la lucha sindical sería difícilmente posible sin el apoyo económico y sindical que aporta DSA.
Curiosamente también en Minneapolis, hoy se está dando la que posiblemente sea una de las batallas políticas contra la extrema derecha más importantes. De nuevo este vínculo orgánico político-sindical vuelve a relucir. Frente a las redadas de Trump con su brazo armado, ICE, organizaciones sindicales y políticas impulsaron una huelga laboral este pasado mes de enero.
La retroalimentación entre la esfera sindical y la política es un proceso histórico característico del conjunto de la izquierda. Sin embargo, los sectores con perspectivas más ambiciosas de transformación social han perdido la capacidad de intervención estratégica para nutrirse de esa relación. Es el gran reto que tenemos pendiente en este nuevo ciclo incierto en el que nos adentramos.
Miguel Sanz y Víctor de la Fuente son militantes de Anticapitalistas.
- 1OECD (2025) “Membership of unions and employers’ organisations, and bargaining coverage”. 30 de septiembre.
- 2Los ciclos online de Organizing 4 Power, una plataforma de formación puesta en marcha por el grupo internacional de organizadores y organizadoras en torno a la difunta Jane McAlevey, dan una idea del arraigo que las metodologías de Organizing están tomando entre sindicatos de Latinoamérica, África, Sudeste Asiático y Oriente Medio. Lejos de lo que se podía esperar, la mayoría de las personas que participan y nutren de experiencias estas formaciones multitudinarias (en cada sesión suelen participar entre 5000 y 8000 personas) pertenecen a organizaciones del Sur Global.
- 3Sindicatos del Reino Unido (UNITE) y Alemania (IG Metall) han incorporado elementos de la metodología de Organizing que no implican una perspectiva transformadora o democratizadora del proceso de negociación colectiva. Esta segmentación y ejecución selectiva de tácticas les permite, por ejemplo, afiliar a más gente u organizar huelgas más eficientes, sin tener que asumir las negociaciones abiertas y la participación directa de las plantillas en las decisiones que son prescriptivas del organizing.
- 4Engels, Frederic. (2019) La situación de la clase obrera en Inglaterra. Marxists.org, p. 304.
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Fotografía: Viento sur
