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Acompañar la vida y la muerte en la escuela: un reto educativo pendiente

por RedaccionA junio 11, 2026
junio 11, 2026
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Por: Sandra Fígols Parramon. 11/06/2026

Una maestra recuerda cómo la escuela fue refugio mientras acompañaba la enfermedad y muerte de su madre. A partir de esa experiencia, este texto plantea una pregunta urgente: ¿por qué seguimos educando de espaldas a la muerte? Hablar del duelo, del dolor y de la vulnerabilidad no debilita la escuela; la hace más humana. Acompañar a niños y niñas en las pérdidas forma parte de una educación que también enseña a cuidar la vida.

Como maestra de educación primaria, entiendo mi labor como un acompañamiento integral. Tengo la suerte de acompañar a niños y niñas en una etapa vital fundamental y de compartir con ellos momentos de vida que dejan una huella profunda. En el aula confluyen historias personales a menudo invisibles, circunstancias diversas y vivencias que no siempre llegamos a conocer.

Recuerdo especialmente lo importante que fue para mí seguir trabajando mientras mi madre afrontaba un cáncer agresivo. La escuela se convirtió en un refugio. Más de una vez me había secado las lágrimas antes de entrar en clase y, una vez dentro, la vitalidad de los niños y niñas me anclaba al presente. En esos momentos fueron los propios alumnos quienes, sin ser conscientes, me acompañaron.

El acompañamiento que debemos ofrecer es una parte esencial de nuestra tarea

Esto es lo que me lleva a creer que el acompañamiento que debemos ofrecer los maestros, aunque no conozcamos todas las circunstancias que atraviesan los niños y niñas, es una parte esencial de nuestra tarea: estar presentes, escuchar, observar y proyectar la mejor versión de cada uno de ellos, sin etiquetas ni pronósticos precipitados.

Cuando la muerte entra en la escuela

Las demandas que recaen sobre la escuela no dejan de ampliarse: educación emocional, financiera, ambiental, para la salud… Pero la muerte sigue siendo uno de los grandes temas ausentes. El tabú social en torno a la muerte es evidente.

Podríamos, entonces, entrar en el debate de quién debe hablar de la muerte y rápidamente nos daríamos cuenta de que, en nuestra sociedad, se oculta y existen pocos ámbitos en los que se hable de ella. Y si esto ocurre en el mundo de los adultos, imaginemos en el de la infancia. Si es un tema tabú, no podemos esperar que en las escuelas reciba un trato diferente.

Tal y como funcionan hoy en día los centros educativos, qué equipo directivo se atrevería a enviar un correo a las familias diciendo: «Queridas familias: la próxima semana trabajaremos el tema de la muerte con vuestros hijos e hijas. Contaremos cuentos relacionados con esta realidad, recibiremos una charla del departamento de salud y terminaremos realizando una manualidad todos juntos». ¿Os imagináis cómo estaría la bandeja de entrada del centro apenas cinco minutos después?

Acompañar a niños y niñas que atraviesan una pérdida no es un hecho excepcional, aunque a veces nos lo parezca

Sin embargo, la muerte de un ser querido siempre rompe el equilibrio vital. Es un proceso doloroso y transformador; nadie vuelve a ser el mismo tras atravesarlo. Acompañar a niños y niñas que atraviesan una pérdida no es un hecho excepcional, aunque a veces nos lo parezca. Y, aun así, seguimos evitando hablar de ello: pensamos que los niños son demasiado pequeños, que no es un tema adecuado o que los protegemos si lo silenciamos. Sin embargo, como señala la neuropsicóloga Katy García Nomell en la revista CLIJ (número 325), “el silencio no hace desaparecer la tristeza; en realidad, la deja sin nombre”.

Tal como recuerda Àngels Miret, referente en este ámbito, a menudo los centros solo abordan el duelo cuando la pérdida ya se ha producido; la pedagogía de la vida y de la muerte apenas se aplica.

Cuando los docentes nos enfrentamos a ello, es porque ya debemos actuar, y lo hacemos con los recursos propios de los que disponemos en ese preciso momento, ya sea mediante listados encontrados en la red o asesorados por los equipos de asesoramiento y orientación psicopedagógica (EAP).

Es necesario, sin embargo, tener presente que la buena voluntad no es suficiente. Existen aspectos clave a la hora de acompañar a nuestros alumnos ante pérdidas significativas que pueden beneficiar su propio proceso de duelo. Para ayudarlos, podemos llevar a cabo acciones fundamentales: estar presentes, acoger su dolor con una mirada tierna pero no paternalista, y ofrecer ayuda real en lugar de simple compasión.

El papel de la educación emocional ante el duelo

Haber vivido el duelo en primera persona y haberlo acompañado en otros me ha servido para darme cuenta de que la formación debe complementarse con un desarrollo personal real. Mirarnos al espejo y hablar con nosotros mismos sobre la muerte puede ayudarnos. No existen protocolos universales ni recetas mágicas, cada niño vive la pérdida desde su edad, su contexto y su historia. En una sociedad culturalmente diversa, las miradas en torno a la muerte también lo son, y esto amplía el reto educativo.

Necesitamos hacernos preguntas incómodas pero necesarias:

  • ¿Estamos preparados para acompañar a nuestro alumnado en un momento de pérdida? ¿Cómo he afrontado mis propias pérdidas?
  • ¿Cuántas veces hemos hablado de la muerte con naturalidad en el aula? ¿Qué relación tengo yo con la muerte?
  • ¿Qué educación emocional podemos ofrecer si no sabemos sostener el dolor? ¿Soy capaz de dar espacio a mi propio dolor?

Hablar de la muerte nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. Implica asumir la vulnerabilidad, reconocer miedos y recuperar reflexiones y silencios que no siempre sabemos, ni queremos, habitar. Pero si nosotros, como adultos, no ponemos palabras a estas experiencias, difícilmente podremos ayudar a los niños a comprender y procesar lo que les sucede.

Hablar de la muerte también es cuidar

Cuando la muerte nos toca de cerca, el tabú se rompe. Se entiende mejor la dureza del momento y también el valor inmenso de los abrazos, de las miradas que sostienen y de los silencios que cuidan. En estas situaciones la escuela también sufre, acompaña y se une.

De todo ello extraigo que, cuando debo hablar de la muerte con los niños, elijo palabras sencillas y tiernas, sin eufemismos. Recibo sus preguntas con respeto y las respondo con la sinceridad que merecen y necesitan para ir comprendiendo lo que sienten. Los silencios también hablan, y las lágrimas no son una debilidad: forman parte del proceso. El duelo es el camino que recorremos para dar sentido a la tristeza, a los recuerdos y a la añoranza. Y, como comunidad educativa, tenemos la responsabilidad de ofrecer espacios donde ese camino pueda hacerse sin prisa y a la vez sin soledad.

Un recuerdo que perdura

Termino con las palabras que escribí el día que murió mi madre. Comparto este fragmento íntimo para romper el tabú y, si me lo permitís, para compartir una certeza aprendida a partir de mi propio duelo: el amor no termina con la muerte.

«Nuestro corazón hace días que no oye tu voz, está triste y nos pregunta dónde estás. Cuando dejen de caernos lágrimas ruidosas, encontremos silencio, cierta calma y una pizca de serenidad, le contaremos con palabras tiernas y sencillas que estás aquí, con nosotros, en nuestro interior. Eres mucho más que un recuerdo, ahora eres una estrella que nos guía y nos guiará siempre, más allá de cualquier oscuridad».

LEER EL ARTÍCULO ORIGINAL PULSANDO AQUÍ

Fotografía: El diario de la educación. Silhouette of couple holding rose on hill at the sunset time skyline on background

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