Por: Ili CoVi. 14/04/2026.
El 24 de marzo de 2026, Ana Febe Rojas Vega fue encontrada sin vida en su domicilio, justo el día en que debía recoger su título universitario. Según las denuncias de su familia, Ana Febe vivía en un entorno de violencia intrafamiliar en la alcaldía Cuajimalpa. Ante este hecho, se han señalado graves omisiones por parte de las autoridades, lo que ha sido interpretado como un intento de cerrar el caso ignorando, presuntamente, signos de violencia física en su cuerpo.
Familiares y amistades exigimos el esclarecimiento de los hechos y la investigación de las irregularidades en el caso ante un posible encubrimiento institucional. Resulta alarmante que la necropsia inicial dictaminara una “intoxicación por monóxido de carbono” omitiendo lo que los allegados describen como evidencias de un posible homicidio. A esto se suma la falta de resguardo de la escena, lo que habría permitido la manipulación de pruebas y la desaparición de su celular el cual registró actividad sospechosa tras su fallecimiento y su computadora en la cual puede haber pruebas de la violencia que ella experimentó dentro de su relación.
Existen indicios que apuntan a que este caso debe ser investigado bajo el protocolo de feminicidio.
Por Febe por todas
El feminicidio no es un hecho aislado ni el arrebato de un “monstruo” excepcional. Lo que le ocurrió a Febe nos ocurrió a todas. Mientras el sistema intenta usar su partida para sembrar miedo, nosotras elegimos transformar ese terror en una fuerza de lucha inquebrantable.
Debemos ser claras: la violencia de género no es una enfermedad mental ni un arranque de locura; es la ejecución práctica de un sentido de propiedad culturalmente otorgado. Febe comunicó a su familia la violencia que su esposo, Cristian “N”, ejercía sobre ella. Esa evidencia de violencia previa lo colocaría como el principal sujeto bajo investigación.
La tragedia de Febe no comenzó con un “percance en el baño”, como sugieren las narrativas de impunidad. Doce días antes de su muerte, Febe logró alertar a su familia sobre la violencia física que vivía, denunciando que era agredida de forma que no quedaran marcas visibles. De confirmarse la responsabilidad de Cristian “N” en los tribunales, estaríamos ante un castigo político: la respuesta punitiva del agresor ante una mujer que decidió recuperar su libertad.
Lo que enfrentamos ahora es la extensión de esa violencia a través de las instituciones. Como señala Rita Segato, el feminicidio es un crimen comunicativo: un mensaje escrito sobre el cuerpo de las mujeres para disciplinarnos. La desaparición de sus dispositivos y la manipulación de su actividad digital no parecen actos de desesperación, sino maniobras de ocultamiento que el sistema judicial parece omitir al no plasmar en el acta de defunción la realidad física que sus familiares reconocieron.
El Estado actúa como garante de este mensaje de terror cuando el expediente no es comunicado a los familiares. La institución no solo es omisa; al no actuar con transparencia, obstaculiza el acceso a la justicia. La revictimización es el mecanismo que garantiza la impunidad necesaria para mantener el control. Nuestra labor es la fiscalización permanente, señalando a los servidores públicos que intenten borrar la violencia que Febe vivió.
¡Febe luchó! Ella usó su autonomía para reclamar su libertad. Su experiencia nos enseña que el aislamiento es la herramienta del agresor y nuestra respuesta debe ser la construcción de redes de cuidado. Politizar el dolor significa reconocer que su búsqueda de autonomía es la nuestra.
Quienes conocimos a Febe sabemos que era una persona profundamente bondadosa y una luz para los demás. Su vacío es irreemplazable, pero su alegría vive en nuestra negativa a ser domesticadas. No permitiremos que el miedo dicte nuestro andar. Si una de nosotras logra romper el “secreto” de la violencia, como hizo Febe, convertiremos esa alerta individual en una fuerza colectiva.
Por Febe y por todas: nuestra rebeldía es la forma de mantenerla viva.
